Entrega el Diploma Alfonso Jesús Casado, amigo y colaborador de la Asociación Manantial

VIOLETAS EN MI MUNDO

I.- Luna Creciente

            Antes me llamaba Aisha. Mi padre no se cansaba de decir que suponía gran dignidad llevar un nombre tan bello. Repetía continuamente la palabra honor. Yo no entendía muy bien lo que significaba ni por qué era tan importante, pero me alegraba poder tener al menos algo que fuera bonito.

            Vivíamos en una aldea pequeña, donde habitaban unas cien familias. Había cuatro mujeres en casa, contando a mamá, hasta que mi hermana mayor Selemha se casó. Yo pregunté que era casarse y me dijeron que un hombre venía a por una mujer para tener hijos y ser honrado por ella. ¡Otra vez el honor!

            Una vez fuimos a una boda. No conservo casi ninguna vivencia de ese día, sólo alcanzo a recordar que mi padre estaba muy sonriente y mi hermana y mi madre muy serias. Hubo un banquete en casa del novio y yo escuché cuchichear a los invitados que la novia había tenido mucha suerte porque su marido, poseedor de muchos rebaños, se había fijado en una muchacha pobre. Yo estaba encantada porque ese día había mucha comida y pasteles, y me dejaron comer todo lo que quise. Casi al amanecer nos trajeron de vuelta a la aldea, y al día siguiente volvió la rutina a nuestras vidas. Pasaron los años y aunque me acostumbré a la ausencia de mi hermana, la seguía echando de menos. Su rostro casi se había borrado de mi memoria, mas sí recordaba su calor en las noches de invierno y las historias que contaba con voz suave en el jergón que compartíamos, como aquel cuento en el que una playa se llenaba de miles de peces varados y agonizantes, y una mujer tan deprisa como podía cogía uno tras otros y los iba devolviendo al agua. Alguien le hizo notar la inutilidad de su gesto, pues no podría salvarlos a todos, más ella respondió mirando al pez que tenía en las manos: “Al menos los que salve, no morirán”

            Tras la marcha de Selemha, quedamos en casa Fauzzia y yo. Mi madre después tuvo varios partos más, todas niñas. Unas sobrevivieron y otros no.

             En casa trabajábamos duro. Mi padre en el campo y mi hermana y yo, ayudábamos a mi madre con el cuidado de la casa y de las pequeñas. También nos turnábamos acompañándola al mercado, junto con el resto de mujeres del poblado para cambiar nuestros productos o comprar otros. Para eso nos veíamos obligadas a andar varios kilómetros hasta el pueblo más cercano y volver cargadas con pesados fardos. A veces resultaba muy dificultoso, tanto por los rigores del tiempo como porque muchas de las mujeres eran ancianas o estaban encintas, y en alguna ocasión alguna se puso de parto en el camino. Teníamos que apresurar el paso, pues los hombres se enfadaban mucho si llegábamos después de la puesta de sol. A mí me agradaba ir al mercado, porque había frutas y especias de todos los colores. También había flores. Me gustaban especialmente unas flores azules que sólo vendían en contadas ocasiones. En el bazar fui aprendiendo que todo tenía un precio, y que para poseer algo, a cambio había que dar otra cosa o comprarla con dinero.

II.- Luna Menguante

            Cuando a los cinco meses de vida enfermó la hermana más pequeña, mamá estaba de nuevo embarazada, y las cosas empezaron a ir mal. Habían pasado unos años, donde habíamos vivido sin ninguna clase de lujos, pero no nos había faltado nunca lo más necesario Mi padre no paraba de decir que el dinero se estaba acabando, y para colmo de males, habíamos tenido un invierno muy frío y la necesaria lluvia no había llegado a los campos para hacer que las semillas tuvieran la fuerza suficiente para romper la dureza de la tierra. La comida empezaba a escasear y se necesitaban medicinas. Apenas nos quedaban recursos.

            Como mi madre no podía ir al mercado, íbamos Fauzzia y yo. Una de esas veces, un grupo de varios hombres y mujeres estaban comprando grandes cantidades de alimentos. Miré con envidia sus cestos llenos de los mejores productos, e incluso de las flores que tanto me gustaban, mientras nosotras dábamos vueltas y vueltas tratando de encontrar lo más barato, rebuscando entre montones de frutas y verduras casi podridas las que aún pudieran aprovecharse. Agachada, no vi llegar a una mujer con los brazos abiertos. Era nuestra hermana Selemha, y estaba con las personas que habíamos visto adquirir mercancías sin escasez. Había cambiado mucho. Llevaba buenas ropas, pero tenía los ojos muy tristes y parecía casi tan mayor como mi madre. Sus acompañantes apenas nos miraron, salvo un hombre mayor muy alto y con grandes barbas que no le quitó los ojos de encima a Fauzzia y luego fugazmente también dirigió su mirada hacia mí. El marido de Selemha, le apremió a partir con gesto severo, avergonzado de que los demás vieran públicamente en nuestro aspecto la humilde procedencia de su segunda esposa. Mi hermana se despidió de nosotras llorando, medio arrastrada y a empujones. Yo, rabiosa y simulando que me ataba la sandalia, robé a modo de venganza una flor de uno de los cestos que portaban aquellos idiotas, escondiéndola entre los pliegues de mi túnica. Sólo vio mi gesto el hombre que nos había estado observando. Enrojeciendo hasta las orejas por haber sido sorprendida en mi pequeño hurto, no pude evitar sacarle la lengua a aquel viejo tan feo. Me arrepentí enseguida por si había consecuencias, temiendo que vinieran a buscarme por ladrona y le quitaran a mi padre el honor aquel que tan importante era para él.

            Cuando llegamos a mi casa, la pequeña había empeorado y mi padre estaba de un pésimo humor. Mi madre guardaba silencio, como casi siempre, y tenía marcas de golpes en su rostro, también como casi siempre. Mientras cenábamos conté que habíamos visto en el zoco a Selemha y que ahora era muy mayor. Inmediatamente los ojos de mi madre se llenaron de lágrimas y Fauzzia me dio tal patada por debajo de la mesa que me dolió la pierna varios días. Esa noche cuidé a escondidas a mi flor como un gran tesoro poniéndola en agua, pero a la mañana siguiente empezó a languidecer. Fauzzia, como siempre, vino en mi ayuda y metió la flor entre las hojas de una revista europea que habíamos encontrado y mirábamos a escondidas por miedo a que mi padre nos la quitara. Yo visitaba todos los días a mi flor sin nombre, cuidando de que nadie me sorprendiera, muy feliz por tener en mi vida dos cosas bonitas. Todo eso fue muy poco antes de los días malos.

III.- Luna Nueva

            Pasaron un par de semanas, y volvimos a ir con las mujeres al mercado. Al regresar, nos extrañó ver un coche en la puerta de nuestra casa. Mi padre hablaba con unos hombres y al vernos llegar llamó a Fauzzia. Tuve tiempo de reconocer al tipo que tanto y tan fijamente había mirado a mi hermana en el mercado. Pasado un buen rato, entró Fauzzia con los ojos muy enrojecidos. Por la noche, a mi lado, le pregunté que le pasaba y no me dijo nada, pero se abrazaba a mí tan fuerte que yo sabía que algo la había puesto muy triste. Le conté varias veces el cuento de los peces. Ninguna de las dos dormimos casi nada esa noche,

            El embarazo de mi madre no era como los anteriores. Estaba siempre muy fatigada y apenas se tenía en pie. La palidez de su rostro contrastaba cada día más con los cercos morados bajo los ojos. Esa misma tarde la partera le dijo que si no guardaba reposo, corría peligro su vida y la de la criatura que llevaba dentro. Mi padre dijo que todas las mujeres de su familia por generaciones habían tenido muchos hijos y habían cumplido sus deberes como madres y esposas, y que la partera era una ignorante, porque sólo Dios podía saber el futuro. Mi madre continuó con su rutina habitual de cada día, y aunque Fauzzia y yo hacíamos cuanto podíamos para quitarle tarea, ella no paraba de laborar. Tres días después comenzó a sangrar y perdió al bebé Mi padre sólo comentó que era una suerte que la criatura muerta fuera una niña.

            Mamá estaba muy débil y la salud de las pequeñas empeoraba. Mi padre se fue de casa sin decir nada, y volvió a los dos días en un coche acompañado de un médico. Tras examinar a las enfermas, el doctor dejó un montón de medicinas que debían tomar. Cuando el automóvil partió, dejó delante de la casa una gran cantidad de comida. Yo preparé la cena y comí hasta reventar, al igual que mis hermanas. Sólo Fauzzia no probó bocado ni dejó un solo momento de llorar silenciosamente. Al amanecer se escapó de casa tan con tanto sigilo que ni yo que dormía a su lado me enteré.

            Mi padre la buscó como un demente. Cuatro días después, volvió a casa al anochecer acompañada del Imán y líder religioso local, Mohammad Yadik. Mi padre y él discutieron mucho. No pude oir cuanto decían, pero sí vi a mi padre coger su libro sagrado y espetar:

            —¿Ve esto? ¿Lo ve? ¡Aquí está escrito! ¡Es la ley! ¡Hasta el profeta nos dio su ejemplo!

            El Imán trataba de convencerle de que aquel libro sagrado decía algo bien distinto, le habló de edad, de libertad y consentimiento, pero mi padre no atendió a razones y le dijo que se fuera. Cuando entró, la mesa estaba puesta y la cena servida. Estábamos temblando, esperando la reacción de mi padre, que se sentó y empezó a comer sin decir palabra. Todos le imitamos a excepción de Fauzzia que no probaba bocado. Mi padre se levanto de la mesa y le ordenó:

            —¡Come!

Ella no hizo gesto alguno y continúo con la mirada fija en el plato sin moverse.

            —¡Qué comas! —dijo mi padre, y poniéndole la palma de la mano en la nuca le metió la cabeza en el plato de sopa.

Fauzzia se incorporó con el pelo y el rostro chorreando de ash, y como si le picaran avispas gritó:

—¡Te dije que no comería para ahorrar! ¡Ya no vendrá una boca más a la familia, y yo sólo comeré lo justo para que no hagas lo que vas a hacer!

—¡Cállate!

            —¡No, no me callaré! ¡Ahorraremos y podrás devolverle el dinero a ese viejo asqueroso!

—¡No es un viejo, es sólo un poco mayor que yo!

—¡Es que tú eres viejo! –salté yo sin poder contenerme.

La bofetada no fue para mí, como esperaba, sino para Fauzzia. Cuando mi madre quiso interponerse, otras tantas fueron para ella.

            —¡Estúpidas mujeres! ¡Malditas seáis! ¡Tú siempre enferma y sin parir varones! ¡Y tú recibirás el castigo que mereces! ¡He dado mi palabra y se cumplirá! ¡Mi honor está en juego!

            —¡No! —gritó mi madre—. ¡No es honor vender a tu hija para tener una segunda mujer!

            Mi padre, fuera de sí, las cogió a ambas y las metió en una habitación. Desde fuera oímos los golpes y los gemidos de las dos. Yo me fui hacia la puerta y traté de de abrirme paso con los puños, rompiendo la madera.

            —¡No les hagas daño, no les pegues más! –grité, pero nada pude hacer.

            Fauzzia permaneció encerrada desde aquella noche. Mi madre, tras la paliza, apenas era una sombra. Se le había dicho que si volvía a abrir la boca, habría duras consecuencias, así que no volvió a hablar. El viejo de la barba venía casi todos los días y hablaba en voz baja con mi padre. Al parecer preparaban algo.

            A Fauzzia le llevaba la comida mi madre, y le retiraba el orinal donde hacía sus necesidades. A mi no me dejaban acercarme, mas una noche aprovechando que mi padre hablaba en la puerta con el barbudo, mi madre me dejó entrar. La abracé muy fuerte llorando; me dijo que me calmara y la escuchara, que era muy importante. Intenté controlar mis hipidos, pero no podía. Ella me habló en voz muy baja;

            —Escúchame, Ashia. No nos vamos a ver en un tiempo, Pero yo no voy a olvidarme de ti.

            —¡Te olvidarás de mi como Selehma!

            —¡No, no! Eso no pasará. Ella tampoco nos olvidó. Sé fuerte. Y cuando te sientas muy triste, recuerda mis palabras. Nunca te dejaré sola. ¡Tienes que creerme! Volveremos a vernos. Confía en mí. ¿Me lo prometes?

            —¡Te lo prometo! —le dije mientras mi madre me sacaba de la habitación hecha un mar de lágrimas, sin entender nada, salvo que al parecer mi padre iba a traer a otra esposa a casa e iba a vender a mi hermana. ¿La llevaría al mercado y la pondría al lado de los pescados y las hortalizas?

            Pasaron cuatro días. A la mañana del quinto, por movimientos inusuales en la casa supe que había llegado el momento. Llegó un coche, y mi padre me cogió de la mano y dijo que le acompañara para comprar unas cosas. No me permitió ni despedirme.

            Llegamos a la ciudad. A nuestro encuentro salieron dos mujeres a las que jamás había visto. Me dijo que tenía que hacer cuanto ellas me dijeran y desapareció sin más.

IV.- Luna Roja

            Aquellas dos mujeres me bañaron. Me pusieron un vestido blanco y me pintaron los ojos y los labios como a las mujeres de las revistas europeas. No respondían a mis preguntas. Después salieron y entró el viejo de las barbas con un ramo de flores azules en la mano. Se dirigió directamente hacia mí y me las entregó.

            —Sé que te gustan las violetas. Son para ti.

            —¿Y porqué me las das? —pregunté yo.

            —Como regalo por nuestra boda.

            Comencé a entender. Aquello no podía ser una boda, porque no había invitados, ni comida, ni estaba mi familia. Aquella habitación era un mercado, y yo era la mercancía. Mi padre me había vendido a aquel viejo por dinero, como antes hizo con Selehma. Y yo estaba completamente sola. Todo lo que pasó a partir de ahí, mi mente se niega a recordarlo. Sé que era el 16 de Agosto porque ese día cumplía ocho años.

            Aquellas manos grasientas. Aquel aliento nauseabundo. El dolor humillante e insoportable. Golpes. Mucha sangre. Terror. Inocencia apaleada. La inconsciencia que llegó como un bálsamo.

            Desde que Fauzzia pidió ayuda, el Imán había intentado por todos los medios evitar aquella unión, pidiendo y movilizando la ayuda a La Red de Acción de Protección a la Infancia, a las autoridades locales y a UNICEF, pero no llegaron a tiempo. Aquel hombre de cincuenta y siete años no cumplió su palabra de no tocarme hasta que al menos cumpliera los diez, y al parecer, el tan loado honor de mi padre valía sólo unos fajos de billetes.

V.- Luna Llena,

            Ya no me llamo Ashia. Tengo doce años, y estoy divorciada. Vivo con Fauzzia, que ahora tiene dieciséis. Las dos luchamos para obtener también el divorcio de Selehma y proteger a nuestras hermanas más pequeñas. Nuestra madre no sobrevivió. No pude traerme de mi antigua casa mi flor seca, pero ahora nunca faltan violetas frescas en mi ventana. Voy a clase, y en mi vida ahora hay muchas cosas bonitas, y una de las más bellas se llama libertad. Cuando sea mayor, quiero dedicar mi vida y mis esfuerzos para que no le ocurra a ninguna niña lo que me pasó a mí. Sé que quizá sólo pueda salvar a unas pocas, pero como decía el cuento, los peces que salve no morirán.

FIN