EXORDIO

Sevilla. 2008

A pesar del verdor de los pinos y los naranjos, aquella alameda no se parecía nada a la de Gorak, cerca de Sarajevo. Había demasiado ruido de coches, y enfrente del banquito donde iba a sentarse cada mañana no estaba el bar del tío Darzay, sino el horrible rótulo amarillo de una hamburguesería americana.

Tampoco trinaban los mirlos. Allí apenas zureaban algunas palomas al llegar al suelo, tras un corto vuelo, en busca de migajas o los pellejos de los altramuces que quedaban esparcidos cerca de los charcos, tras una noche de lluvia.

Con su gorrita de lana escocesa y su muleta, Radovan dejaba en las tardes claras que el sol acariciara su rostro surcado de cicatrices. Sí. Tenía que estar el tiempo muy malo para que no fuera a sentarse en la plaza.

Cuando “el Pedro”, un conocido vagabundo del barrio con quien Radovan había intercambiado alguna vez un cigarrillo se sentó junto a él, el joven pareció no verle.

Radovan tenía las manos dejadas caer sobre la muleta, que permanecía en pie, casi en equilibrio, y la vista al frente, refugiados los ojos tras sus gafas de sol.

El ruido de la circulación y el aleteo de las aves se fueron alejando de él como un barquito a la deriva. Mientras, en la cerrazón de la plomiza somnolencia del muchacho, apareció la plaza y el bar del pueblo, antes de que las bombas y los obuses rubricaran el espanto de la guerra.

En tanto, las ágiles manos del indigente habían llegado con facilidad al bolsillo del abrigo del Radovan, pero solo sacó unas pelusas. Luego de un reniego, se deslizó despacio sobre el banco, acercándose al muchacho. Rodeándole la cintura, hurgó en el otro bolsillo, tentando un papel doblado que creyó un billete. Pero maldijo por lo bajo cuando vio que lo que tenía entre los dedos era un antiguo recorte de periódico con una fotografía. En ella aparecían dos niños sentados delante de un árbol en un lugar que no había visto nunca. Uno de los críos sujetaba un balón de fútbol, mirando a la cámara como el otro, con los pelos revueltos y pegados de sudor a la frente. Los chicos parecían hermanos porque vestían casi igual, con pantalones cortos, camisa sin mangas, y la raya del pelo deshecha tras el juego.

El retrato tenía más o menos el mismo tiempo que el diario en donde estaba publicado. Al pie de la foto había un breve texto, pero “el Pedro” no le prestó atención, afanándose en probar de nuevo suerte en aquel bolsillo.

Sus dedos se deslizaron otra vez hacia abajo como un escalador que descendiera por una ladera. Pronto se topó con un envoltorio de plástico que parecía guardar algo. Era una bolsa transparente, en cuyo interior había un bollo de pan verdoso, durísimo y pellizcado.

“¿Qué porquería es ésta?, murmuró al ver la bolsita, pero Radovan andaba ya acomodado en un sueño sereno y profundo y no lo escuchó.

RADOVAN Y MIRZA

Gorak, cerca de Sarajevo. 1994

1

Era la plaza apenas una pequeña explanada mal empedrada, con el bar, el ayuntamiento y la parroquia enfrentados, y coronada por cuatro sauces en las esquinas. Dos banquitos servían para la charla en verano, y para convertirlos en un barco pirata donde librar estocadas y abordajes. También valían para que el tío Darzay ―bebedor irredento― durmiera la borrachera al fresco de la noche, así mayeara o temblaran hasta las ramas de los árboles con las heladas de diciembre.

Presidía la plazoleta una farola oxidada, de una luz enfermiza y tan vaga que de noche, por no hacer, no hacía ni sombras.

¿Cuántas veces había jugado en aquella alamedita al fútbol o la tocateja espantando a las palomas y las tórtolas? ¿Cuántas veces había entrado a la carrera en el bar con su amigo Mirza, escurriéndose entre los parroquianos camino del grifo donde apagaban la sed tras tanta diversión?

El bar del tío de Radovan tenía un mostrador largo, de madera, donde se apuntaban las cuentas con una tiza y los vasos pintaban surcos redondos de vino rebosado.

Sonaban allí a todas horas las coplas de Svletana Armen, porque María, la esposa de Darzay, no podía trabajar sin tararear sus letras.

Tras la barra había dos barricas grandes que casi siempre goteaban haciendo que el bar oliera igual que una bodega.

En el techo se quedaba el humo del tabaco y las pipas, enredado en las hélices aceitosas de los ventiladores, que bamboleaban como borrachos, traqueteando además como si estuvieran moliendo café.

Justo al lado del minúsculo retrete había un viejo cartel español que anunciaba ―si la autoridad competente y el tiempo lo permitían― el encierro con seis Mihuras de Joselito El Gallo, en Las Ventas, el 16 de septiembre de 1914.

En el bar de Darzay se comía poco y se bebía mucho. Radovan recordaba que antes de la guerra, el bar de su tío era lugar de animadas tertulias auspiciadas por el vino y el tabaco. Pero aquella casa, como tantas otras a la sombra alargada del conflicto, se desmembró: unos terminaron bebiendo en la barra, y otros sentados en las mesas, dedicándose, ―según se iban sucediendo los acontecimientos―, algún comentario fuera de tono rayano con la amenaza, hasta que en el bar unos entraban por la mañana y los otros por la tarde, pues tantas cosas como esa tuvo de ridícula la guerra.

―¿Por qué padre y los demás no entran ya en el bar del tío? ―preguntó un día Radovan.

―Son tonterías ―le dijo su madre―. Cosas de mayores que no te hacen falta entender ahora. Anda, Radovan, guapo, vete a jugar.

Pero aquella mañana solo se encontró a Mirza. Botaba su balón gastado y abombado por los punterazos, distraído y sin mucho afán.

―¿Y los otros? Le dije a Ibra que no se retrasara, que nos quedamos sin luz y me tengo que ir a casa sin terminar el parti…

―Ibra me ha dicho que su padre no le deja venir más a jugar con nosotros, que el tuyo es un enemigo de la patria o no sé qué. ¿Tú sabes lo que es eso, Radovan? ―Mirza dejó de botar la pelota y miró a su amigo.

―No…―se encogió de hombros―. Y Marina, ¿tampoco viene?

Mirza sacudió la cabeza.

―Se va a Francia. Dice que habrá una guerra, y que vendrán aviones y tirarán muchas bombas para destruirlo todo.

Radovan sintió la saliva atragantada pero logró reírse mientras le quitaba a su amigo el balón.

―Marina está chalada, y el padre de Ibra, también. Venga, ponte que te voy a colar unos cuantos goles que no vas a saber ni por dónde te han entrado.

Mirza logró bosquejar algo cercano a una sonrisa, se frotó las manos e intentó imitar a Tomislav Ivnovick cada vez que su amigo le daba una patada al recio balón de cuero.

―Vamos a beber agua, Mirza ―jadeó Radovan sin fuelle tras un montón de goles.

Al entrar en el bar del tío Darzay no encontraron el bullicio de cada día. Los dos niños, sudorosos y con las camisas por fuera del pantalón, miraban a los parroquianos ―pocos, para lo que acostumbra a esas horas― que los mandaron callar cuando preguntaron qué ocurría.

Todos permanecían en silencio, pendientes de la radio que no emitía canciones de las folclóricas. Ahora el locutor hablaba, con la voz de un médico que estuviera diagnosticando una grave enfermedad, de graves enfrentamientos en las calles de Sarajevo.

Una semana más tarde, un estampido sonó como si hubiera rebotado en la falda de la montaña donde nacía el pueblo. Luego, los clientes que había en el bar salieron precipitadamente a la plaza donde Radovan y Mirza lloraban de miedo mientras el balón corría calle abajo, como un gato asustado.

―Alexander, el de la granja, ha venido con otro y le ha disparado al panadero ―lloriqueó Radovan corriendo hacia su tío, que con el mandil todavía puesto no podía creer que Arkim estuviera tendido en el suelo, con la cabeza en medio de un charco de sangre atroz.

Al poco llegó Alma. Traía una sábana blanca, las manos machadas aún de harina, y el rostro tan desleído como aquella ropa de cama. Lloraba a mares balbuciendo entre lágrimas y babas el nombre de su esposo: “Arkim, Arkim! Pero, ¿¡qué te han hecho!?”

No, aquella sangre ―pensó el sobrino de Darzay― no era igual que la que él se hacía al caerse jugando, ni la que salió una vez de la nariz de Marina después de un balonazo.

Radovan soñaría con aquel reguero infame durante toda su vida.

Dos semanas después, la parroquia ardió por los cuatro costados llenando la plazuela y el aire de un humo enlutado y pestilente que olía a cera y a madera, y se colaba hasta la cocina del bar.

Esto debe ser la guerra que decía Marina, concluyó Radovan mientras esperaba a que Mirza se reuniera con él.

Sentado en uno de los bancos que un día fue el barco del pirata Barbanegra, miró con la pelota en el regazo todo lo que tenía alrededor. La fachada de la iglesia vomitando humo, el nido de cigüeñas de la espadaña cayendo al suelo hecho una bola de fuego, los tejados de las casas emborronados por el calor de las llamas.

Pasaron los días, pero los niños apenas jugaban ya en la plaza. A veces, el tío Darzay los animaba a disputar algún partido, pero ellos chutaban dos o tres veces y se iban a sus casas o al bar, casi siempre vacío, donde aquella radio no hacía más que emitir boletines de noticias y, de vez en cuando, alguna canción de las que la tía María adoraba.

****

La guerra abierta y salvaje no llegó al pueblo hasta 1994, pero sus efectos se hicieron notar pronto. Los que podían luchar marcharon al frente, y el vecindario, dividido y cainita, se evitaba por la calles o se cruzaba insultos y amenazas que casi siempre terminaban cumpliéndose, sin que nadie pudiera remediarlo.

―Si vuelves a servirles a los perros, te vamos a ajustar las cuentas sin tiza ni nada, Darzay.

―Mi casa está abierta para todos, Drago. Bien lo sabe todo el mundo.

―Eso es precisamente lo que no queremos.

―No tengo colores ni ideas de política metidas en la cabeza ―se defendió el otro―: ya me conocéis. Yo sirvo a todos por igual, y así seguirá siendo ―explicó sin dejar de servir vinos y licores.

A la mañana siguiente, el dueño del bar apareció muerto, molido a palos, con los oídos reventados y ni un hueso sin romper.

A ese crimen siguieron muchos otros, hasta que unos hombres venidos de la ciudad pusieron orden en el pueblo, mandando a sus casas a unos y a fusilar a otros en la tapia del cementerio, o en la plaza misma donde Radovan y sus amigos habían jugado solo unos meses atrás.

A pesar de la muerte de Darzay, el bar siguió abierto un tiempo, con su viuda tragándose las lágrimas y la bilis, sabiendo, mientras hubo vino en las botas, que estaba sirviendo a los asesinos de su esposo.

Pero aquella situación duró poco por dos razones. La primera porque el enemigo había cortado las comunicaciones con todos los pueblos de la sierra, y los suministros ―incluido el vino―, terminaron por agotarse pronto. La segunda, porque una vez no hubo caldos que ofrecer, María aguardó a que Drago apareciera para darle un último trago y, de paso, un tiro en la cabeza antes de meterse la pistola en la boca y descerrajarse un balazo que tiñó la andana de sangre y de sesos.

El pillaje dejó Casa Darzay desmontada como una barraca de feria abandonada, de tal suerte que solo la fachada aparentaba cierta normalidad, aunque ésta sucumbiría a la caída de un obús, durante el asedio al que Gorak fue sometido un año y medio después de comenzar la guerra.

El pueblo, enclavado en un lugar estratégico, fue lugar de duros combates en cuanto el frente se desplazó hasta allí. Durante semanas sus habitantes fueron asediados por la artillería que terminaría convirtiendo el pueblo en un lugar de pesadilla.

La plaza tampoco se libró de la devastación, pero desde que mataron a Darzay, ningún niño volvió a jugar en ella.

De la farola sólo quedaba el mástil, como si se tratara de un velero arruinado por la galerna. Los sauces se secaron o desaparecieron bajo el fuego, y los dos bancos pasaron a servir para apoyar las ametralladoras que fusilaban a los prisioneros de los combates que se libraban en las montañas. Y eso, cuando se molestaba en bajarlos hasta ahí.

―¿Los has visto alguna vez, Radovan? ―preguntó Mirza una mañana después de que una ráfaga de fuego se llevara por delante a ocho cautivos.

―No. Mi madre no me deja. Y como mi padre no está, porque se marchó a luchar contra el tuyo, no puedo pedirle permiso ―contestó mirando fugazmente hacia los riscos que se divisaban desde la ventana de su cuarto.

―Yo los vi ayer. Después de matarlos —contó Mirza— los montan en un camión, como si fueran animales. Ayer escuché decir a mi hermano que, como no hay sitio en el cementerio, cavan una fosa, les echan cal y los cubren con tierra.

―Dicen que arriba ―intervino Radovan mirando por la ventana, hacia la sierra―, como el suelo está duro y no pueden enterrar a los muertos, los queman. He oído que con el fuego las tripas le revientan como si fueran cohetes, y echan un pestazo que no hay quien lo aguante.

―Eso es mentira: las personas no explotan ―peroró Mirza.

―Bueno, los mayores también cuentan muchos embustes, ya lo sabes ―pareció disculparse Radovan―. También hablan de que en un solo combate murieron mil hombres la semana pasada.

―Ja, ja, ja. ¡Eso sí que es una tontería! ―rio Mirza―: eso es más gente de la que vivía aquí antes de la guerra. ¿Cómo van a morir tantos?

Los dos amigos hablaban del conflicto y recordaban los tiempos en que podían jugar al fútbol. Entonces, vencidos por el hambre y el cansancio, se quedaban dormidos hasta que el ruido de algún avión o las pesadillas les hacían despertar.

Mirza se había quedado sin casa, y ahora vivía con su madre en la de Radovan.

En Gorak todos deseaban, pasara lo que pasara luego, que el enemigo entrara en el pueblo y les diera de comer. Los padres de los críos, que habían compartido solo unos años atrás mesa y cartas, ahora luchaban en trincheras diferentes, pero a solo unos kilómetros de las zanjas y el horror, sus esposas se intentaban mantener al margen, deseando que todo acabara pronto y las cosas volvieran a ser como antes.

―¿Te has fijado que ya no se ven perros ni gatos?

―Claro, no soy tonto. Pero no hablemos de comida ahora. Tengo mucha hambre para pensar en eso.

―Llevamos seis días sin probar nada más que un poco de agua hervida con unas hierbas que mi madre trajo. Me cagué en los pantalones ―dijo Mirza suspirando.

―Pronto acabará todo y podremos volver a jugar al fútbol. Arreglarán la iglesia y la plaza. Tal vez alguien se quede con el bar de mi tío. Yo mismo mandaré un día en él: sé cómo se sirve el vino.

―¿Qué te gustaría ser si un día una bomba te matara y pudieras nacer de nuevo?

La pregunta cogió por sorpresa a Radovan, que miró a su amigo como si le hubiera hablado en otro idioma.

―¿Yo…? Pues, no sé, Mirza. Quizá pediría nacer en algún sitio donde no hubiera una guerra como ésta. Quizá sería un pez, o mejor un león. Todos tienen miedo al león. Así, al verme, huirían.

―Pues a mí me gustaría ser un pájaro. Una paloma como las que revolotean por la plaza y comen cuando quieren las migas que les tiran por el suelo. Escaparía de aquí agitando las alas y lo vería todo desde el cielo… ¿Te pasa algo? ―Mirza  dio un golpecito a su amigo, con el que compartía el colchón que su madre colocaba de noche entre el suelo y el somier en previsión de los bombardeos.

―Creo que sé dónde hay un bollo de pan ―susurró Radovan con el entusiasmo de quien descubre un tesoro―. Hace un montón de tiempo vi uno detrás de las botas de vino. A mi tía se le debió caer antes de la guerra. Lo vi allí un montón de veces, Mirza. Es difícil llegar hasta él porque hay que pasar por encima de las barricas, pero seguro que nadie ha reparado en él. Podemos ir a buscarlo.

―¿Ahora? ―Mirza se levantó despacio y se miró al espejo que había en el armario. Estaba pálido y delgado. Los huesos se le marcaban por debajo de la piel, y había tenido que sujetarse el pantalón con una cuerda, porque el cinturón ya no tenía más boquetes. Se pasó la mano por la cara y notó los pómulos y la mandíbula.

―¿Será peligroso?

―Claro. He oído que los de tu padre están a cuatro o cinco kilómetros de aquí. Puede que esta noche lleguen al pueblo. Pero eso llevan diciendo una semana y yo no voy a esperar sabiendo que hay un bollo de pan por ahí tirado. ―Radovan abrió la ventana, comprobó que no se escuchaban disparos y se escurrió despacio hacia el suelo. Su amigo lo siguió con el mismo sigilo.

Caía la tarde en medio de una luz dorada, pero Gorak era un cadáver de ladrillos descarnados por los obuses, de fachadas punteadas por la metralla, de cristales rotos y casas vacías porque sus moradores habían huido o estaban muertos.

El aire, a pesar de las fosas, hedía a descomposición y por las calles no había más que cascotes y silencio, roto a veces por alguna detonación remota que restallaba en la montaña, muy lejos de allí.

Los dos niños llegaron al bar de Darzay a la carrera, pero cuando entraron, a ninguno de los dos les pareció estar en el bullicioso negocio de antaño. Ahora solo había una silla coja, tirada en el suelo. La parte de madera del mostrador había sido arrancada  de cuajo para hacer leña, y de las botas ya no quedaba nada. Radovan miró todo aquello comprobando que solo los viejos ventiladores del techo habían resistido al expolio, pero que resultaban tan inútiles como siempre.

―No vamos a encontrar nada ―se lamentó Mirza viendo que hasta el cartel taurino había desaparecido dejando un surco en la pared parecido a un nicho.

Pero pegado al tabique, como si se hubiera calcificado, estaba el bollo, roído por las ratas y cubierto de polvo y verdín.

―¡Te dije que estaría! ―celebró Radovan intentado partirlo por la mitad.

Su amigo fue a contestar algo, pero el bramido feroz de una escuadrilla de aviones irrumpió en el cielo del pueblo como si estuviera dispuesta a rasgarlo como una vestidura. Algo silbó amenazador por encima de sus cabezas, luego se hizo un silencio que precedió a una explosión salvaje y a un traqueteo de ametralladora. Los pocos cristales que quedaban en las ventanas saltaron por los aires. El ruido se coló rebotando aquí y allá, en todas direcciones, mientras otras bombas estallaban provocando que los pocos habitantes de Gorak y los combatientes salieran dando gritos, sin saber dónde esconderse, llamándose unos a otros mientras la aviación viraba para emprender un nuevo ataque.

Más bombas y más proyectiles. Los dos amigos se tiraron al suelo arrastrándose hacia el retrete que, sin puerta, dejaba ver los azulejos caídos y el grifito del lavabo arrancado.

―Tengo el pan metido en el bolsillo ―murmuró Radovan sin que la voz le saliera a penas del cuerpo.

Una bomba cayó tan cerca que la detonación los levantó del suelo. Mirza lloraba y Radovan, del pánico, ni siquiera era capaz de mover la boca, con la cara tan pegada al piso del bar que hasta se hacía daño.

Los motores de los aviones, como perros, dejaron de ladrar para emitir un leve rugido de advertencia.

Radovan aulló desesperado.

Su amigo, horrorizado, vio que su amigo tenía una pierna hecha trizas, aplastada por un inmenso pedazo de pared.

―No debimos venir. Lo siento, Mirza ―logró decir aun Radovan mientras su respiración se asemejaba a la de un galgo tras una larga carrera.

Mirza echó un vistazo y comprobó que nada había soportado los efectos del obús. El bar del tío Darzay se había desmoronado como un castillo de naipes. El techo, vencido por un costado, tenía un boquete enorme, y por él se precipitaron restos de tejas, ladrillos y arena.

Un leve reguero de agua de una tubería descolgada se escurrió entra las ruinas como un manantial deprimente. Todo olía a quemado, y el humo se escapaba por el tejado roto lo mismo que si el bar fuera un volcán a punto de entrar en erupción.

―No estás herido… Súbete por el montón de escombros rogó Radovan a Mirza señalando con la mano ensangrentada ―y llega hasta el retrete. Desde aquí veo la ventanita. Sal por ella y pide ayuda. Me duele… me duele mucho. Avisa a mi madre. ¡Corre!

Mirza, con los ojos arrasados en lágrimas asintió con la cabeza, se levantó y escaló como pudo por los escombros.

―¡Ey, espera! ―Radovan se sacó el pan del bolsillo y trató de partirlo como pudo, pero le resultó imposible porque estaba tan duro como una piedra.

Mirza, desde lo alto del cerro de cascotes le pidió que se lo guardara.

―Lo compartiremos ―gritó Radovan ―. Me duele mucho… Prometo guardarte tu parte ―le dijo.

Cuando el niño se dio cuenta de que tal vez pasaría un buen rato hasta que pudieran ayudarle, lloró llamando a su madre, pero sonaron unos disparos aislados, muy cerca del ojo de buey por donde se había escurrido Mirza, y a Radovan se le detuvo el corazón, asustado por el ruido.

Todo quedó un momento en silencio, pero después, en la plaza y los alrededores se escuchó la metralla trazando, impactando y rompiendo todo lo que se encontraba a su paso.

―¡¡Mirza, Mirza, vuelve dentro!! ―gritó Radovan.

―¡No llego a la ventana desde aquí, está muy alto! ―la voz de Mirza sonó caprina y débil.

―¡Tírate al suelo, cúbrete la cabeza y no te muevas!

Hubo ráfagas de ametralladoras, fuego de mortero y ruido de fusilería.

Radovan escuchó pasos a la carrera en medio de un breve silencio.

―Mirza…

Una explosión más salvaje y devastadora que la que había caído sobre el bar voló por los aires el ayuntamiento, lo que quedaba de plaza, y la iglesia. El estampido fue tan brutal que un eco sordo y desbocado le golpeó en el pecho y entro por sus oídos como un disparo de nieve.

Radovan sintió nublarse todo antes de perder el conocimiento, mientras fuera el fuego de la guerra seguía asolándolo todo.

****

―Le dije a Mirza que entrara otra vez.

Antes de despertar diciendo aquello, rodeado de un médico, su madre y una enfermera, en un hospital de campaña donde reinaba una paz imposible, había soñado con su amigo y con el tío Darzay. También había visto la plaza y el balón, y a los clientes entrando en el bar como en los viejos tiempos.

La pierna le quemaba como si le estuvieran dando con un soplete, pero no fue preciso amputarla.

―¿Y Mirza? ―volvió a preguntar mientras sentía en su bolsillo el bultito insignificante del panecillo.

―No sabemos dónde se fueron los que huyeron antes de que el resto se rindiera. ―La mujer miró al médico―.  A las montañas, tal vez, Radovan. No te preocupes por él, estará bien. Ahora debes descansar ―le dijo su madre besándole la frente.

Cuando abrió los ojos, el vagabundo ya no estaba junto a Radovan. Había dejado sobre el banco el recorte de periódico con la fotografía y el chusco de pan. El muchacho fue a meterse todo en el bolsillo sin comprender qué había pasado, pero antes de guardar las dos cosas, les echó un vistazo.

“Mirza. Si ves esta foto y te reconoces en ella, ven a buscarme. Todas las mañanas voy a la plaza de la Esperanza, en Sevilla, España. Te espero, amigo”

Había insertado aquella foto todos los domingos, en los diarios Dnevni Avaz. Oslobodenje y San, desde 11 de noviembre de 2002, cuando llegó a España, con la esperanza de que su amigo, de vivir aún, se reencontrara con él. Pero aquella mañana, por una razón que no conocía, Radovan supo de la inutilidad de aquel mensaje.

Con cuidado, dobló la hoja del periódico y se la guardó. Después, cogió el pan y lo acarició con ternura para arrojarlo a un charco de agua donde se fue deshaciendo muy despacio.

Una paloma, grácil y solitaria, se acercó hasta el charquito, miró con recelo al joven y picoteó despacio el bollo.

“Pues a mí me gustaría ser un pájaro —dijo Mirza—. Una paloma como las que hay por la plaza y comen cuando quieren las migas que les tiran por el suelo. Escaparía de aquí agitando las alas y lo vería todo desde el cielo”.

JUAN MANUEL SAINZ PEÑA

Recibe el Diploma Enrique Valdivia Ocón, socio colaborador de Manantial, en nombre del autor y hace entrega del mismo, Joaquín Gómez Mena (Delegado del Área de Medio Ambiente del Excmo. Ayuntamiento de Linares).