EL VACÍO

Tu cuerpo no es tuyo. Tu cama no es tuya. Tus pensamientos, tus deseos, tus renuncias ya no te pertenecen. Tu nombre, ¿acaso lo recuerdas? Nada. No te queda nada. Eres un vacío que se consume, y lo único que tienes ahora es una ventana por la que apenas puedes asomar la cabeza. Al otro lado, más allá de la carretera, se extiende un campo infinito de árboles. En las semanas, en los meses que llevas encerrada en este cuarto has visto sus ramas secas, estiradas como brazos en una plegaria, pero durante los últimos días han comenzado a florecer, y hoy han amanecido cubiertos de pequeños destellos blanquecinos. Al verlos has sentido ganas de llorar. Su color te ha recordado la nieve del Kilimanjaro, y de repente has sabido que jamás regresarás a tu casa.

No, no lo harás.

Cómo podrías hacerlo, si ya no existe para ti algo parecido a un hogar. Tu madre ha muerto. Tu padre ha muerto. Tu único pariente, un tío segundo al que apenas conoces, metió tu cabeza en un camión a cambio de unas cuantas monedas. Fue rápido, igual de simple que cualquier compra en un mercado. Un hombre blanco y calvo te tomó por el codo, te dijo que en Europa te esperaba un trabajo. Te llevo después en avión, en barco. En una furgoneta, finalmente, hasta llegar a una casa con luces en el tejado. Un mundo tan distinto que no puede ser real. En Moshi, como huérfana, como mujer, no valías nada. Aquí, a miles de kilómetros de la tierra que recogió tu primera sangre, pagan cada noche un precio por ti.

El sol empieza a caer en el horizonte. Tus pestañas se queman. Tu lengua se llena de astillas, de lava, de cristales rotos. Y tus entrañas se remueven de nuevo, tal y como lo hacen puntuales, cada día, a esta hora. Tus entrañas te abandonan aunque intentes retenerlas con las manos. Te abandonan, te vacían. Eres vacío, y suspiras sin esperar ningún alivio a tu condena, pero hoy, caprichosamente, al compás de tu aliento, una brisa se levanta en la arboleda. Te sientes poderosa por un instante, como si fueras la dueña de las nubes y de las estaciones, pero la brisa crece y se convierte en un viento amenazante que, a pesar de ti, se cuela travieso entre los almendros, agitando sus ramas en un baile enloquecido. Y podría partirlas, podría despoblar de flores cada una de sus copas. Y entonces, cuando empiezas a temer que el único consuelo que has recibido en mucho tiempo se esfume de un plumazo frente a tus ojos, de pronto, escuchas a lo lejos una campana.

Una campana.

¡Una campana!

Hasta ahora no habías imaginado que hubiera cerca de la casa con luces en el tejado nada que mereciera llamarse civilización, pero reconoces ese sonido. Es el sonido de la campana de una iglesia, y donde hay una iglesia tiene que haber un pueblo. Y donde hay un pueblo, hay una esperanza para la salvación. Intentas adivinar en la distancia el origen de ese susurro metálico ¿Quién toca la campana? ¿Dónde se esconde? Tiene que estar allí, en algún lugar que tu vista no alcanza. Buscas. El viento dibuja remolinos en la tierra, vela el paisaje con polvo en suspensión, pero tú buscas. Sigues buscando aunque la luz ya es mínima, aunque la noche se extiende, lenta, plagada de bestias que se aproximan. La campana suena y tú la buscas, hasta que un chasquido de maderas y cerrojos a tu espalda te hace entender que tu puerta se ha abierto. Otra vez.

No tarda en entrar el primero de los hombres. Un tipo enorme con el aspecto de una montaña de escombros, o de una isla habitada sólo por caimanes. Cada día hombres distintos que son el mismo hombre. Te hablan en un idioma que no entiendes. Sonríen con dientes afilados y notas su saliva. Al principio intentaste resistir. Varios huesos rotos te enseñaron que lo mejor es mirar al vacío y esperar. El vacío. Estabas convencida de que ya, para ti, todo era vacío. Esa campana te sugiere lo contrario, es una cuerda que se balancea ante tus dedos náufragos. Te aferras a su melodía y flotas con ella en un espacio propio. El tiempo se tensa, se dilata como lo hacían las tardes en la niñez, en aquellos instantes perdidos de dulce rutina, demasiado livianos como para pesar en la memoria. El presente se torna una suma de palabras sencillas. Una mujer desnuda y un hombre que la aplasta, eso es todo.

Por un momento crees observar la escena desde fuera, con la mirada de un pájaro que migra. Te gustaría permanecer así, mecida por la campana, aletargada en un estado de plácida inconsciencia pero rápidamente la realidad te asfixia. La realidad con forma de hombre que te ahoga. Su peso similar al de mil elefantes hundiéndose poco a poco en tus costillas. No puedes respirar y te das cuenta de que el hombre no se mueve. Tiene el rostro abotargado y la boca muy abierta. Y no se mueve. Cuánto tiempo llevará así, te preguntas. Intentas apartarlo, pero tus manos están enterradas entre el colchón y tu cadera y sólo consigues desplazarlo con tus hombros unos milímetros. Esto eres, un vacío que se comprime, que desaparece bajo la piel de quien castiga. El aire huye de tus pulmones, pero aún te queda el suficiente como para resumir todas tus angustias en un grito final. Un grito tan puro y tan profundo que podrían germinar en él varios universos.

Tras un interminable minuto de grito llega el silencio, y después el repiqueteo presuroso de unos pasos que se acercan. El hombre calvo, a quien no habías visto desde que te sacara de tu país, entra en el cuarto, escupe algunos gruñidos dirigidos a ti, coge al hombre montaña por el cuello y lo arrastra lejos de la cama. El aire regresa a tu cuerpo, atravesándote la garganta con un sabor ácido. Esto, imaginas, no debe ser muy distinto de nacer. En la esquina de la habitación el hombre calvo golpea con sus puños el pecho del desconocido. Está muerto, los dos lo sabéis, pero decidís fingir que quizá haya una posibilidad de resucitarlo. Te frotas las muñecas, arqueas la espalda, mueves la cabeza a izquierda y derecha. Y entonces la ves. Ves la puerta. Está abierta.

Abierta.

¡Abierta!

Miras al hombre calvo, sus puños que suben y bajan, que suben y bajan, que se estrellan, buscando vida en un cadáver. Miras la puerta. Mueves una pierna. Después la otra. Te pones en pie. La campana repica con más fuerza, llamándote. Eres una sombra, y caminas de espaldas, avanzando hacia un umbral al que nunca has podido acercarte. Cuando lo atraviesas sientes un baile de libélulas en tus rodillas. Ni siquiera has tenido tiempo de coger tu ropa, pero no te importa. Desciendes al primer piso, después a la planta baja, saltando los escalones de dos en dos, de cuatro en cuatro. Llegas a un salón de suelo pegajoso y paredes de espejo. Hay una barra de bar, de un lado cuatro chicas te contemplan como exploradoras que descubrieran un nuevo océano. Del otro un camarero te señala, dice algo, y se lanza hacia ti. Una de las chicas deja caer disimiladamente un taburete haciendo tropezar al camarero, después te mira, apunta levemente con su barbilla hacia una cortina, y asiente. Empiezas a correr y cruzas la cortina, y notas enseguida el tacto rugoso de la calzada, el aire que no huele a tabaco, el corazón silvestre que palpita entre la hierba.

En el exterior el viento te acoge como a una hija. Se abraza a ti y te empuja hacia tu destino. Los árboles te saludan y te animan. Algunas flores riegan tu cabello. El sonido de la campana se acelera. Avanzas, asombrada por el prodigioso mecanismo que hace que a un paso le siga obediente otro paso.

Corres.

Corres.

Corres.

Cuando eras pequeña te gustaba correr a todas partes, como si hubiese muchos lugares que esperasen tu visita y debieras apresurarte para conocerlos todos. Ahora ya sabes que nada ni nadie te está esperando, no obstante corres.

Corres, de todos modos.

Corres y ves al fondo las siluetas de las primeras casas. Corres y sonríes, ignorando las piedras que se te clavan en tus pies descalzos, ignorando esos ladridos que se te acercan. Son ellos, han tardado muy poco en darse cuenta de que te has fugado. Son ellos y se acercan, se acercan, se acercan. Pero ya encuentras un sendero adoquinado, y una plaza, y una fuente, y una puerta sobre la que te abalanzas. Nadie responde. Pruebas en otra casa, y en otra más. Los ladridos se mezclan con voces que habrías deseado no volver a escuchar. El hombre calvo. El camarero. Están cada vez más cerca, y ninguna puerta se abre para ti. Entonces te das cuenta, por la falta de luz y de animales, de que el pueblo en el que buscas salvación está abandonado. Y, sin embargo, la campana sigue sonando ¿Por qué? ¿Por qué sigue sonando? ¿Quién la toca? ¿Quién te reclama?

Te precipitas hacia la iglesia. Puedes sentir que los ladridos te mordisquean los talones. Tiras con un codo un crucifijo, vuelcas un reclinatorio, giras y giras por una escalera de caracol que asciende. Y allí está. La campana, moviéndose a un lado y a otro, sin ninguna mano que la guíe. Sólo precisa el viento, este viento traidor que te ha engañado, haciéndote creer que podrías escapar. Quieres detenerla, pero cuando vas a hacerlo toda la estructura que la sostiene se vence, gimiendo como un animal marino o como un barco que se hunde, derribando mientras cae parte del muro y del suelo.

Te asomas al abismo recién creado. Allí, en el fondo, la campana partida en dos te suplica que la acompañes hasta el final. Notas junto a tu pierna el hocico de un perro que gruñe. El hombre calvo grita tu nombre. Sí, ese es tu nombre, ahora lo recuerdas. Una hormiga curiosea por el desfiladero de tus dedos. Y sabes que sólo tienes una opción. Avanzar un pie, y después el otro. Y volver a asombrarte en tu vuelo con el prodigioso mecanismo que hace que a un paso le siga obediente otro paso. Y decir adiós, adiós, adiós.

Y perderte así, para siempre, en el vacío.

 

Raúl Clavero Blázquez