AL OTRO LADO DEL ESPEJO

Combato los lignitos que mancillan

con tinieblas el cuerpo atribulado

en la endeble albufera del olvido.

 

Participo en batallas silenciosas,

en batallas perdidas de antemano,

a muerte contra las vicisitudes,

y peleo con mis sables de hojarasca

-hidalgo caballero trasnochado-

por la defensa de mis convicciones.

 

Las palabras me traspasan su altruismo

y me donan suficiente valentía

con el respaldo de sus pretensiones

para ofrecer consuelo sin fracturas

al paladín que ocupa mi diafragma.

 

Practico los versículos primeros

de los antiguos salmos heredados

con cualquier nómada desconocido

que necesite un sorbo de ternura.

 

Balas de terciopelo me recorren

los entresijos, excavando túneles

como un magma de marfil y chocolate,

al paso de tranvías milenarios

entre los mundos que separa un velo.

 

Se filtran los días en el dogma único

y no sé discernir capacidades,

o vínculos, con otros meridianos

en estas madrugadas diletantes,

sobre unas magnitudes que basculan

entre los sufrimientos e impotencias

de quienes practican la misericordia

como encargo heredado de su estirpe.

 

Muero por regalar a quien me pide empatía

antes que agua o linimento,

alguien que escuche en vez de que le hable

y vise un pasaporte de amargura

en la frontera de sus emociones,

o le ofrezca un buen caldo solidario

en el que migar los sentimientos comunes.

 

Me aburro con los nombres epicenos

que se pronuncian en las comisiones

y juegan a confundir responsabilidades,

o les ponen un cerco de alambre con espinos

para preservarlos de nuestra tolerancia,

como si prohibiesen confundir las religiones

o ayudar a alguien de otros continentes

y no nos permitieran conmovernos

con niños cuyo idioma nos inquieta;

o saciar al que trasiega la sed

desde siglos grabada en su linaje,

o arropar el dolor de la indigencia

que se hiela en las entrañas cada noche.

 

Porque los ojos son –Tú ya lo sabes-

iguales a ambos lados de la presa:

dos charcos negros que vierten en otros

el manantial perplejo de sus sombras.

ESTEBAN TORRES SAGRA