EN EL REINO DEL QUE PORTAS TU CORONA    

 

En el reino del que portas tu corona

el laurel resbala por las callejuelas

que conducen a la boca del pánico,

las casas albergan en sus patios

quejidos descarnados de primavera,

el sauce se aloja en las chimeneas

y el estruendo de su carcajada lúgubre

anula el embrujo de la cítara de Orfeo

y el eco de las salvas disparadas

en las exequias de la ternura.

 

En el reino del que portas tu corona

no existen epitafios, tan solo lápidas,

la mentira clava sus espuelas

en los latidos del horizonte,

se venden en los mercados

fragmentos perdidos de Antares,

y el museo de los tozudos errores

exhibe sus obras a la retina pálida

que cuelga del rostro de cada plegaria.

 

En el reino del que portas tu corona

los barrios son infestados

por tumultos de escamas dolientes

que prenden, con fuego abolido,

antorchas para la caza,

el romero y la marisma se declaran la guerra,

se censura el diálogo del viento

con la ninfa que reviste

el torso de la sonrisa desnuda,

y  la palabra se debate

entre la muerte y la piedra.

 

Y devastados

como el agónico valle

que tarde desgrana

su cauce remoto,

o como la mano abatida

por letales venablos

que perfila el desaire,

el ocaso y la simiente te preguntan:

—¿Por qué no abdicas pues, crueldad?

—¿Por qué no abdicas?

 

Carlos Javier Corral López