LA  ETIQUETA

El camarero  deslizó de manera distraída  una  cajita de madera  sobre el mantel en el que acababan de dar cuenta de un souflé de chocolate con sorbete de albaricoque. Jorge, raudo, alargó la mano para hacerse cargo de la cuenta .

—Déjame,  invito yo. El jefe me ha propuesto ocupar el puesto  —aclaró con una pícara sonrisa Carlota y añadió —:  pide una botella de champán.

 Jorge dudó unos instantes.  La botella de champán añadiría un buen pico a la cuenta, pero   ser la  jefa  de relaciones  e imagen de la Corporación era  como para celebrarlo.

 Carlota se quedó dormida profundamente y cuando miró al reloj dio un respingo. Siempre que hacía el amor  encontraba una relajación poderosa que la sacudía del  estrés perpetuo en el que vivía.  Se incorporó  de la cama. Su cuerpo a pesar de que no tardaría mucho en  llegar a la cincuentena se mantenía estilizado. Con  una cintura aceptable y un contorno agradable a la vista. En el rostro aparecían ya algunas arrugas pero no eran aún  preocupantes.  Jorge le iba pasando la ropa, incluso la más íntima. Le gustaba verla vestirse delante suyo.

Dejó su BMW   mal estacionado. Aparcar en el centro financiero  de la ciudad era imposible pero  con el  ascenso  podría disponer de   una tarjeta exclusiva de aparcamiento   en los sótanos de la empresa. Las vistas desde el despacho del máximo jefe eran magníficas. Si lograba ese ascenso tendría un despacho contiguo  con idénticas vistas:  Madrid bajo sus pies  más cerca de los ángeles que del mundanal ruido.

—Carlota, ¿me escuchas?—preguntó agitado  el jefe —. Esto es   un   reto. Un bautismo de fuego.  Todos los ojos de los principales accionistas  estarán puestos en  ti, viendo  cómo resuelves esta situación y si lo logras conseguirás tu ascenso.

—Sí, claro — respondió   mordiéndose el labio con rabia por haberse distraído.

Se había levantado un gran revuelo tras el informe  de una ONG holandesa denunciando las condiciones de explotación laboral en la que vivían muchas trabajadoras del sector textil en la India  (talleres que trabajaban en exclusiva para empresas europeas de ropa como la de Carlota).  Además dicha denuncia  se había propagado por las redes sociales y amenazaba  con desprestigiar la marca de la empresa muy gravemente.

—Pero, es verdad o no  —preguntó Carlota a bocajarro cuando tras una hora reunidos no sabía si tenía  o no fundamento lo  afirmado por aquella ONG.

—A la gente se le hinca el pecho hablando de los derechos de la gente pero cuando le toca rascarse la cartera piensan que no es cosa suya —respondió el jefe sonriendo mientras se pasaba la mano por el cuello de su camisa almidonada.

Carlota se despidió —tan confusa como cuando entró—, con el informe de la ONG guardado en su maletín, asegurándole que lo estudiaría esa misma noche. Cuando  llegó a casa sabía que ya estaba su marido al ver su Wolkswagen mastodóntico en la cochera.

—Menuda noticia  acaban de dar en el telediario —dijo el marido al verla entrar.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó  mientras dejaba con gesto cansado  el maletín como si estuviera cargado de piedras  en  el sofá.

 En el sofá también estaba  su  hijo, como un mueble más,  que sin levantar la cabeza del móvil   al percatarse de la presencia de la madre arqueó   las cejas  a modo de saludo.

— Que han violado a ocho jóvenes —continuó el marido—. En la India.  A tres  las han  asesinado después  y otra  ha fallecido desangrada.  ¡Ah! Te felicito, Carlota —añadió cambiando de tema—: cuando me has llamado esta tarde para decírmelo  no me lo creía. ¿ responsable de qué me dijiste? —preguntó   estrechándole los brazos.

— Jefa de relaciones e imagen  —le aclaró Carlota besándole fugazmente—. Encargada de  diseñar la imagen corporativa de la empresa y sus políticas  de comportamiento.

 Carlota después de  cenar,  tras un par de horas encerrada en el despacho estudiando el informe de la ONG  se acostó y entonces su marido que parecía esperarla bajo las sábanas  le besó el cuello. Ella se revolvió  y se separó de él lo que permitía el colchón.

— Me duele la cabeza. Como si tuviera resaca— dijo Carlota acordándose del champán.

Denisa abrazó a sus padres. Por sus ojos rebosaban  lágrimas que terminaron por contagiar a su madre  y  sus seis hermanos.  Sólo su padre conseguía mantenerlos secos aunque como el resto de la familia  con el corazón estrujado.  Repetía una y otra vez que aquello era una buena noticia. Aunque tuviera que marcharse  lejos de allí,  a Tamil Nadu,  tendría trabajo, alojamiento, comida y un modesto salario. Según las cuentas del padre en unos  años  Denisa podría ahorrar el dinero suficiente con el que hacer una buena dote y  poder casarla.  Una mujer sin dote y de una casta inferior tenía en la India el mismo valor que un perro vagabundo.  Los ojos grandes y oscuros de la guapa Denisa brillaban como carbones reflejando luz.  Había aprendido a leer y escribir, también matemáticas y otras asignaturas gracias a la escuela que habían construido en el pueblo con la ayuda de   voluntarios de una ONG. Uno de aquellos jóvenes blancos, el que les enseñaba inglés les decía —sobre todo a las chicas— que tenían que aprender a decidir por ellas. A Denisa le gustaba la escuela por eso no entendía porque abandonarla pero si su padre había decidido eso  por algo sería.    Cogió su  equipaje y  subió al desvencijado autobús amarillo  que entre colinas anaranjadas y terrosas iba dejando el pueblo en el que vivió su  nada lejana infancia. Apenas tenía catorce años. Se sentó colocando su maleta rota entre sus piernas  junto a las otras chicas que como ella también partían a la empresa textil. El viaje duraría unas doce horas y con muchas paradas. Unas porque  cruzaban vacas los caminos  obligando a detenerse al autobús e incluso  a bajarse el conductor para apartarlas  y otras para bajar y subir pasajeros (algunos acompañados de animales tan famélicos y con las costillas tan pegadas al hueso como sus propietarios),  pero de algún modo, Denisa,  a medida que el  autobús devoraba kilómetros  presentía  peligro y aunque  intentaba ignorarlo refugiándose en las conversaciones con sus amigas el miedo le iba apretando cada vez más el corazón. Diez horas después, apenas se oscureció el cielo el autobús se detuvo. El conductor les dijo  escuetamente que pararían   media hora.  Denisa al bajar por las escalerillas sintió una bofetada de aire cálido y húmedo y se dobló por el  mareo.  A su  alrededor  se encontraron con tan sólo una casucha que amenazaba derrumbarse con solo mirarla. Era  extraño  una parada en un lugar así. El conductor  les dijo que iba a hacer algo,  que volvería en un rato y  — en tono autoritario añadió—:que no se movieran de allí.

 Las únicas pasajeras que seguían el viaje eran las nueve muchachas que como Denisa,  iban a Tamil Nadu.  Algunas de ellas rebuscaban en su equipaje algo de comida que pudieran  quedarles, cuando de repente, de aquella casucha  abandonada salieron varios hombres. La noche había caído ya y con su manto oscuro y denso no dejaba distinguir  bien las siluetas  —tampoco las   intenciones— de quienes se aproximaban. Cuando estuvieron  frente a ellas, sintieron algo más que miedo. Se acordaron de sus padres, de sus hermanos, de porqué tenían que ser las cosas así. Aquellos hombres  empezaron a reírse. Parecían una jauría de hienas. A las risas les seguían gritos y silbidos.  Ellas  se sentían como  objetos exhibidos en un improvisado tenderete de marcadillo.  Retrocedieron algunos pasos  apretujándose contra el autobús. Las piernas les temblaban y los dientes castañeaban y tras unos horrendos segundos el más joven  de aquellos hombres se abalanzó sobre una de las chicas  y empezó a manosearla. A continuación otro  siguió  al anterior y  rasgó la blusa de otra muchacha y  como en una reacción en cadena, un tercero tiró  del brazo a la   que tenía más cerca   arrastrándola por el suelo.  Denisa pálida  vio con horror cómo una cara mugrienta, con ojos fieros, boca desdentada y  barba blanca le apareció    a menos de un palmo. Sin pensarlo le dio una patada todo lo fuerte que pudo en la entrepierna. El chillido fue tan agudo  que aun varios minutos después de salir huyendo todavía lo seguía oyendo  distinguiéndose nítidamente del resto de los  gritos que daban   sus  compañeras. No miró más atrás  y siguió corriendo. Cuando creyó que se alejó lo suficiente  se escondió. Al alba después de caminar errante llegó a un poblado y  a  explicó lo sucedido. Las autoridades sin mucho afán le dijeron que no tenían constancia de nada pero que no obstante se dirigirían al lugar a investigar. Denisa se ofreció para acompañarles   y el oficial de policía de manera grosera declinó la colaboración. Toda la ayuda recibida fue dejarla por donde pasaba el autobús. Quería regresar a casa pero el primer autobús  que apareció   llevaba  dirección  a Tamil Nadu lo que consideró una señal divina,  se armó de valor y rascó entre su bolsillo las pocas rupias que su padre pudo darle para el viaje y compró el billete.  Horas después llegó por fin a su destino. Cuando bajó del autobús no había nadie esperándola. El último bocado que probó fue el día anterior. Se sentó a escuchar los rugidos de su estómago  en un murete de piedras y esperó, acompañada de moscas y con calor húmedo sofocante alguien que le acercara a  las instalaciones textiles. Cuando el sol avanzó un buen trecho sobre el horizonte apareció una furgoneta blanca muy sucia que se detuvo al pasar por su lado. El copiloto bajó la ventanilla y sacándole una mano le indicó que   subiera. Denisa observó  que en la parte trasera había más chicas y eso le tranquilizó. Supuso que como ella irían a la fábrica.  Tras media hora de viaje llegaron. La fábrica estaba dividida en dos pabellones. Uno, el más grande,  era para los talleres  y el otro bastante más destartalado era  para  viviendas.   Un encargado desgreñado, añoso y gibado les  fue mostrando las instalaciones. Durante el recorrido no quitaba el ojo a Denisa que desmoralizada por lo que veía se hacía la distraída pero sabiendo muy bien pesar de su corta edad   qué tipo de interés podía estar despertándole.  Cuando aquel hombre asignó las habitaciones   a Denisa le tocó una  de la grandes  (dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho). Tuvo suerte  porque  era de las pocas que tenía un pequeño ventanuco  y era individual,  no tendría que compartirla con nadie. Ninguna habitación  tenía baño.  El aseo, con  un espejo roto, un lavabo partido y  un retrete casi negro y sin ducha  era comunitario.  Denisa sintió una fuerte punzada en el estómago y pidió descansar algo  a lo que  el encargado respondió con una estruendosa carcajada enseñando una  dentadura ennegrecida e incompleta.  Le explicó  que los turnos eran de ocho de la mañana a ocho de la tarde, menos los domingos que terminaban a las tres. No podían abandonar el recinto sin permiso y nunca ir solas.  A las ocho y media  se serviría la comida que descontarían junto con la habitación del  sueldo y  durante el trabajo anotaría incidencias si no rendían lo estipulado  quitándole por cada una de esas incidencias el sueldo  equivalente a una hora de trabajo. El encargado esbozando una sonrisa como feliz por haberles roto alguna pequeña esperanza que aún pudieran albergar  aquellas  pobres muchachas  dio una sonora palmada que las sobresaltó  y  las condujo  al taller para comenzar a trabajar.

Carlota asistía a  la reunión presidida por su jefe y los máximo accionistas de la empresa  en torno  a la gran mesa ovalada de nogal de aquel despacho de maravillosas vistas.  Las vidrieras filtraban los rayos rojizos del atardecer que se concentraban en el suelo enmoquetado dando una sensación de paz totalmente opuesta a la preocupación que se mascaba entre los ejecutivos asistentes.

—La mejor solución para la Compañía es que  Carlota  desmienta punto por punto  esa patraña de mentiras  recogidas en ese informe de la ONG —dijo uno de los accionistas mientras el resto asentía—. Si lo hace y resulta bien —precisó— el puesto será suyo.

— Lo mejor será visitar las instalaciones en la India —replicó Carlota pensando en el  despacho contiguo que tanto anhelaba—  pero ¿y si resulta que son fundadas esas acusaciones?—preguntó  lanzando la cuestión como un dardo al aire en busca de diana.

—Importa un rábano que sean o no verdad —intervino el jefe de Carlota  llevándose la mano a su melena engominada— .  Debes hacer   el informe. Desmentirlo y punto.

Denisa al recibir su salario la primera quincena entendió que a los cálculos hechos por su padre para conseguir la dote habría que sumarle  más años. Y también entendió  por qué le tocó una habitación individual.  El encargado intentaba entrar  por las noches. Hasta ahora había logrado evitarlo pero no sabría cuanto tiempo podría mantenerlo a raya. Empezaba a amenazarla con descontarle sueldo.   No podía entender que todo aquello fuera para que su padre pudiera casarla. <<Cuántas veces le había dicho su padre que era la reina que más quería>> pensaba Denisa   aturdida.

 Días después Carlota tomaba un vuelo rumbo a Nueva Delhi.  Allí un chófer de la compañía  la llevaría a las instalaciones textiles. En las ocho horas que duró el vuelo,  tuvo tiempo de  repasar  el informe  que había causado tanto revuelo y otros posteriores. Le costaba creer  que algo así descrito sobre las condiciones laborales fueran siquiera parecidas a la realidad,  pero al mismo tiempo un pálpito en su corazón le hacía pensar que probablemente no fueran mentira. En el aeropuerto le esperaban dos hombres elegantemente vestidos. De tez muy morena. Uno de ellos con turbante.  Hablaban un inglés exquisito y fueron muy amables con ella todo el tiempo. La quisieron llevar al hotel pero ella con determinación insistió en acudir al taller textil cuanto antes. Los dos hombres se miraron sorprendidos y tras dudar unos instantes accedieron a su deseo. Durante el trayecto el hombre del turbante no dejó de hacer llamadas en lengua hindi   visiblemente nervioso.  Cuando Carlota llegó a la fábrica ya le esperaba   el encargado giboso  repeinado y bastante más limpio y aseado de lo que solía ser habitual en él cuando recibía a  la gente. Se inclinó reverencialmente ante Carlota  y con gesticulaciones  aparatosas le enseñó las instalaciones. Dentro del taller una larga fila de más de un centenar de jóvenes (a las que habían hecho duchar con mangueras en los patios exteriores) aguardaban de pie y nada más ver a la visitante inclinaron la cabeza  sonriendo. Denisa, a la señal de una palmada del encargado, se acercó a Carlota y le hizo entrega de un suéter rojo de pico con tejido de cachemira. Un presente por el honor de su visita —le indicó el hombre del turbante—. Después la condujeron  a otras dependencias y les mostraron unos contratos laborales que aquellas jóvenes, efectivamente, habían firmado. El  hombre del turbante señalaba    insistentemente el apartado que hacía referencia a la jornada laboral <<Eigth hours workday. Saturday and Sunday no working day>>—repetía.   Carlota asintió y preguntó que había en el otro edificio. Le dijeron que estaba  abandonado, lo cual viendo el deplorable estado en el que se encontraba quiso dar por cierto.

  Nada más poner el pie en Madrid  llamó el jefe.  Le tranquilizó diciendo que tenía  el informe  que desmentiría las  acusaciones sobre esclavitud laboral. En la terminal de llegadas  le esperaba  Jorge. Una hora después  Jorge  fue pasándole sus prendas,  para que  se vistiese y al darle el suéter de cachemira  se fijó en la etiqueta. Tenía escritas a bolígrafo unas palabras en inglés.

Carlota desde su nuevo  despacho de anheladas   vistas nunca podría olvidar los ojos negros de Denisa y aquellas palabras que le escribió: << Help,   this is hell on the Earth.  We are slaves>>

Juan Manuel Chica Cruz