BOMBÓN

Creo que uno no sabe lo suficiente de soledad y desamparo hasta que trabaja, pongamos dos años, en el turno de noche de urgencias de cualquier hospital. Si la ciudad en que se encuentra es pequeña y envejecida, uno puede alcanzar, en tan corto plazo, un grado superior de sapiencia en desolación y abandono. Landázuri era uno de esos hospitales. Cada tarde, una hora antes de que empezara el turno, trataba de relajarme mirando los cielos de Pamplona, mientras preparaba la cena para Ovidi. Luego tomaba la autovía en dirección a Estella, y solía acelerar en esa parte umbrosa de abetales negros, que era como una antesala de silencio, una galería huérfana de estrellas, antes de alcanzar el puesto de peaje. Me esperaba siempre un hombre mayor, torvo y desabrido, que nunca devolvió mis buenas noches. En parte lo entendía. ¿No era aquel el trabajo más triste de este mundo? Encerrado en su garita de metal, debía deshojar una a una las horas de la noche, lidiando a partes iguales con el aislamiento y el sueño, en aquel lugar oscuro, iluminado apenas, en medio de la cerrazón del bosque. Una de aquellas noches, tras depositar las monedas en la ventanilla, comprobé que ya no estaba. En su lugar encontré tu rostro menudo, algo anguloso, solo alumbrado por la mortecina lamparilla. Creo que me deseaste buen viaje y aquello me asombró de tal manera que levanté los ojos hacia ti y te miré un instante. Un segundo, tal vez, interrumpido por los cláxones de atrás, que removieron ese hilo de araña apenas tejido entre nosotros. A la noche siguiente me atreví a preguntarte: «¿Qué le pasó al señor mayor?». Intuí una sonrisa. «Enfermó», casi susurraste. Yo te seguía mirando, insatisfecha por tanta parquedad. «¿No lo oíste, el síndrome de la cabina?». Me sonó a chiste y te chasqué la lengua, en un vago gesto de incredulidad. «No bromeo», dijiste, algo más alto y algo más serio, cuando la barrera se alzaba y yo reanudaba la marcha, para continuar. «Ya, y tú, ¿te has inmunizado contra ese mal?». Seguías sonriendo, pero algo más sombrío. «Después de ciertos infiernos, no cualquier demonio te quema», recitaste.

    Aprendí ciertas rutinas para alargar cada día nuestro fugaz encuentro. Si apuraba, como había hecho siempre, coincidiría con todos los del turno, que exprimían hasta el último minuto de libertad, impelidos por la desgana. En cambio, si me adelantaba demasiado no te encontraría, pues tu relevo tenía lugar entre las siete y media y las ocho menos veinticinco. Descubrí que había una tregua, una especie de interludio entre turnos, en el que a menudo alcanzábamos a intercambiar unas palabras sin ser amenizados por ningún pitido ni exabrupto. Ni siquiera nos preguntamos nuestros nombres. Un «¿cómo estás?» o un «buena noche» nos parecían, al principio, más irrenunciables. Luego empezamos a mercadear con lo que valían nuestros secretos. «Vos sos galena, lo llevás escrito», me dijiste, al poco. «No me digas, ¿cómo lo has sabido? Tú tienes que ser rioplatense, también lo llevas puesto», ironicé. «Está equivocada entonces la etiqueta —repusiste—. Creo que no adivinarías en mil años». «No debe andar muy lejos», respondí, la obertura de cláxones en crescendo andante tras nuestras orejas. «De donde yo soy no conocen las pamelas ni las gafas de esmalte, y a los niños chiquitos que no corren se los meriendan los yacarés».

    «Le gusta hacerse el interesante», anoté en un folio arrugado, aquella noche. Todos somos, alguna vez, un poco histriones, me entretenía en pensar, y recordaba en cuántas ocasiones debíamos acudir, en plena madrugada, a algún pueblo apartado, a un caserío, en el que un anciano, menguado como un sarmiento, nos recibía con una especie de júbilo suplicante. Su vida, como el largo pabilo de un velón, no se extinguía aún. Su pulso era tranquilo, sus constantes correctas, tan solo tiritaba de soledad. Lo peor era el irse, marcharnos, abandonarlo en su pozo. Demorábamos lo indecible aquel momento. Pero al final debíamos dejarlo allí, rodeado de una cohorte de seres que no estaban, entre los susurros de palabras que no se pronunciaban, entregado a una vigilia eterna, completamente anegada de horas sin sentido.

    Al día siguiente tuve un sueño. Soñé que un grupo de niños, medio desnudos, se bañaba en un turbio lago, en el que merodeaban caimanes. Yo sentía con los pies de aquellos niños y sabía que, en cualquier momento, una dentellada podía cercenar mi pequeña extremidad. Entonces, como de costumbre, Ovidi vino a rescatarme de mis pesadillas, merodeando por debajo de las sábanas y por encima de mi cuerpo. Por la tarde encontré una inusitada cola en el peaje. Supuse que apenas podríamos hablar. En su lugar me deslizaste una nota manuscrita, junto al cambio. «No lo adivinarías, porque no soy de Buenos Aires, ni de Montevideo, y no vi una calle asfaltada hasta que hice la primera comunión. Nací en un lugar cualquiera, sin nombre, junto a las ruinas de una reducción jesuítica, en la que los niños jugaban con una pelota hecha con hojas de rafia apretadas con una cuerda. Tú tienes pinta de haber tomado sopa en vajillas de porcelana y tener un cuarto lleno de muñecas en casa de papá».

    «Le gusta hacerse el interesante», volví a escribir en un folio arrugado. ¿Quién no lo hace, de vez en cuanto?, pensé. ¿Quién no clama atención? Y recordaba aquellas llamadas de los suicidas, en las madrugadas de los días de fiesta, o en la Navidad. «Quiero acabar con todo, ya no soporto más. He tomado pastillas». «¿Cuántas ha tomado?». «¿Podrían llamar a mi mujer? Querría que la llamaran. Querría que supiera…». «¿Qué pastillas ha tomado, y cuántas?».  «Zolpidem, dos o tres pastillas. ¿Podrían llamarla? A mi ex, yo mismo puedo darles el teléfono. Tendrían que llamar a mi mujer». Pero aquellas voces, aquellas palabras casi infantiles, ¿no eran acaso, simple y llanamente, un penoso grito de auxilio?

    «¿En qué porcentaje somos lo que decimos ser?», escribí al día siguiente en mi Moleskine. «¿En qué medida es nuestra vida una representación? ¿Por qué actuamos a veces, incluso, para nosotros mismos? Quien quiera entender que entienda que aborrezco la sofisticación y sus variadas formas, y me interesa solo lo verdadero, incluso cuando es mentira». Arranqué la hoja y aquella tarde te la dejé, junto a las monedas, en la ventanilla.

    Hay dos cosas a las que no me acostumbro: el dolor de los niños y los accidentes de moto. No me acostumbro a sus miradas implorantes, cuando un sufrimiento más grande que ellos les clava indiferente sus uñas y apenas encuentran un pasajero alivio en el Tramadol. No me acostumbro, tampoco, a tener que cortar los pantalones con unas tijeras y encontrar esas heridas que desgranan rodillas, la sección roja y longitudinal de un muslo que una señal de tráfico saja en la blanda carne inmaculada. Nadie lo imaginaría. A veces me envuelvo en mi caparazón, atrofio mi empatía. Otras claudico. Lo hago en forma de infección, que me mantiene en casa, dos, tres días, preguntándome, yo también, por qué elegí lo que no soy.

    La fiebre me daba pesadillas. Te hacía rodeado de peligros, tan vulnerable. Hasta encontré un teléfono en la guía. Llamé y para mi sorpresa respondiste. Colgué enseguida, al oír tu voz, tan indescifrable, en la que quise entrever un asomo de desconcierto, de miedo, qué se yo. Pero, ¿qué hubiera dicho? «¿Estás bien? ¿Tienes frío? ¿Hambre? ¿Hay algo que te preocupa? ¿Qué es lo que no va bien? Porque es evidente que algo ocurre». Sin embargo, cuando días después volví, te encontré diferente, esquivo, como si aquellos días solo hubieran servido para alejarnos. Me sentí tan ridícula en el hospital. Tuve ganas de huir. ¿No podía, yo también, llamar a algún sitio para anunciar que me rendía? Muy de madrugada llegó un paciente con lo que parecía una crisis de ansiedad. Solo más tarde supe que eras tú. Te había visto sobre la camilla, como alumbrado por un relámpago, por el pasillo, el bello rostro lívido y las pupilas dilatadas. Me perturbó esa lindeza de tu piel, casi femenina. Entonces ocurrió. El cuadro de shock exigía hacerte algunas pruebas, pero estabas consciente, y después de administrarte unos tranquilizantes, el adjunto te pidió que te desnudaras. «De arriba al menos. Camisa y camiseta». Cuando volvimos te habías ido. En tres, cuatro minutos, te habías esfumado del hospital.

    Al día siguiente volví a encontrar al viejo huraño que creía amortizado. No habíamos cruzado nunca dos palabras, pero no por ello me arrugué. «¿Qué le ha pasado al chico? ¿Dónde está?». Pareció perplejo por que alguien lo distinguiera del paisaje. Al principio soltó un bufido. «Diga», le apremié. «¿Es que no sabes? Se jodió. El síndrome de la cabina». Lo miré como a quien recita un ensalmo. Conduje perpleja. ¿Qué era aquello, una hermandad de desquiciados? Lo mejor era olvidar todo, traté de convencerme. Deseaba turnos extenuantes que me hicieran dormir días enteros. Pero fueron noches tranquilas: sin abuelos solitarios, ni suicidas divorciados, ni niños atormentados, ni motoristas descarnados. Noches tan largas que, en una de ellas, transgredí el código deontológico y me sorprendí mirando tu historial. Una dirección, un nombre, es todo lo que necesitaba.

    Acuña Lago, Trinidad. Ese era el nombre del paciente atendido aquella noche y que según admisión «salió tranquilo, por su pie, aunque tambaleante». «Se llamaba Trinidad», dije en el café. «Título de peli mala», se mofaron. «No estoy de chufla. Trinidad, ¿eso no es nombre de mujer?». «Vete a saber. Estos latinos gastan nombres bien raros». Estaba desconcertada. Entendía menos cada vez. Al cabo de unos días me presenté en la dirección que el historial me dijo, en Mendillorri. Uno de esos bloques viejos, de colorines, con una panadería en los bajos y las terrazas llenas de tendederos. Me abrió un chico de tez cobriza, «chaparrito», como él mismo habría dicho. Le dije a quién buscaba, pero el nombre no parecía aclararle demasiado. Al describirlo, sin embargo, sus ojos se avivaron. «Ah, tú buscas a Bombón». Mi desconcierto iba en aumento, pero parecía apuntar en la buena dirección. «Sí, Bombón. Es que en realidad no sé cómo se llama. Yo sé que es medio guaraní, y vive con nosotros desde hará tres semanas. Por aquí desfila mucha gente. Algunos como entran se van. Pagan un mes, se largan, ya tú sabes». Pero yo no sabía. Le pregunté por él. ¿Qué más podía decirme? «Poco sé, te juro. Le decimos Bombón porque es como muy fino para ser hombre, y como muy duro para ser mujer, pero la verdad, no preguntamos, y tampoco para mucho por aquí. Pero si vos sos novia, algo nos aclaras. Sí nos contó un día que trabaja en el peaje, que entró cubriendo una baja y no sabía cuánto iba a durar. Pero que allí dan bajas a menudo, por lo que confiaba en aguantar el puesto».

    Te esperé varias horas, pero no volviste. De algún modo, debiste averiguar que estaba revoloteando por allí. Con las piezas sueltas de tu puzle iba armando mapas de tu borroso mundo. Creía desentrañar algo a veces, otras me perdía. Volví a mi rutina, a mis equivocados biorritmos. Terminé por perder mis buenos modales. Era yo ahora la que no saludaba al hombre de la cabina. No parecía notar la diferencia. Uno de esos seres absurdos arrastrados por la existencia, pensaba cada día, mientras le entregaba el importe exacto para no demorar ni un segundo nuestro cara a cara. Un día, sin embargo, me entregó un sobre, sin hablarme. Viniendo de él lo tomé como quien recibe una citación. Sabía, sin embargo, que solo podía proceder de una persona.

    Me salí en el primer desvío. Me aparté de mala manera a un lado de la carretera. Rasgué el sobre con la premura de los locos. «¿Sabes ya bastante como para no seguir buscándome, como para haber perdido el interés? Eso imagino. De lo que no sabes, aquí te cuento el resto. Si me hubiese quedado allí, sobre la camilla, lo habrías visto. Mis asomos de pechos blandos y mi sexo hendido, como el tuyo. Cosas que uno no espera cuando se enreda con los ojos de un hombre, pongamos en un puesto de peaje. Pero tampoco habría soportado que vieras mi cicatriz, la que me hizo aquel lagarto grande en el lodazal, cuando los otros niños me arrojaron, hartos de que un marimacho se les enrolara para jugar al balón o a las pistolas. ¿Qué hubieras pensado al ver la dentellada rala, mis formas femeninas, la verdad debajo de mi teatro? ¿Pero no eras tú la que decías que te interesa solo lo verdadero, incluso cuando es mentira? Pues yo soy ese que es verdadero, incluso no siendo de verdad. Y cada día, y cada minuto, ante ti, he sentido como un hombre, aunque por más que quiera, no deje de ser una mujer. ¿Te acuerdas de lo que te hablé, el síndrome de la cabina? El mal del que se enferma, con el tiempo, en la garita del peaje. Así me siento yo, en mi cabina de carne, enclaustrado en este cuerpo que nunca he querido para mí».

    Ni siquiera cuando estaba tan triste como entonces Ovidi era capaz de perdonar mi ausencia. Reclamaba su ración de leche y de cariño. Sus ronroneos ávidos inundaban la cama como la llamada del muecín. «Eh, estoy aquí. ¿Te has olvidado?», parecía decirme con sus ojos verdes como las espigas cimbreantes de la cebada. Como animal redimido de la calle, me profesaba ese sencillo e inquebrantable amor, pero ¿qué vacío insondable no llenaba? ¿A qué espacios baldíos de mi alma sería siempre incapaz de llegar, por más que mullera su lomo cuando le recitaba poesías y cerrara los ojos, satisfecho, cuando ponía un disco de Serrat?

    Hay tres cosas a las que no me acostumbro: el dolor de los niños, los accidentes de moto y los lamentos de los quemados. Había pasado mucho tiempo cuando avisaron de una emergencia en Mendillorri. Quemaduras de primer grado por cera de velas derramada. Algo no del todo común, aunque tampoco inusual. Era un martes de septiembre, no muy tarde, y fuimos con las sirenas apagadas todo el tramo. Reconocí enseguida el bloque, las escaleras, el piso tercero sin ascensor. Me abrió la puerta el mismo boliviano chaparrito; le sonreí, pero él ya me había borrado: demasiadas caras, demasiadas historias, demasiados problemas. Tú, sin embargo, sí me reconociste. Aquel reguero que se escurría brazo abajo. «¿Cómo fue? ¿Cómo te tiraste encima tanta cera?». Soportabas estoico el dolor pulsante, que crece en oleadas. «Demasiado duro para ser…», había recordado. Me hice la tonta: cogía gasas, Bepanthol. «Tenemos que llevarte. Son quemaduras feas. Coge algo de ropa. Lo esencial».

    Guardamos silencio de vuelta, en la ambulancia. Pero hay un lenguaje sin palabras para hacer preguntas categóricas. «¿Cómo has sido capaz de inmolarte de esta forma, grandísimo tonto; tan orgulloso eres, tan engreído, tan relamido de vana sofisticación?». De buena gana te hubiese abofeteado, pero estaba demasiado colmada de alegría para hacerlo, para no ver en tus ojos, espejos de barro del Paraná, enrevesadas formas de disculpa, que yo aceptaba, porque, como me susurraba Blaise Pascal, desde su frío sepulcro de Saint-Étienne, «el corazón tiene razones que la razón no entiende».

    «¿Duele?», te pregunté. Había empujado tu camilla por el largo pasillo iluminado. «Solo si me muevo». «Entonces no te muevas», respondí, y añadí, para mis adentros: «Nunca te muevas, no te vayas nunca, nunca más huyas ni desaparezcas», y mientras esto pensaba, cerré con llave la sala de curas, desde dentro, para que no tuvieras, de nuevo, la tentación humana de escapar.

JUAN JOSÉ MONTIEL GÁLVEZ

Entrega el Diploma Luis Rabaneda, Director de la Biblioteca Pública de Linares