Entrega el Diploma nuestra amiga y socia de Manantial Paqui Jiménez Vera

Susúrrale a la Luna

Sentía la fría y húmeda piedra acariciar su pálida piel. Allí estaba, tumbado sobre las oscuras rocas que componían el suelo de aquel pequeño lugar, con gesto cansado y decaído. Tenía frío. Sus brazos y piernas ya no tenían fuerza suficiente para moverse y, aunque no fuese a hacerlo, no podría soportar el propio peso de sus miembros al abrir paso a cualquier movimiento. Tenía sed. De medio lado, llevaba su mirada hacia la alta y distante ventana con rejillas de aquella prisión desde la cual podía ver la luna parcialmente cubierta por densas nubes. A los efímeros y brillantes rayos del astro que conseguían traspasar los tétricos cúmulos eran a quienes Adrián miraba. Y sus ojos ahora se tornaban tristes, melancólicos y apagados, esos que siempre habían deslumbrado con un brillo fulminante, esos ojos fríos que congelaban desiertos, esa mirada cálida que derretía glaciares… Ni siquiera las lágrimas tenían la fuerza suficiente para salir y discurrir resbaladizas por sus mejillas.

No sabía por qué estaba allí encerrado. No sabía por qué le habían arrancado las alas, arrebatándole cruelmente su libertad… Había llegado a la conclusión de que, al fin y al cabo, todos y cada uno de nosotros vivimos encerrados en una jaula. Algunas jaulas son enormes y están repletas de lujos, tanta riqueza que uno acaba olvidándose de que se encuentra entre rejas; como esa gente que vive abrazada a la corrupción y al dinero… Otras son tan pequeñas que asfixian, te retuercen y te ahogan, y aunque pidas ayuda, aunque grites pidiendo ayuda, nadie podrá escucharte. A veces hay jaulas que tienen las puertas abiertas o, por el contrario, están excesivamente reforzadas. Y si tuviese que elegir entre alguna de las opciones anteriores… Adrián pediría poder volar libremente por el cielo, si es que todos fuésemos como pájaros que batimos las alas en busca de nuestros sueños, de la esperanza… Aunque a él le bastaba poder recuperar su vida. La que siempre había tenido. Esa en la que durante las tardes de primavera caminaba con tranquilidad al lado de su hermana, en un suave paseo acompañados por la delicada brisa que mecía las flores coloridas nacidas sobre el verde valle; en la que las calurosas noches de verano se reunía con sus amigos para refrescarse en la tranquilidad del frío lago… y aquellos recuerdos de su día  a día, de sus sueños, de su meta, de su propósito. Le parecía todo tan lejano… tan distante…

Él simplemente quería proteger a aquellas personas que realmente le importaban, dando un paso en falso. Sólo despertó encontrándose en un lugar frío, y la luz de la esperanza empezaba a extinguirse debido a la distancia que les separaba, cada vez más y más lejos… y la desesperación iba aumentando conforme los días pasaban acompañada de una soledad dolorosa. Su vista se desvió hacia la elegante luna creciente que, poco a poco, comenzaba a dejar verse después de pasar largo rato luchando contra una nube sombría. Tan delgada y elegante, vestida de un fulgor plateado, destacaba entre el gélido cielo nocturno aniquilando el tintineante brillo de las estrellas contiguas. El ambiente helado no necesitaba viento ni aire para dejar insensible y dormida a la fina piel del muchacho. Sus párpados parecían haber sido detenidos por alguna desconocida magia, y es que el frío los había dejado prácticamente pegados a los ojos. En su mente retumbaba con sigilo una familiar melodía tranquila en boca de esas voces que conocía tan bien y, más tarde, podía oír lejano como su voz se añadía tras escuchar algunas estrofas… Y el recuerdo parecía atormentarlo.

Recordaba su voz al entonar aquella canción, como sus cabellos se movían al compás que sus labios al pronunciar cada palabra… y también los ojos que miraban concentrados a la luz que desprendía aquel viejo candelabro, con la cabeza apoyada sobre sus fuertes manos. Esas reuniones secretas quedaban ahora lejanas y, si alguna vez pudieran haberle parecido aburridas o quisiera huir de ellas, en ese mismo instante daría lo que fuera para estar allí.

-“Si la Luna tus pasos guía, sigue las huellas de la Luz perdida… Aunque las Oscuridad lo cubra todo, siempre habrá un nuevo día, siempre habrá un nuevo día…”

La voz del muchacho salió de entre sus labios como un suspiro ahogado, en un tono excesivamente bajo. Casi ahogado por el silencio, una voz ronca y seca pronunciaba las notas de una canción que recordaba de no hacía mucho, que había cantado con ellos. Y su vista permanecía fijada en la luna, reina del cielo, pero nada decía que estuviese observando lo que a su alrededor ocurría, pues su mente quedaba en otro lugar, rememorando unos hechos ya pasados. Un impulso feroz le invitó a volver a sellar sus labios; creyó oír pasos distantes, pasos que retumbaban sobre la fría roca. Sin embargo en el pasillo no había nadie, y a Adrián le recorrió un súbito escalofrío.

Una gota de agua cayó desde el techo húmedo, provocando un sonido hueco y agudo que retumbó por toda las estancias que pudiese haber allí. A esta siguieron  muchas más, creando un incesante ruido que se unió a la sinfonía de la noche: los grillos, un lejano rumor de procedencia desconocida, algún que otro aullido de lobo… Sentía que junto con el agua que caía, gota a gota, se desvanecía una pequeña parte de él… que huía despacio, muy lejos, sin dejar huellas.

Tenía miedo… de pasar el resto de sus días -en estas condiciones no serían muchos- metido entre estas cuatro paredes. Porque tarde o temprano dejaría de ser él mismo en todos los sentidos de aquella conjetura. Necesitaba escapar, necesitaba huir… Huir hacia un mañana, porque él también tenía derecho a un futuro, un futuro en el que podría renacer como el Ave Fénix y alzarse en vuelo a través de un nuevo cielo despejado. Lo único que Adrián pudo hacer fue dejar escapar un débil suspiro que acarició sus finos labios. Aquello no sería posible, la esperanza le había abandonado hacía ya largo tiempo. Tal vez su destino fuera ese: acabar allí, solo… Sin poder despedirse de nadie, sin poder dar las gracias a todas esas personas a las que quería.

Y entonces, de sus ojos de un color indescriptible, se resbaló una fina lágrima cristalina que dio paso a un llanto silencioso. El dolor  le abrazaba con fuerza. No podría decirles todo aquello que debería haber dicho… ¡no podría! En forma de deseos incumplidos, le susurró a la fiel luna todos los mensajes que le gustaría que las personas importantes para él oyeran. Tal vez, si le llegaban, podría morir tranquilo.

¿Morir…? ¿No sería mejor decir todos esos mensajes…en palabras? ¿Iba a renunciar tan pronto de su libertad? No… quizás no era el momento de rendirse. Debía luchar por lo que le habían quitado de forma tan injusta. Había posibilidades de volver a batir sus alas. Debía hacerlo.

Adrián se incorporó con dificultad, lentamente, cayendo varias veces sobre su propio peso, apoyándose sobre las manos que se escurrían debido a la humedad de las rocas, con la cabeza en dirección hacia donde la gravedad mandaba hasta que consiguió quedarse sentado. Dirigió su vista despacio hacia la luna creciente. Y sus ojos volvieron a brillar lúcidos, como si quisieran decir algo.

*   *   *

El joven abrió los ojos de forma repentina. Se acogió al calor que ardía en la hoguera, huyendo del frío que empapaba la noche. Las llamas rojizas, azules y anaranjadas brillantes iluminaban la parte del bosque donde se encontraban acompañadas de un chisporroteo vivaz. La calidez del fuego parecía intimidar y hacer desaparecer al ambiente frío, sobrecogedor  y vestido de inquietud de la noche. Más aún si, como ellos, dormían a campo abierto. No separó sus ojos de la hoguera hasta que creyó oportuno. Recibió la mirada curiosa de una chica que le observaba tras sus gafas.

-Es la hora.-declaró el muchacho levantándose con cierta parsimonia en su gesto, cargando con el sable en su espalda. Se rascó la escasa barba que tenía.- Nos necesita.

La joven se levantó con más tranquilidad que él -aun si pareciese imposible este hecho. Ante esto, se removió en su cuello un pequeño collar de plata que provocó un reconfortante sonido metálico.

-Está bien, está bien…- la chica se sacudió sus ropas y posteriormente echó su larga melena oscura hacia atrás.

Compartieron, durante apenas algunos segundos, una mirada cómplice. Apagaron sin remordimiento alguno la hoguera, no sin antes hacerse con una de las ramas que le sirviese para iluminar la oscura senda que seguirían a través del bosque. Comenzaron su marcha a un ritmo que se contradecía con la tranquilidad y lentitud que les había consumido hacía unos instantes.  La joven dirigió su vista hacia la luna momentáneamente. Clavó sus ojos en el muchacho.

-Te lo ha dicho la luna, ¿verdad? – pronunció la chica con una entonación que se alargó demasiado.

No obtuvo respuesta. Aunque, bien mirado, no le hacía falta.