DESAPARECIDO

 

Se esfumó todo. Sólo quedaba el olor a barniz y a pintura en la casa. Con ella se fue su risa, su pelo y el sonido de sus pies descalzos por la noche. Cuando se acostaba en su cama olía a su piel y le traía recuerdos, aunque aquello era muy doloroso. Veía en su cabeza la imagen de Libia, mientras él continuaba escribiendo y fumando cigarrillos en su mesa. A quién iba a leer sus fantasías como solía hacer, mientras ella restauraba un mueble o mezclaba los colores en su paleta. Ya nunca más le despertaría el aroma a café recién molido por las mañanas, ni por supuesto, podría compartir el amargor de su sabor. Se había ido su compañera, su amada, y lo peor era que no sabía cómo ni por qué. Garbi siempre había creído que la peor de todas las cosas en la vida era la muerte, pero ahora se daba cuenta de que lo que más afligía al ser humano era el no hallar respuestas.

Seguía escribiendo. Soñaba despierto con que ella volvía y entraba por la puerta del porche como si nada de esto hubiera ocurrido, como si viniera del mercado, comiendo una manzana. Con una dulce sonrisa entraba en la habitación en la que solía escribir y lo miraba con sus ojos llenos de cariño, porque se querían, y él no podía entender el porqué de que ella ya no estuviera a su lado.

Garbi seguía escribiendo y lo que antes parecían versos trágicos, ahora eran demoledores. Su mano sangraba palabras capaces de turbar el alma, inquietarla y hacerlo hasta escupir sus pensamientos más íntimos. La única diferencia es que ahora todo lo que escribía era un dolor verdadero. Ya no podía ser feliz.

Todos los periódicos publicaban una vez más en primera página la desaparición de otra de ellas, pero esta vez decía: “¡La última!”. Desde hacía años, en el pueblo de Tabul habían sucedido hechos muy extraños, y es que todas las mujeres habían desaparecido sin dejar rastro. No se había hallado ni una nota que indicara los motivos, ni tampoco los cuerpos. No existía ningún indicio de donde se podían encontrar. Llevaban muchísimos años desapareciendo sin explicación. Esto alteró a todo el pueblo y los hombres sentían un gran desconsuelo. No podían explicárselo. Se hablaba de la posibilidad de que entre ellos se escondiera un asesino que matara a las mujeres. Los más escépticos opinaban que podía tratarse de una broma y que por supuesto, algún día tendrían que volver. Andarían escondidas en el bosque y recibirían su merecido castigo a su regreso. Y los más brutos decían que las llevarían a la hoguera para darles un escarmiento, aunque sin llegar a quemar sus cabellos, ni sus ojos, ni sus voces. Los más fantasiosos empezaron a creer en la existencia de un ser que vivía en las profundidades del bosque, y que necesitaba las entrañas de los humanos para sobrevivir. Los rumores se expandieron y se creó una leyenda al estilo más romántico en torno a Tabul, y los hombres que habitaban en el pueblo eran los héroes que iban en busca de sus inocentes mujeres secuestradas y heridas. El pánico empezó a crecer hacia los pueblos colindantes de la comarca. Se temía que empezaran a desaparecer todas las mujeres y empezó a surgir una sobreprotección hacia éstas. Las encerraban en casa al cuidado de sus hijas y si se veían obligadas a salir debían hacerlo camufladas en ropa de cazador de sus esposos. Pero a nadie se le ocurrió pensar un solo segundo que todas ellas pudieron marchar por cuenta propia, que quizá deseaban empezar una nueva vida, iniciar un camino propio en el que perseguir sus sueños.

Una de las desaparecidas en los últimos meses fue Ébora, conocida por ser la hija del que fue el banquero más prestigioso de Tabul y por ser la esposa de Amelio, que aspiraba a ser tan importante como su fallecido suegro. Una mañana como otra cualquiera, Amelio salió hacia su trabajo bien temprano dejando a Ébora al cuidado del hogar. A su regreso casi a la tarde ella no estaba en casa. La esperó hasta la noche y salió en su búsqueda por el pueblo bastante preocupado al ver que no regresaba. Esto no había pasado nunca. Jamás volvía a casa más tarde de las ocho. Por la mañana no fue al banco a trabajar para seguir buscándola, pero no la encontraron nunca. En casa no había una nota ni nada que indicara que se había marchado. Su ropa estaba en orden, sus libros e incluso su bolso. Amelio lamentó muchísimo la desaparición de su joven esposa y comenzó a emborracharse casi todas las noches, decayendo el prestigio conseguido tras casarse con la hija del banquero. Se preguntaba con la mirada perdida quien cuidaría de los caballos y de sus valiosísimas piezas obtenidas en las duras jornadas de caza en el bosque, pero lo que era más importante, quién cuidaría de él. Ya nadie lo esperaría en casa a su regreso ni habría quien lo despertara para llegar impecable al trabajo. Aún así, Amelio no cambió sus hábitos. Seguía con sus negocios en el banco y con sus quedadas domingueras para salir a cazar de madrugada con sus colegas. Con ellos hablaba de caza y dinero, pero nunca hablaba de su mujer aunque la echara mucho de menos. Ébora, a pesar de su resignada vida aprendió a querer a su marido, aunque fue un amor impuesto por su padre. El día de su boda parecía el cierre de una negociación, más que el día más feliz de su vida. Su padre había puesto en venta el corazón de su hija. Muy joven, Ébora, aprendió a ser ama de casa y sus ilusiones de estudiar literatura se vieron mermadas. Era una apasionada de la poesía y consiguió tener una bonita y modesta biblioteca en casa en la que contaba con todos los grandes escritores. En el jardín siempre leía a Kávafis, su favorito, para poder imaginar las ruinas griegas que quizá nunca vería. También aprendió a cuidar a los caballos y a montar. Le encantaba pasear acompañada de su padre, pero ya nunca más saldría en las tardes de verano.

Tras la desaparición de Ébora le siguieron algunas más. Otra de ellas fue Coral. Perdió la corporeidad y ya nadie podía reconocer sus pasos. En casa no podían echarla de menos porque había vivido sola desde que su hermano Inocencio fue atropellado cuando paseaba en bicicleta de verano. Para ella el día en el que se esfumó su sonrisa, desapareció su felicidad. Aquel hecho cambió la vida de Coral y decidió dedicarse a la ayuda humanitaria y a colaborar en el orfanato del pueblo, a pesar de trabajar por las mañanas en el colegio. El estar muy ocupada le ayudaba, pero esos niños le recordaban mucho a Inocencio, y le hacían pensar en él y en lo feliz que habrían sido. Y simplemente, una mañana no volvió al colegio. Se rumoreó que marchó a un viaje en colaboración con el Sahara, pero parecía un caso más de las mujeres desaparecidas sin explicación porque en casa no faltaba ninguno de sus objetos personales. Sus compañeros de trabajo golpearon su puerta consiguiendo echarla abajo. Allí no había nadie y nada indicaba que hubiera ido de viaje. Todos lamentaron que no regresara jamás porque a pesar de su duro temple, era bondadosa y muy querida por ello.

El día que Garbi escuchó la noticia de Coral, le prometió a Libia que si a ella le ocurría algo similar iría a buscarla y no cejaría en ello. Ese día llegó y Garbi cumplió lo dicho. Libia fue la última mujer en desaparecer. Garbi se unió a los grupos de búsqueda que se habían vuelto a formar, organizados para salir al bosque. Todas las noches, antes de salir se reunían los hombres en la plaza. Cada uno contaba su caso, entre lágrimas e intentaban consolarse los unos a los otros. Todos habían perdido o bien una hija, o una esposa, una hermana o una madre, o incluso a todas ellas. Salían de noche casi al amanecer y a veces permanecían unos días en las entrañas del bosque siguiendo la senda del río.

Esa noche Garbi no pudo dormir. Se encendió un cigarrillo sentado en la cama. Estaba verdaderamente nervioso, pero decidido y se hablaba a sí mismo como si supiera lo que iba a pasar, aunque no podía saberlo. De repente reparó en una fotografía de Libia. La tomó de la mesita y empezó a llorar. Cómo imaginarse que alguna vez perdería a lo que más amaba en este mundo, y encima, así, sin más. Libia era su musa predilecta para sus cuentos y poemas. Tenía miles de versos dedicados a ella. Le inspiraban sus negros ojos, su cabello del color de la montaña y su dulzura al tomar el pincel. En grandes lienzos creaba mundos paralelos al suyo con los que después transformaba el espacio de los dos. Pintaba con vehemencia paisajes que sorprendentemente eran casi sacados de las palabras de Garbi, o viceversa. Ese era el color de sus sueños, los que estaban ahí, los de ambos. Ella le daba vida a sus viejos papeles sobre los que él escribía. Pero él se preguntaba para quién escribiría ahora aquellas sucias hojas manchadas de café y ceniza; a quién recitaría sus poemas y a quién mandaría cartas de amor en sus viajes. Quién querría escuchar las palabras de un pobre loco, pero tan bellas. Garbi tenía una especial sensibilidad para componer historias hermosas, pero su trágico carácter era lo que quedaba plasmado en sus libros. Eran sentimientos soterrados a pesar de tener un carácter afable. En la mayoría de las ocasiones, la misma felicidad que sentía al estar junto a Libia, le daba pánico y recurría a un escudo. Expresaba dolor en sus palabras. Siempre le repetía a su amada como podía compartir su vida con él, con lo feliz y alegre que era ella, tan buena, tan bonita, con aquellos ojos rasgados cuando sonreía, y él tan metido en su caótico mundo lleno de ideas extravagantes y sufrimientos humanos.

Decidió irse a la cama de nuevo y leer uno de sus libros de poemas dedicado a su compañera. Escogió Sueño cuando sueñas y terminó llorando acurrucado entre las sábanas. Empezó a pensar en ella y en el día en el que se instalaron en aquella casa junto al río. Y de repente recordó una breve historia que comenzó a escribir y que dejó sin terminar. Prefirió dejarla así porque no deseaba que Libia la viera. Se inspiró en su historia real, en lo que ella había vivido antes de estar junto a él. Se levantó a buscarla entre sus papeles para leerla, para recordarla aún más y no perder ni un solo recuerdo, y pensó que ahora sería el momento para finalizarla. No la encontró y no recordaba haberla visto desde hacía meses. Decidió escribirla de nuevo. Comenzó en ese mismo instante e intentaría acabarla durante las noches que permaneciera en el bosque.

Antes de conocerlo a él, Libia había llevado una vida muy dura. Su infancia pasó rápida o eso deseaba, para poder irse lejos de su padre. A la muerte de su madre, que dicen, murió ahogada en el río, pero nadie nunca la encontró, tuvo que convertir su cuerpo y su alma en acero. Su padre que trabajaba en la mina, no cuidaba ni de su educación ni de ella. Cierto es que pasaba muchas horas trabajando, y no se veían casi nunca y las noches frías las pasaba sola y sin cenar. Lo único que tenía en casa que le distraía eran sus acuarelas y unos folios que escondía junto a las fotografías de su madre. Pintaba de noche hasta quedarse dormida en el suelo y cuando despertaba lo guardaba corriendo antes de que llegara su padre y marchaba al colegio. Cuando creció un poco más y su padre por lesiones dejó de trabajar, un buen día se fue porque no quería soportarlo más. Al poco tiempo Garbi la vio un día sentada en unas escaleras llorando mientras él esperaba la inspiración. Se acercó a ella y le preguntó por el dibujo que tenía en sus rodillas. Era un paisaje. Exactamente representaba la colina en la que ella había vivido y el río que la atravesaba. Después le preguntó porqué lloraba y verdaderamente Garbi encontró ese día la inspiración y no se marchó nunca.

Llegó la hora de salir. Cerró la puerta de casa y se dirigió a la plaza. Aún no había claridad en el cielo y los dos grupos organizados de hombres comenzaron a adentrarse por la senda hacia el bosque. Garbi haría guardia y no regresaría al pueblo en varias semanas. Los hombres conocían muy bien los senderos y las trampas que ofrecía el bosque porque la mayoría de ellos cazaban los fines de semana. Iban con los perros y sus armas, además de provisiones y unas mantas para dormir. Durante el día rastreaban todo el río y los alrededores, y montaban el campamento de noche. Algunos paraban para dar de comer a los animales y hacer una hoguera y otros continuaban buscando hasta casi el alba.

Garbi cada noche, durmiendo junto al río, sacaba sus viejas hojas arrugadas de llevarlas en la mochila y continuaba escribiendo la historia de Libia. En sí misma era el desarrollo de los días que pasaban mientras buscaban a sus mujeres, lo que él percibía y sentía y lo que le inspiraba la atmósfera del bosque. El dormitar a la intemperie, bajo las estrellas, buscando a su compañera, le hacía escribir frases que mostraban en él un hálito de esperanza. Y conforme iban pasando aquellas noches en el espesor del bosque, Garbi iba teniendo una sensación distinta, pero a la vez familiar. A veces, al echarse sobre la hierba sentía un abrazo y no sabía si soñaba o estaba despierto. Él pensó que era Libia. Oía su respiración y podía ver como la luna se bañaba con ella y la salpicaba de plata. Después se levantaba un poco consternado de sus sueños, pero esas ilusiones le daban fuerzas para continuar.

En una de las noches no sintió nada, ni un susurro escuchó de entre los silencios del bosque. Decidió alejarse del campamento y caminó hasta el río e implorando al cielo gritó: “¿Cuándo volverán los hombres a sentir la mirada de las mujeres?”. No obtuvo respuesta. La noche se mantuvo callada y Garbi lloró y lloró desconsoladamente.

Cuando entró el primer rayo de luz del amanecer lo despertaron sus compañeros, pero aún debía de recoger sus cosas y éstos partieron sin él esperando que los alcanzara más tarde. Tomando el camino correcto después quizá se desvió porque a la hora del almuerzo no los encontraba. Sin desesperar decidió continuar la búsqueda aunque fuera solo, por su cuenta. Pensó que ya los encontraría al caer la noche. Después de mucho caminar se sintió algo fatigado y se tumbó junto a un bello árbol. Cerró los ojos y le pareció ver un rostro, perfecto y puro; tan pronto como sintió lo mismo que el día que encontró a Libia sentada llorando, la figura se desvaneció. Sin embargo, el encuentro que cada vez era más continuo también era inesperado. Se deslizaba a su lado y sentía como yacían abrazados. El silencio le traía el susurro de su respirar y le parecía el sonido más bello del mundo. Garbi nunca se encontró con sus compañeros durante esos días. Una noche dejó de sentir esa respiración y se preguntaba dónde estaba la mujer del río, su náyade del bosque. Sintió un profundo dolor al igual que el día que Libia no regresó a casa. Cada día buscaba ese rostro entre las montañas y el río, y a veces, creía verla, oírla…Y entre sueños, inquieto, hablaba con la noche y con el agua acompañado, en realidad, de su propia impaciencia. La soledad ralentizaba el tiempo y el espesor del bosque caía ante él frente a la espera de que regresara su amada.

Entre éstas ensoñaciones continuaba escribiendo la historia de Libia, narrando los días que llevaba fuera de casa. Mientras tanto, el resto de sus compañeros, regresaron a Tabul sin hallar ni una sola pista de sus mujeres. No existía un solo indicio de que ellas estuvieran allí, ni escondidas ni raptadas. Nadie podía explicar aún la desaparición de todas esas mujeres, pero no por ello éstos hechos cayeron en el olvido. Tabul nunca volvería a ser el mismo lugar, ni tan activo y acogedor, ni por supuesto, tan bello.

Garbi continuaba perdido en el bosque y creyó que podría terminar su historia. Lo que él no sabía que ésta ya estaba finalizada. Un día Libia encontró esas hojas sin encuadernar que Garbi había escrito narrando su infancia y que no se atrevió a terminar ni a enseñarle. Desde ese instante ella, que sabía lo que ocurría en el bosque, decidió marcharse y terminar la historia. No lo hizo porque estuviera enfadada con Garbi, sino porque le hizo recordar que debía alejarse de ese mundo hostil en el que había crecido. No pudo soportar el cruel recuerdo de su padre leyendo las palabras de Garbi. Describía las situaciones como si las hubiera visto o vivido con ella: su habitación, sus dibujos, hasta la muerte de su madre.

Libia partió y en el bosque se reunió con el resto de mujeres que, durante muchísimos años llevaban organizadas en comunidad. El secreto se transmitía poco a poco, a lo largo de los años, y a cada mujer le llegaba su momento. Eran más felices sin estar al lado de los hombres. La sorpresa de Libia cuando encontró la comunidad, casi metida en la montaña, fue que conocía a la mujer que la recibió y que la había hecho llegar hasta allí. Se trataba de su querida madre con la que había soñado encontrarse tantas veces y de la que no pudo despedirse. Emocionada, se contuvo hasta que su madre le acarició la mano como siempre lo hacía antes de dormir y sintió el recuerdo de su piel, que a pesar de los años seguía siendo tan suave como antaño y fuerte a la vez. Tras estar abrazada a su madre durante un buen rato, aunque a ella le pareció un soplo, se acercaron el resto para darle la bienvenida. Cuando le enseñaron todo el lugar, se reunieron todas y comieron y bebieron y le contaron la historia del nacimiento de la comunidad. La fundadora fue su madre, que tuvo que simular su muerte en el río porque su marido le propició tal paliza ese día que casi la mata. Huyó a casa de una amiga que la escondió durante dos días y decidió marchar en busca de una nueva vida. Desde el bosque empezó a organizarlo todo, y poco a poco se iban uniendo más y más vecinas, y a sus maridos y amigos nunca les contaron el secreto. La última en unirse a ellas era su hija Libia, en la que confiaba que permanecería junto a ella. Libia sentía pena de Garbi, y además lo amaba. Su desaparición no era por su culpa, sino por la de su padre. No podía permitir que permaneciera más tiempo perdido en el bosque buscándola o buscando su recuerdo.

Pidió ayuda a su madre y entre todas decidieron que si él no volvía a Tabul debía morir porque al final terminaría volviéndose loco. Y realmente, él ya no sabía distinguir entre sus sueños y la realidad.

Un día se despertó junto a un árbol en el que él no recordaba haberse quedado dormido, y exhausto se levantó cuando observó una inscripción. Había tallada una flor similar a la que Libia siempre dibujaba como rúbrica al finalizar sus cuadros. Su esperanza creció y pensó que todas las mujeres se encontraban allí cerca, o al menos Libia. No podía pensar que ella lo hubiera abandonado. Ante este hallazgo entró en un estado de desesperación y comenzó a correr gritando el nombre de ella. Y casi siendo de noche se detuvo y se sintió sucio y asqueado de sí mismo por su debilidad. Y después se odió por amar a una mujer que lo había abandonado. Sabía que ella estaba viva, pero nunca lo dejaría encontrarla. Se dio cuenta que prefería la muerte a asumir el abandono de Libia. Lloraba desconsolado junto al río, como ya había hecho otras veces, pero el motivo era otro. Deseaba la muerte y no sabía cómo implorarla. Él que tantas veces la había descrito en sus versos como una dama oscura y a la vez bella y seductora, ahora no la conocía, no era capaz de verla, ni de oírla y tampoco de imaginársela.

Muchos cuentan que murió o bien de locura en el bosque, o bien de hambre, porque nunca regresó a Tabul. Pero la suerte de Garbi fue otra, porque ante su desconsolado llanto, no se dio cuenta que la corriente del río crecía hasta que notó que algo mojaba sus pies. Creía que eran sus lágrimas las que habían desbordado el caudal. Un poco anonadado le pareció ver algo que chapoteó en el agua. Se enjugó los ojos y vio quizá una alucinación. Podría tratarse de un pez, pero era una mujer. Era Libia. Asombrado y confuso decidió lanzarse y bajo el agua, abrió los ojos y frente a ellos encontró a una mujer rodeada por un hermoso halo azulado. Él sabía que algo tan bello sólo podía ser su amada, aunque seguía confundiendo la realidad con sus sueños más profundos. La siguió, pero ella se deslizaba río abajo muy rápido, y él al límite de sus fuerzas, murió ahogado.

Así finalizaba la historia que un día Garbi comenzó a escribir de la vida de Libia. Ella prometió recordarlo siempre y hablaba de él como si de una mítica leyenda del bosque se tratara. Y antes de dormir, iba al río a escuchar el susurro del agua a escondidas del acecho de los hombres, que espiaban tras los valles para descubrir la desaparición misteriosa de las mujeres de Tabul.

FIN

Desaparecido, es una conmovedora historia que nos invita a reflexionar sobre la complejidad de la existencia humana.

Asistida por un lenguaje poético y metafórico, la autora consigue detener el tiempo real y trasladarnos al fascinante mundo de la literatura…

Os invitamos a su lectura.