Entrega el Diploma Luis Moya Conde, Primer Teniente de Alcalde del Excmo Ayuntamiento de Linares, amigo y colaborador de la Asociación Manantial

Mi mayor pecado

 “Se llamaba Maximiliano, Maxi para los amigos, bueno, para los pocos que le quedaban. Sí, así es, sabía que a la mayoría los había perdido para siempre y que nunca se despertarían de su sueño infinito.

Tenía 5 años, sólo había estado en esta vida un lustro. Su sueño era ir a la escuela. Desde que tenía nada más que tres años se asomaba a mi ventana para verme estudiar, le emocionaba aprender más que jugar con un simple juguete.

Era como mi hermano pequeño, la primera vez que lo vi espiándome fui hacia él y le acerqué un libro, creo que era la materia de matemáticas de primero de primaria, él se asusto y se escondió detrás de un árbol.

-Tranquilo, es un libro-dije con una sonrisa

-Abuelito murió por un libro, al hombre con  cosa grande y mala le gustaba. Mami dice que sólo está dormido pero yo sé que nunca se va a despertar-dijo empezando a llorar. Sin pensármelo dos veces, lo abracé y le pasé las manos por la espalda.

-Tú no vas a morir, ¿quieres aprender cosas?-dije separándome con una gran sonrisa, él asintió con las fuerzas que tenía.

Le cogí la mano y lo llevé a mi habitación. Todo el camino estaba feliz y contento, no como la última vez que lo vi caminando…

Durante dos años, le enseñé en verano todo lo que podía y él disfrutaba con cada cosa que le enseñaba. ¡Al final acababa sabiéndose cosas de tercero y todo! Él también me enseñó muchas cosas, vivía en un mundo ajeno, mi padre era el dueño de las tierras donde su familia trabajaba. Durante el curso, yo estaba en España, alejado de la violencia y los pocos derechos que tenían nuestros trabajadores y que luego descubrí gracias a Maxi, yendo a su humilde casa y observando las terribles condiciones en las que vivía.

Ese día, ese maldito día, era verano. La lluvia tropical inundaba nuestras tierras. Observaba el exterior de la ventana, con un día gris y el agua cayendo sin piedad y golpeando fuertemente la superficie como si en vez de gotas fuesen balas, balas demasiado vistas en esa tierra. Miré el reloj, Maxi llegaba tarde, media hora tarde. ¿Por qué tardaría tanto? Pensé que lo mejor sería que me dirigiera para su choza.

No me sorprendía que no hubiera venido, no se podía andar bien. Con el ceño fruncido y mi mano en la frente caminaba y aunque las gotas me lo impidieran, seguía andando para no fallar a Maxi.

Cuando creía que estaba en el infierno de agua, se confirmó. A lo lejos, diferencié un hombre que estaba saliendo de la calle con las manos en la cabeza, era el padre de Maxi, aumenté la velocidad para llegar hasta él, hundiendo mis pies en los charcos, con barro llegándome al rostro y gotas nublándome la vista pero entonces, paré en seco. Observé que estaba acompañado pero era de una compañía hostil, dos hombres armados le habían obligado a sentarse y sin dudarlo, una bala atravesó su cráneo quedando un cuerpo inerte en el suelo. Me arrodillé de la impresión. Era un gran hombre, siempre con una sonrisa y pensamiento positivo. Todas sus escenas de felicidad que había visto pasaron por mi mente tan rápidos como esa bala.

Me dí cuenta de algo, se dirigían a casa de Maxi, tenía que impedirlo.

Me levanté, corrí hacia su casa sin importarme la lluvia, sin importarme nada realmente, siendo indiferente hasta que llegara a mi meta. Corrí, corrí y corrí, mis piernas gritaban que parase pero yo les ordenaba:”¡Más rápido!” y al final, llegué a tiempo.

Atravesé la ventana de su habitación y los encontré escondidos, a su madre y a él horrorizados. La cara de Maxi me recordaba a la primera vez que lo vi con el rostro asustado por el final de su abuelo.

-Juan Pedro…-pronunció débilmente

-¿Qué ha pasado?-dije desconcertado, limpiándome el rostro con la camiseta

-Han venido a matarnos-suspiró la madre con una voz quebrada, aterrorizada.

-¿Por qué?-dije indignado

-En este mundo muere gente sin saber el porqué, Juan Pedro-exclamó clavando sus ojos en los míos. El negro de sus ojos transmitía rabia y a la vez tristeza, la representación gráfica de la injusticia.

-Mamá, ¿qué es morirse?-preguntó inocentemente Maxi

-Lo que no vamos a hacer hoy-exclamé decidido a salvarlos pero… realmente no sabía cómo iba a hacerlo

-Lo que no vais a hacer hoy-dijo Yaquelín, su madre, aguantando una lágrima-yo me he torcido el tobillo escondiendo a Maxi y debe de sobrevivir

-Yaquelín, vienes con nosotros-respondí sin aceptar su propuesta

-¿No vienes, mami?-dijo Maxi con una cara de tristeza, su madre sonrió sin ganas y le besó en la frente

-Te espero con el abuelo y papito, voy a dormirme para siempre

-No, ni de broma-exclamé pero no me hicieron caso, Maxi abrazó a su madre con fuerza porque sabía que ese iba a ser su último abrazo

-Te extrañaré, te quiero

-Y yo, hijito, y yo-soltó una débil lágrima y me acercó a su hijo-iros

-No

-Juan Pedro, vámonos- dijo Maxi indicándome la ventana con una cara amargada, no estaban para discutir así que sin ganas salí por la ventana y ayudé a Maxi a hacer lo mismo. Siempre me arrepentiré de no haber hecho algo para evitar su muerte. Lo último que recuerdo es a ella con lágrimas en las mejillas viendo a su hijo yéndose y mirando al crucifico, rezando para que su muerte no fuera dolorosa.

Huimos del pueblo, nos fuimos a la selva porque sabíamos que allí estaríamos a salvo. Maxi no hablaba, era la primera vez que no lo veía charlatán y la verdad es que yo después de haber visto dos muertes de personas a las que les tenía aprecio tampoco tenía ganas pero como siempre, empezó él la conversación:

-Juan Pedro…

-Dime, Maxi-fingí una sonrisa

-¿Por qué se durmieron para siempre?-clavó sus ojos infantiles y tristes en los míos

-Ojalá lo supiera, Maxi-dijo tragando saliva

-Toda la gente que quiero se duerme para siempre y nunca sé porque lo hacen-dijo empezando a llorar. Como un impulso, lo abracé y el empezó a llorar fuertemente limpiando el barro de mi camiseta con sus lágrimas. Lágrimas llenas de dolor y nostalgia, lo abracé más fuerte y aguanté las mías, tenia que ayudarle a ser fuerte.

-Vamos a ir a España, allí no se duermen para siempre

-¿Sí?-dijo Maxi mostrando un poco de ilusión en esa pérdida de esperanza que tenía

-Sí, todo será perfecto y tú estarás en mi colegio donde aprenderás muchas cosas-le di débilmente en la nariz y el sonrió mucho

-Me gusta la idea, entonces, vamos a correr-dijo cogiéndome la mano y haciendo lo que había dicho. Los dos nos pusimos a galopar como los dos caballos salvajes que representábamos.

Tras más de diez minutos, corrimos sin cesar en dirección al aeropuerto privado de mi padre. Seguro que nos dejaba coger un avión y resolvía el problema de la familia de Maxi. Entonces, un disparo hizo que hasta retumbaran los árboles milenarios.

-¡Oh no! ¡Los hombres con cosas grandes y malas!-exclamó Maxi asustado. Venían a matarnos. Lo cogí en volandas y lo escondí en el hueco de un árbol donde no era capaz de ser visto

-Espérate hasta que llegue-dije empezando a avanzar al aeropuerto. Sabía que era peligroso y que podía morir pero debía hacerlo por Maxi y su familia

-¡Juan Pedro, no te vayas!-empezó a salirse del escondite y como un acto reflejo fui hacia él, no podía permitir que hiciera una locura

-Vale, me quedo pero métete en el escondite y hazme un hueco-le ordené, él sonrió pícaramente porque sabía perfectamente que había conseguido lo que quería.

Nos quedamos los dos quietos en ese hueco del árbol, sin hacer ruido, sin apenas respirar fuerte, sólo notando como cada vez había más pasos alrededor nuestra y los tiros cada vez más fuertes. Maxi me abrazó con fuerza en el grito de una de esas armas y yo le correspondí el abrazo para que se sintiera más seguro aunque yo estuviera igual de asustado. Sabía que iba a morir, sólo quería que Maxi sobreviviera, me daba igual que hacer para que eso pasase.

Los tiroteos empezaban a incordiar demasiado, hacían que nuestros oídos a pitar. Maxi se separó de mí y me miró como si en vez de un niño de cinco años fuera un coronel del ejército:

-¿Me prometes una cosa?

-Lo que quieras-dije con media sonrisa, ocultando lo aterrorizado que estaba porque sabía que saltaría con alguna locura

-¿Prometes que hoy no dormirás para siempre?-dijo lleno de inocencia. Me parecía una crueldad hacia el ser humano que un niño de cinco años que estaba escondido para que no lo matasen tuviera que preguntar eso pero aún así asentí la cabeza con la intención de consolarlo añadiendo:

-Sí, ahora tú prométeme una cosa-clavé sus ojos en los suyos negros-no duermas para siempre hoy tú tampoco.

Él miró al horizonte y respiró hondo. ¿Por qué no contestaba que sí? Después de aquello me miró con una cara quebrada y me dijo:

-Tú me enseñaste a hacer lo correcto

Saltó al suelo y empezó a bailar, chillar y todo lo necesario para que los villanos lo atraparan. Lo amenazaron con un arma y le obligaron a ponerse las manos en la cabeza. Me quedé de piedra porque encima no podía fallarle, le prometí que no iba a morir.

Observaba como le obligaban a andar y como iba con una mirada firme al horizonte, sin tener miedo, sin ningún llanto y seguramente se consolaba pensando que ya estaría con su abuelo, con su madre, con su padre y con los amigos que habían perdido por “ninguna razón lógica” o eso fue lo que me dijo él entre lágrimas cuando se enteró que todos los amigos que tenía lo habían matado en un tiroteo.

Veía como caminaba Maxi mientras lo seguía y cada paso que daba era una nueva raja que se abría en mi corazón. Había vivido mucho con él y en ese momento iba a ver como sería su muerte injusta.

Tras llegar a la orilla del arroyo, le ordenaron que parase y él lo hizo, con lágrimas bajando por su rostro. No podía permitir que lo hiciera, no podía dejar que muriese con el mal sabor de boca de no saber por qué iban a matarlo.

Sabía que no  podía salvarlo, sabía que si me lanzaba al que le apuntaba luego sería yo el muerto pero a lo mejor por ser hijo de quien soy luego se vengarían de las muertes así que cuando un soldado apuntó a Maxi me abalancé sobre él, haciendo que los dos acabásemos en el suelo.

-¡¿Qué haces Juan Pedro?!-preguntó Maxi desconcertado

-¡CORRE, CORRE HASTA EL AEROPUERTO!-chillé agarrando la metralleta para que no le disparase pero no sirvió para nada, cuando Maxi empezó a correr, uno de sus compañeros le disparó matándolo en el acto y dejando a un inocente niño muerto en el agua helada del arroyo y con el mal sabor de boca de no saber por qué lo habían matado.

Me separé del hombre y corrí hacia el cuerpo de Maxi boca-abajo. Le di la vuelta y sus ojos sin vida se clavaron en los míos con frases típicas suyas retumbando en mi mente y después una de las últimas frases de su madre antes de morir:”En este mundo muere gente sin saber el porqué, Juan Pedro”.

Empecé a llorar, el cielo me acompañaba porque también sentía la pérdida de un alma inocente y buena, inteligente y con un futuro próspero si no fuera por su desgraciado final. Me acompañaba porque unos ojos llenos de luz se apagaron con pólvora y con mi penaría de perder a una de las personas que más he querido en toda mi vida.

Escuché un arma preparándose para disparar, me giré y me estaba apuntando. Miré un momento a Maxi, le besé la frente y le dije aunque no podía escucharme:”Lo siento, voy a incumplir tu promesa porque eres tú el que se ha dormido para siempre”. Me puse de pie, puse mis manos en la cabeza y los miré firme, sin miedo.

-Dispara, ¿no es eso lo que quieres? ¿No es eso por lo que me estás apuntando? ¿No es eso lo que te han arrancado el alma?-le grité y el soldado se quedó sorprendido-No te sorprendas porque es cierto, no tienes alma, no se puede tener alma si matas a un niño de cinco años que no ha vivido lo que tiene que vivir, no se puede tener alma si matas a un padre que está dando su vida para que su familia tenga más segundos de vida y no se puede tener alma si matas a una madre que está ahí, sola porque ella lo ha querido para darle una oportunidad a su hijo, ¡hijo que tú has matado sin piedad! ¡¿Puedes dormir por las noches?! ¡No deberías! ¿Me oyes? ¡¿ME OYES?!-le grité sin piedad, sabía que iba a morir así que no iba a quedarme callado. El soldado me miró con rabia por decir la verdad y me puso el dedo en el gatillo pero su compañero le puso la mano en el hombro.

-No podemos matarlo, es el hijo del que nos ha pagado-dijo el compañero

Tras escuchar esto, bajé las manos y los miré incrédulos. No podía ser, no podía ser cierto.

Corrí, huí a mi casa queriendo explicaciones, queriendo que lo que habían dicho los soldados no fuera verdad así que sin hablar con nadie y sin parar aunque la lluvia así lo quisiese llegué hasta el despacho de mi padre, abriendo de un portazo la puerta, tal portazo que dejó marca en la pared.

-¿Hijo?¿Dónde has estado?-dijo levantándose y acercándose a mí. Quiso ponerme la mano en el hombro pero lo aparté brutalmente

-¿Has mandado a matar a la familia de Maxi y a Maxi?-le pregunté fingiendo que no estaba cabreado y triste al mismo tiempo, mostrándome indiferente hasta llegar a mi meta, como corriendo a casa de Maxi…

-¿qué?-dijo mi padre desconcertado, sabía que se estaba haciendo el loco, actuaba muy mal

-¡¿HAS MANDADO A MATAR A LA FAMILIA DE MAXI Y A MAXI? ¿ME ESCUCHAS AHORA BIEN?-le grité soltando una parte de rabia de la que tenía encerrada en mi interior

-Hijo…-dijo tragando saliva-era lo mejor para ti, no debes juntarte con esa muchedumbre, Juan Pedro-dijo haciendo como si fuera el mejor padre del mundo cuando realmente era repugnante

-¿Qué?-dije cabreándome cada vez más-¡¿primero dices que es una muchedumbre y luego confirmas que lo has hecho?!-grité enfurecido. Pensaba continuar pero sabía que no podía, que lo único que quería era que se durmiera para siempre como Maxi y su familia pero a puñetazos míos. Lo miraba y me daba asco, repugnancia, y estaba a punto de suicidarme por tener sangre suya en mis venas, sangre de injusticia.

Sin decir nada, me dirigí a la mesa y le pegué un puñetazo, rompiéndola en trozos minúsculos. Por lo menos así se me había pasado un poco la rabia que tenía. Rompí todo lo que tenía mi padre en la mesa y cayó desornado por el suelo.

-¿Se puede saber qué haces?-dijo cabreado

-Eso debería decir yo, eligiendo tú lo que es mejor para mí, tomándote la justicia por tu mano. Lo peor es que seguramente, las demás muertes que se han producido también hayan sido por tu culpa, eres él que los contrataba y yo mientras tanto maldiciéndolos y consolando a Maxi porque sus amigos morían sin razón alguna pero ahora ya lo sé, es por ti, ser repugnante, persona que no se merece que lo llame padre. Por eso me mandabas a España, ¿verdad?-dije acercándome a él, quedando sus ojos a centímetros de los míos-Por eso no querías que estuviera aquí, ¿verdad? Para que no viera lo que hace el hombre al que debo llamarle padre

-Hijo, no lo pintes así…-dijo en su defensa

-Lo pinto como me da la gana-le di un leve empujón-porque soy yo el que elijo lo que hago, ¡no tú, pedazo de incompetente!

Tras decir esto, me dirigí a mi habitación, sabiendo lo que iba a hacer.

-¿A dónde vas?-dijo mi padre cabreado

-A no verte nunca más-dije y cerré la puerta con un portazo, sin olvidarme de echar la llave para que no me siguiera. Cogí la moto, mis ahorros y me fui al aeropuerto público ya que no podía coger nuestro avión privado, a lo mejor también mataba al piloto por ayudarme a escapar. Llegué a Madrid hace un mes y  ahora estoy viviendo en casa de un amigo mío y como no podía retenerlo más, me he dirigido a la iglesia más cercana para confesarme y contar esto, gracias por escucharme atentamente, padre”: le digo al cura que me confiesa en la iglesia de la Magdalena. El cura se queda flipando tras mi historia, pestañea varias veces y al final me dice:

-Pero, hijo-me pone su mano en el hombro-¿Cuál es tu pecado?

-Quererlos

 FIN