La chica se encontraba sola entre el desconcierto de gente que caminaba sin mirar a nada ni nadie. Por un momento pensó si realmente ella era como esas personas. Entre el alboroto es capaz de escuchar una voz que le habla y le llama. Sin saber por qué, ella acude a hasta esa voz… simplemente se trata de un caballero con ganas de conversar acompañado del té de la tarde.

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Déjeme sentir el dolor. Por favor, déjeme sentirlo. Poder así tener un alma, poder ser; demostrar que aquí sigo y existo.

Y llorar… ah, sí: llorar. Esculpiendo, de tal modo, mi cara en lágrimas… que se cristalizarán y apretarán con fuerza este corazón que palpita. Porque, aunque no lo parezca, palpita. Muy despacio… ¿puede oírlo? ¿Le deja el abrumador ruido de la sociedad oírlo?

Le aseguro que late. Reduzcamos a cero las distancias y así, poniendo su mano sobre mi pecho, podrá notarlo. Esa valentía que le empuja es difícil de encontrar en los días que nos cubre, ¿no cree?

No hace falta aguzar demasiado el oído para para darse cuenta de que las ciudades, los ríos, los bosques están muriendo. ¿Ve? Mueren… ¿lo ve?

Pero si sus ojos son azules ciegos… ¡Qué contradictoria es la vida! Usted ve más que todos esos viandantes estresados que recorren ahora apresurados la gran calle. ¿Qué sabrán de la verdad si su vista del móvil y el reloj no se aparta?

Bonita sonrisa la suya; aún no le he preguntado por su nombre… Oh, bonito, sin duda. ¿Yo? Un simple cliente de esta tetería. Uno que le invita a un exquisito té. Sí, ese soy yo. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Hablábamos del mundo. ¡Cómo corre el mundo…! Hacia atrás, por supuesto. Aunque bien mirado es algo cuestionable. ¿Usted qué opina? ¿Avances, dice? Sí… tal vez. Algunos, puede ser, puede ser. Pero no me negará el hecho de que ya no hay gente como antes. Escuche, escuche le digo, ¿se oye algún gracias? Yo no soy capaz de oír ningún “gracias” -Oh, gracias señor camarero-; le decía que la gente se ha vuelto muy egocéntrica. Cuando se le cae algo al suelo, ¿alguien le ayuda a recoger en medio del alboroto? ¿Y qué me dice de la juventud y de las personas mayores? ¿Histérico? Bueno, esto es algo bastante intolerable, ¿no cree? Sí, claro que generalizo. Es imposible que todas las personas sean tan… insensibles. Pero tampoco es que esa clase de gente que usted nombra se esfuerce demasiado para mejorar o intentar abrirle los ojos a los demás. La cuenta, por favor. Como usted oye, señorita, el mundo se ha puesto una vacuna de insensibilidad ante todo el mal que nos rodea, ante lo ajeno a uno mismo, ante el sentido común y la empatía, ante usted, señorita, y yo mismo.

Gracias a usted, aquí tiene la propina. Discúlpeme, he de marcharme. Me encantaría poder charlar un rato más pero tengo algo de prisa. Oh, no, no: no es que llegue tarde a alguna parte. Simplemente tengo que dar un buen rodeo para llegar allí donde tengo que ir… ¿Sabe usted? Es que con esta silla de ruedas es muy complicado moverse por la ciudad. Ha sido un placer conocerla, confío en que nos encontraremos de nuevo otro día. Hasta pronto.

Texto de Diana Hidalgo Ruiz, que fue galardonada con el Primer premio de relato corto en la categoría juvenil con la obra: Susúrrale a la luna y ha querido compartir con tod@s este magnífico escrito. Gracias amiga Diana.