EL DUENDE

I.- Un duende en clase

            Era incapaz de unir las diferentes partes que componían un coche de juguete, las ruedas, la carrocería, la planta… Era incapaz de unir las diferentes partes de un todo con el fin de crear un objeto mayor, distinto, como un juguete o un rompecabezas. Por lo demás era igual que nosotros en todo, o en casi todo, porque él era un duende.

            Conforme pasábamos de curso, las diferencias comenzaron a hacerse evidentes. Nos dijeron que tenía una enfermedad en el corazón y a todos nos sorprendió, pues sabíamos por los cuentos y las pelis que los duendes eran más fuertes, ágiles y hermosos que nosotros, los humanos. Por eso, también nos llamaba la atención su torpeza al subir y al bajar las escaleras del tobogán; aunque nunca se quejaba, siempre tenía una sonrisa y una frase de ánimo cuando quién se dañaba era alguno de nosotros, por eso seguíamos convencidos de que era un duende.

            Él siempre estaba ahí para ayudarnos. Un día los padres de Fran discutieron y la madre tuvo que llamar a la policía y ella quedó ingresada en el hospital y Fran no dejaba de llorar en clase y la seño no dejaba de intentar consolarlo en vano y entonces, el Duende se levantó de su silla y recorrió el aula envuelto en un halo luminoso y al llegar a la altura de Fran, lo puso en pie y le abrazó con tanta ternura que el chico dejó de llorar y quedó bajo un hechizo de beatitud, aferrado al Duende. Todos fuimos testigos de aquel milagro, Fran se calmó y la seño lloró entonces.

            Éramos tan niños que sólo pensábamos en jugar y en divertirnos aunque, poco a poco, fuimos pasando cursos escolares y con ellos la frontera que separa la educación infantil de la primaria, asumiendo siempre que en clase había un duende con nosotros y que los duendes, en realidad, no eran como nos los habían descrito en los cuentos. Si bien, tenían orejas puntiagudas y grandes ojos rasgados, no eran tan altos como creyéramos, ni sus movimientos tan ágiles y ligeros, ni tan diestros en la magia como nos contaran, ni su fuerza ni su inteligencia tan superiores como las nuestras, aunque si que estaba dotado con los dones de la lealtad y la gratitud. Por lo que concluimos que los duendes eran más torpes de lo esperado, se caían cuando corrían, no sabían sumar ni multiplicar tan rápido como nosotros, pero eran personas honestas, alegres y felices. Así las cosas, esta última conclusión se nos vino un poco abajo en tercero de primaria, cuando el Duende se levantó bruscamente de su asiento un día que todos hacíamos deberes, arrancó su hoja del libro de actividades y comenzó a romperla en mil pedazos al tiempo que gritaba y lloraba con fiereza. Tuvo que venir la orientadora del colegio a calmarlo y lo llevó fuera, quizá a su despacho.  Allí lo sometió probablemente a algún conjuro porque Manolín, que así se llamaba el Duende, a la media hora regresó tranquilo y esgrimiendo su sonrisa habitual.

            Descubrimos, en aquella época, que el Duende no hacía las mismas tareas escolares que nosotros; no había aprendido ni a leer ni a escribir tan bien como nosotros, no terminaba de colorear ni de hacer cuentas como nosotros. También supimos un día que vino la psicóloga a darnos una charla sobre Manolín, ese día había faltado a clase, que nuestro Duende sólo era un niño diferente, con cierta discapacidad. Fue como cuando nos enteramos que los Reyes Magos no existían, que los regalos los colocaban durante la noche nuestros padres, o que el Ratoncito Pérez no se llevaba nuestros dientes. Pero, de igual manera que cuando supimos estas dos verdades, nos resistimos a creer, durante un largo periodo de tiempo, que Manolín no era un duende.

            La psicóloga nos habló con palabras de mayores que para muchos de nosotros sonaron a chino. Manolín padecía una enfermedad desde que nació, un síndrome (¿Qué es eso?, nos preguntábamos mientras hablaba solemne la señora) y que por ello aprendía más lentamente que los demás, que le costaba más trabajo entender las cosas y que, a partir de este momento, su mente dejaría de crecer, seguiría siendo un niño pequeño aunque viéramos que su cuerpo sí lo hacía, que siempre seguiría siendo un niño de ocho años con un cuerpo de mayor , aunque sus alegrías y sus tristezas sí serían idénticas a las nuestras; en definitiva, que no era un duende.

            Tras el desencanto inicial, esta bien intencionada información de la psicóloga, abrió la veda de la mofa. Comenzó a extenderse entre nosotros el rumor de que Manolín no era un duende, si no que Manolín lo que era es tonto. Luego, aparecía él y todos volvíamos a creer que la psicóloga nos había engañado, que Manolín era en verdad un duende, como lo reafirmaban el alargamiento de sus facciones, su caballete nasal bajo, la acrecentada distancia entre su nariz y su boca, sus orejas puntiagudas y sus alargados ojos rasgados. Es como Légolas, decían algunas niñas, las menos mal intencionadas.

            Lo cierto es que todos seguimos llamándole el Duende y como él se prestaba a toda clase de juegos con nosotros, comenzó a ser objeto de chanzas y de burlas. Cuando cursos más tarde, la orientadora volvió a hablar con nosotros de forma también solemne sobre un asunto que ella denominó bulling, fuimos conscientes de que no lo estábamos haciendo bien con él. Pero, como Manolín seguía sin quejarse, tampoco hicimos nada por cambiar las cosas. Le quitábamos los deliciosos bocadillos que, con tanto amor, le preparaba su madre, jugábamos con su consola mientras le dejábamos una táblet vieja que sólo emitía sonidos. Y todos nos aprovechábamos de él porque sabíamos que Manolín nunca se iba a quejar ni a denunciarnos. También en clase de Educación Física solíamos actuar de manera cruel con él: Mientras corríamos, alguno de nosotros le ponía la zancadilla, o le quitábamos la ropa de la mochila en el vestuario y le obligábamos a salir al pabellón en calzoncillo, provocando las risas malévolas de las chicas.

            Conforme crecíamos y avanzábamos hasta llegar al sexto curso de primaria, las bromas de mal gusto iban siendo cada vez más despreciables y el Duende se había convertido en el hazmerreír de todas y de todos y ninguno y ninguna parecíamos compadecernos de ello pues él, Manolín, se reía con todos, por muy vejatoria que fuera la broma a la que lo estuviéramos sometiendo.

II.-Un duende en la pandilla

            La mayoría habíamos cumplido los doce años. Éramos siete, contando al Duende, quedábamos para estudiar, para jugar en la calle, para ir al río a tirar piedras o para explorar los olivares que circundaban nuestro pueblo mientras alguno contaba inventadas historias de terror relacionadas con el entorno que frecuentábamos. Éramos la pandilla.

            Había tres niñas, tres chicos y el Duende. Le seguíamos llamando así, aunque todos sabíamos ya que no lo era. Las bromas ahora habían adquirido un tono más relacionado con las destrezas físicas y su competitividad, para impresionar a las chicas, aún sabiendo que ellas eran en clase más listas que nosotros y más valientes en el campo, pero la vanidad varonil nos impedía verlo entonces o reconocerlo. También hicieron acto de presencia los chistes verdes y con ellos las bromas sexuales. ¿Cómo la tendría el Duende? ¿Les gustaba más el Duende a las chicas que alguno de nosotros? Las niñas no se burlaban tanto de él, aunque a veces podían ser más crueles. ¿Quieres verme las braguitas Manolín? Mira, toca aquí Duende, que me ha salido un bultito. Y le llevaban la mano al incipiente pecho de púber engreída. Eso nos excitaba y, en el fondo, envidiábamos a Manolín porque, a pesar de ser más tonto que nosotros, era el único que tenía acceso a tocar a alguna de las chicas.

            Fran era el líder de la panada y estaba prendado de Marta, la muchacha más exuberante de clase porque ya había desarrollado. A todos nos gustaba Marta y sus, por días, crecientes pechos. Era ella, junto a Fran, quienes con más sarcasmo trataban a Manolín con bromas que, conforme crecíamos, se hacían más maliciosas y despiadadas. Un día Marta quedó con el Duende a solas, prometiéndole que le daría un beso con lengua si le traía uno de esos deliciosos bocadillos que la madre de Manolín solía preparar. Nos pareció que la inocentada podría dar mucho juego, así que todos participamos en la misma.

            Cuando llegara Manolín a la vieja estación de tren abandonada, dónde habíamos quedado, Marta le vendaría los ojos después de que aquél le diera el tan ansiado bocadillo y, cuando el Duende abriese la boca para besarla, ella le ofrecería un montoncito de excrementos de cabra o de oveja que los demás deberíamos haber recogido de los alrededores con tal fin. Y así fue como ocurrió y el Duende, en lugar de enfadarse o de protestar, o de sufrir uno de sus ataques de ira incontrolada, o de huir, con la venda a medio quitar de sus ojos, esgrimiendo una sonrisa sincera y con la boca llena de mierda, exclamó: ¡Qué dulce beso Marta! Y las risas pudieron escucharse más allá del pueblo.

            A mí me emparejaron con Raquel, una niña rubia y esbelta, la más callada del grupo, la que más compasión parecía mostrar hacia Manolín, pues nunca se burlaba de él y cuando lo hacíamos los demás, solía fundirnos con su silencio. En el fondo yo me sentía algo celoso, pues pensaba que Raquel estaba más por el Duende que por mí. Por último, componían la pandilla El Fulgen y Marita. Tal para cual, dos seres grandullones con bastantes más kilos de la cuenta y cuyas aficiones comunes eran, además de comer chuches, reírse de las ingeniosas bromas de Marta y de Fran, en particular, aquellas que iban dirigidas al Duende. Sin duda, cualquiera de los dos habría sido el perfecto objeto de las chanzas de mal gusto que nos encantaba practicar con Manolín, de no haber existido éste, porque daban el perfil bobalicón adecuado a tal fin.

III. La metamorfosis del duende

            Fue una calurosa tarde de primavera. Fuimos al Olivar Viejo, un lugar bastante alejado del pueblo donde se nos tenía prohibido ir por el peligro que engendraba, tanto por la distancia como por las numerosas balsas de alpechín que allí había.

            Salimos con sigilo de nuestras casas. Estuvimos esperando más de una hora hasta que dejaron bajar al Duende. La verdad es que, a pesar de las burlas y del maltrato al que lo sometíamos, se había convertido en compañero inseparable, figura indispensable en la pandilla; no dábamos paso sin él.

            Llegamos al Olivar Viejo bastante cansados cuando atardecía; calculamos erróneamente la distancia. Tumbados bajo enormes olivos, comprendimos el porqué del nombre del lugar. Retorcidos troncos centenarios dibujaban figuras caprichosas y enigmáticas. Fue Marta quién sugirió que esas extrañas formas se asemejaban a rostros de brujas y de duendes, de hadas y de elfos. Entonces, este es el lugar de procedencia de Manolín, alguien argumentó. Pues vamos a explorarlo, dijo Fran al tiempo que se levantaba con brío, y le seguimos todos. Llévanos a tu palacio Manolín. Éste reía y reía. ¡Oh!, la piscina de los duendes, sugirió Marta no sin ironía. ¿Quién se da un baño? Todos, sugirió Fran. Venga, que hace calor, todos a quitarse la ropa. Tú estás loco Fran si piensas que nos vamos a desnudar delante de vosotros, además, esto está asqueroso, le respondió la chica señalando la charca. Esto no es una broma. Sois unas cobardes, nosotros nos vamos a dar un baño, respondió Fran con energía. Venga chicos, enseñémosles a las niñas lo valientes que somos.

            Los muchachos, excepto el Duende, acabamos desnudos de cintura para arriba. Las chicas no paraban de reír. Manolín también, Manolín también, decían las tres carcajeándose. En un arrebato de inconsciencia, Fran se lanzó sobre Marta, la zarandeó jugueteando con ella, obligándola a acercarse demasiado a la profunda fosa repleta de alpechín. Y vosotras qué, y vosotras qué, venga chicos, cada uno con una, al agua. Estate quieto, no seas tonto Fran, por favor, me haces daño, le replicaba Marta muy enfadada. Pero Fran no escuchaba, inmerso como estaba en el delirio del juego, en la voluptuosidad del momento, cogiendo por los brazos a Marta, rozando furtivamente su pecho, el joven dio un tras pies y ella se le escurrió de las manos como si de una trucha húmeda se tratara, cayendo de lleno en mitad de la improvisada piscina de aguas oscuras y profundas.

            Sacadme de aquí, sacadme de aquí, me hundo, no puedo nadar, me hundo, esto es muy pesado, no es agua, parece alquitrán, me hundo, gritaba Marta mientras todos quedamos horrorizados y paralizados por el miedo, sin poder hacer nada por salvarla. Las otras chicas gritaban pidiendo auxilio inútilmente al vacío del olivar. De repente oímos hablar a Manolín: Quitaos las correas, quitaos las correas. Así lo hicimos Fran, El Fulgen y yo. Vimos atónitos como el Duende unía los cinturones unos con otros. Después se los fijó al suyo y nos ordenó que sujetáramos con firmeza; iba a bajar a por la chica y así lo hizo. Sin temor alguno, saltó a la balsa de alpechín, cogió con una fuerza, que nos pareció sobre humana, a Marta y la elevó hasta qué las otras chicas pudieron asirla por las muñecas. Todo fue demasiado precipitado, con los nervios por el accidente y con la euforia por ver resurgir de las aguas a Marta como una hermosa Venus negra, a penas si nos dimos cuenta como mi cinturón se separaba del de Fran y como el Duende se hundía sin tan siquiera ofrecer resistencia en aquella infecta oquedad espesa. Gritamos, intentamos cogerle por las manos, fuimos en busca de alguna rama, chillamos. Todo resultó inútil, demasiado escurridizas las paredes de la balsa.

            Fran corrió y corrió hasta el pueblo.  Cuando llegó con el sargento de la guardia civil, estábamos desolados y sólo acertamos a escuchar las parcas palabras del agente. Llamaré a los buzos de Granada. Mañana le sacaremos. Pobre chaval. Cómo le van a llorar sus padres.

  1. Epílogo

            Han pasado muchos años, pero nunca hemos olvidado al Duende ni su gesto heroico. Aún así, muy pocas veces hablamos del asunto. Estoy seguro que cada uno de nosotros se ha arrepentido demasiadas veces del trato dado, de cómo nos aprovechábamos de él, de cómo le gastábamos esas bromas de tan mal gusto. Pero casi nunca hemos vuelto a referirlo. Fran creció antes de la cuenta y se marchó pronto, apenas si sabemos algo de él. De vez en cuando, nuestros padres que siguen viviendo en el pueblo, nos cuentan que se echó a la mala vida, que se dedicó al asunto de las drogas y que ha pasado algún tiempo en la cárcel. El Fulgen estudió para abogado y ahora tiene un bufete en la capital. Nos vemos en el pueblo en fiestas, tomamos unas cervezas y nunca hablamos de los viejos tiempos. No se casó con Marita, es gay y vive feliz con un chico. Raquel se marchó a Alemania de Erasmus, se enamoró de un hugonote alto y rubio como ella y, al poco, se fue a vivir con él a Dusseldorf. Es azafata. Marita es la única que sigue viviendo en el pueblo. Se casó con un chaval muy ahorrador y trabajador. Ya tienen tres niñas y mil olivos.

            Marta y yo vivimos juntos, sí, conseguí a la chica que había desarrollado antes y perdonen mi vanidad machista. Vivimos en Madrid, yo soy ingeniero mecánico en una empresa de ascensores y ella es gerente en una financiera, es economista. Aunque tampoco hablamos de Manolín, su recuerdo agridulce siempre nos acompaña.

            En todo este tiempo, jamás me he planteado la posibilidad de volver a reencontrarme con el Duende. Pero, hoy me ha invadido el miedo, las palabras de Marta, justo antes de entrar al paritorio, me han hecho caer en la cuenta de la posibilidad de que nuestro futuro hijo  pudiera ser un duende.

JUAN FRANCISCO RODRÍGUEZ MARTÍNEZ