CAMINO.

“Gritó igualdad hasta que en lugar de espuma todo oído percibió el mensaje. Y a partir de ese instante a nadie le importó saber si quien escuchaba era rico o pobre, blanco o negro, hombre o mujer.”

César Vallejo

La frente buida, las mejillas apergaminadas, el pelo lacio y escaso, la mirada despierta, el corazón en los labios.

Hablaba de crepúsculos, de crisálidas y de crisantemos. Un sorbo de té entre sonrisa y sonrisa, entre párrafo y párrafo, entre sonrisa y párrafo; un guiño al abanico, una caricia despistada a la más próxima de las pequeñas que escuchaban, embobadas, su narración.

–  Abuelita, cuéntanos otra vez el cuento de la niña campesina.

– ¡No, no, el de las cometas de loto y las flores de estrellas! –exigía otra de las nietas, equivocando el título.

– Yo quiero la historia de los escarabajos, que es la más bonita -terciaba una rubita con lengua de trapo.

Ella no inventaba cuentos ni historias, no había tenido jamás tiempo para jugar con la imaginación. Poseía, sin embargo, una extensa colección de narraciones, mas todas eran la misma. Hablaba de crepúsculos, de una u otra manera en sus cuentos siempre hablaba de crepúsculos, del tiempo perfecto en el que la inclinación del sol matizaba de anaranjados imposibles los arrozales infinitos que limitaban el campo de sus padres. El más bello lienzo logrado con las variaciones de una única tonalidad. Hablaba del canto vespertino de los patos salvajes entre las zahínas del señor, del alboroto de las garcillas tornasoladas que le servían de despertador, de los mugidos profundos del buey reclamando su forraje. Crepúsculos límpidos de infancia robada, de bandadas de golondrinas conocidas, de remembranzas de guerra antigua que sabía a presente, de miseria agazapada en jergones de paja y esterillas de bambú, de fogones alimentados por los excrementos resecos de los animales.

– ¿Y es verdad que la niña comía grillos y escarabajos?

– ¡Calla, no la interrumpas!, ¿no ves que ése es otro cuento? – protestaba la mayor del grupo.

– Pero es que yo quiero la historia de la niña que comía escarabajos… –y un puchero inmenso en sus labios descubría su condición  de consentida.

Ella nunca supo qué sentimiento fuera aquél; al mundo de su niñez le habían hurtado palabras y sentimientos: mimada, consentida, malcriada, esperanza. Casi todas las palabras desaparecidas pertenecían al género femenino. En cambio, a ese mismo mundo le sobraban imágenes: chamizos incendiados por los rayos bostezantes del astro que se apagaba  en el horizonte, más allá de la capital, más allá de la aldea del recaudador, más lejos de la ciudad del señor, más lejos de las selvas malditas arrasadas por el napalm, posiblemente muy cerca del pueblo hacia el que había marchado a vivir su hermana Xisepeng, la Ajada Flor de Loto, de triste nombre y sonrisa, triste como su recuerdo mismo.

– ¿Y la niña campesina, abuelita, cómo se llamaba la niña campesina?

– Si vas a seguir interrumpiendo –protestaba ahora la consentida-, mejor te marchas.

Camino. El camino crepuscular que unía la casa con el campo. Un paso, dos pasos, tres pasos, ciento veinte pasos, trece pasos, ocho pasos… hasta llegar al abrazo asombrado de la madre, al apretón agradecido y desesperado de la que le dio el ser. “Hoy los dioses te volvieron a robar a la muerte”, le susurraba al oído.

Nunca fue a la escuela, jamás nadie le enseñó a contar, a leer, tres, cuatro, mil, doce…, y antes de acallar las hambres perennes con un caldo siempre escaso más lleno del amor de la madre que de sustancia nutritiva alguna (ancas de rana tan famélicas como quienes las comían), la labor de la casa, la limpieza del establo y del poco utilizado cubrepán, la alimentación de las gallinas, el acarreo del agua.

De crepúsculo a crepúsculo bregando en las parcelas, sudando delante del resoplido del buey arando la tierra, preparándola para la sementera, resoplando tras el sudor del buey recolectando el parto de las entrañas de la Naturaleza. Y en la hora sin sombra, cuando el calor hacía doloroso hasta el respirar, un alto para hurgar en los agujeros de los ribazos en busca de escarabajos (desoyendo las prevenciones de la madre) con los que engañar el dolor de estómago.

Camino. Tichai, la niña se llamaba Camino.

– ¿Contenta? Ya lo sabes, la niña campesina se llamaba Camino, ahora a ver si te estás calladita –se arrogaba el papel de adulta la mayor de las nietas.

A veces, sólo a veces, las estaciones suaves permitían la eclosión de las crisálidas. Tichai desconocía el milagro de la metamorfosis, la magia del ciclo de las ninfas, sólo sabía que con un poco de paciencia la carne blanda y sabrosa de los gusanos de seda se transformaba en manjar de dioses encerrado en capullos amarillos. Ambrosía respecto a los élitros de grillos y a las duras corazas de los gorgojos del arroz. Su hermana, antes de casarse y tener que marchar a la lejana aldea, le explicó el origen de las crisálidas, su futuro; sin embargo, la amenaza de los desmayos por desnutrición podía más que su curiosidad infantil. En su boca todas las mariposas fueron imposibles, y las crisálidas abortos.

Un sorbo de té. Los dedos sarmentosos desplegando, una vez más, el abanico. La mirada rasgada de la mujer centenaria recontando a las nietas. Una, dos, tres, cuatro… Ahora ya sabía contar. Se sabía todos los números, y en orden. Podría contar hasta diez millones, hasta cien millones. Desde que aprendiera los números su máxima inclinación era contarlo todo: doce nietas, cinco hijas, cuatro yernos, doce pañuelos, cuarenta y siete fotografías, ciento dieciséis peldaños, ciento tres años, un abanico…

– Madre, no se canse. ¿La están molestando las niñas?

Sonrisa –también rasgada- como respuesta. La hija dilecta que recompone los cojines que ablandan el descanso de la anciana.

Hablaba de crisálidas. De las que comía y de las que soñaba. Su hermana se soñó crisálida antes de que sus padres la comprometieran con el hijo del comerciante de la lejana aldea que cada año traía a los campesinos los abonos y a su padre las semillas de crisantemos. (A su hermana la madre la soñó crisálida antes de que el señor la reclamase como ocasional concubina, la soñó crisálida incluso cuando la veía regresar del palacete del señor, derrotada, humillada, Ajada Flor de Loto, tras una noche de feudal forzamiento) Desde aquel momento Tichai se negó a crecer y consideró una bendición tener que madrugar para guiar el trabajo del buey en los campos. Siempre por delante, siempre. Dos, tres, doscientos, uno, cuatro pasos por delante del buey; de sol a sol siéndole robada a la muerte por los dioses, como su madre decía al verla regresar viva al atardecer, entera, sonriente, aún sin mancillar.

Los sueños fueron su refugio, la parcela en la que podía caminar libremente, pisando fuerte, sin miedo a que la muerte la sorprendiese agazapada en un matorral, bajo unas rocas, al borde de un riachuelo. En los sueños no había señores, ni gritos, ni retortijones de estómago, ni rayos de tormentas, ni estorninos, ni aguas contaminadas que escocían la garganta, sí preciosos vestidos y sandalias, y cosechas abundantes de arroz, y crisálidas, miles de crisálidas. La materia de sus sueños eran crisálidas, por eso hablaba de crisálidas. En sus cuentos siempre se colaban las crisálidas (en sus sueños, por el contrario, germinaban crisálidas, robándoles el efecto a las flores)

Hablaba de la ninfa que fue en la aldea. Ninfa curiosa que hurtaba horas al sueño para escuchar, como sus nietas hacían ahora, historias de los ancianos del lugar sobre explosiones que aterrorizaron su niñez, llamaradas que devastaban campos, lluvias que quemaban, pájaros ruidosos que escupían metralla, rostros extraños de lengua incomprensible. Ella hablaba de crisálidas ante rostros extrañados como extrañado estaba el suyo en otro tiempo al oír hablar de Vietcong, americanos y minas terrestres. Temía que en su gesto pudiera leerse el miedo acostumbrado que intuyó claramente en los ancianos de su aldea. Miedo a la miseria, a la muerte, a los soldados de un  bando que sembraban miseria para cosechar muerte, miedo a los soldados del otro bando que sembraban muerte para cosechar miseria, miedo al señor, al recaudador, miedo en las pesadillas de su padre que se dejaba vencer por la desesperación de no haber tenido ningún hijo varón, pesadillas pobladas de estorninos que destrozaban la plantación de crisantemos, sueños angustiosos en los que no había suficiente arroz para pagar la dote de la hija mayor.

“Si los dioses te siguen robando a la muerte –le secreteaba su madre en raros momentos de confidencias- no comas  escarabajos para no tener hembras por descendencia. Cuando conozcas varón procura que  sea en luna llena para asegurarte hijos.”

Siempre en luna llena, y cinco hijas.

Siempre en luna llena sus hijas –bromeaban- y doce nietas.

Su mala fortuna siempre había sido una aliada del destino. En su caso podía atribuir la descendencia femenina a los hartazgos de escarabajos para hacer frente a los mareos, para reponer las fuerzas que los campos le robaban, pero en el de sus hijas no había explicación posible.

– Abuelita, cuéntanos lo de las flores de la niña campesina.

– ¡Mamá!, llévate a Laura a acostar, está molestando. No para de interrumpir a la abuela.

Burla de la pequeña que provocaba la risa envidiosa de la anciana, añoranza de las disputas entre hermanas que jamás vivió ella, añoranza de inexistencias. Otro sorbo de té. Abaniqueo. Una lágrima que resbala por la mejilla y se precipita hacia el hombro, perla salada de la edad, que no del recuerdo. Una lágrima, veinte pañuelos, cinco hijas, ciento tres peldaños…

Aparecía entonces la madre ensayando un gesto de severidad al que respondían las niñas -con igual ensayo- con un asomo de respeto. Mirada inquisitiva pespunteada de amor, como el reverso revelador de un tapiz.

– Madre, cuando esté cansada me lo dice y la acuesto, que estas picaruelas, con tal de no irse a la cama, son capaces de estar haciéndole hablar toda la noche. ¿Quién era la que estaba molestando?

Cruce de miradas, una en demanda de silencio, el resto sopesando la posibilidad de la delación. La niña rubita detiene un amago de traición que es celebrado con alivio por la nieta consentida. La infantil tensión que crea, por primera vez en la noche, un espacio de silencio divierte a la anciana. La mayor del grupo, la que suele proponer los juegos a las demás, se levanta del corro y vuelve con un libro. Se solventa así el comprometido trance que podía haber dado con todas ellas en el dormitorio.

– Mira, abuelita, lo que pone en el diccionario, crisantemo, planta perenne de la familia de las compuestas, con tallos anuales, casi leñosos, de seis a ocho decímetros de alto, hojas alternas…

Tichai se servía de la recitación de la  nieta para retrotraerse con cierta dificultad a la infancia, a los campos de crisantemos que el señor les obligaba a cultivar en detrimento de los arrozales. Las heridas sangrantes –ocres escandalosos- de las plantaciones de esas flores emborronaban un paisaje casi límpido de parcelas blancas, azules apagados y marrones terrosos. Vistos desde la perspectiva de las montañas aquellos cultivos se revelaban como un eccema del campo.

Su madre decía que los crisantemos eran las margaritas del dolor.

En la aldea, los ancianos afirmaban que esas flores eran un adelanto engañoso del más allá.

– …hojas aovadas, con senos y hendeduras muy profundas, verdes por encima y blanquecinas por el envés, y flores abundantes, pedunculadas, solitarias, axilares y terminales… –proseguía leyendo la nieta, intentando comprender el significado de cada palabra.

– … axilares, ¿axilares?, ¿qué significa axilares?

Tichai no sabía contestarle, sólo sabía que su madre tenía razón, que los crisantemos eran verdaderamente margaritas del dolor. Margaritas del dolor con las que despidieron a la Ajada Flor de Loto, una ofrenda furtiva de flores a los dioses en memoria de Xisepeng, ramo robado de los campos del señor, una flor de cada esquina del terreno, espaciadas para que nadie notara el hurto. Los mismos colores que habían contemplado el inicio de su caída adornaban ahora su entierro; las dos caras del tapiz, sólo que en esta ocasión ninguna era bonita.

– …de colores bastante variados, pero frecuentemente moradas. Procede de ciertas regiones septentrionales de la China y su lugar de cultivo son los jardines, donde florece durante el otoño.

Hablaba de crisantemos que florecían en cualquier estación, sobre todo en sus corazones. Hablaba de la luctuosa noticia que vino en germen en las semillas de crisantemos desde la lejana aldea…

Una trampa antigua de los americanos, o de sus compatriotas, o de los dioses enfadados, ¡quién sabía!, había destrozado a su hermana. En las escuelas prevenían contra ese tipo de muertes, contra minas explosivas con apariencia de mariposas que cercenaban miembros. Pero la escuela fue un lujo al que nunca tuvieron acceso ninguna de las dos hermanas.  De la misma tierra que les daba de comer había surgido la explosión que le segó la vida.

– ¿Y era hermana de la niña campesina?

Esta vez nadie censuró la pregunta de la niña rubita. La mayor había cerrado el diccionario y aguardaba, expectante, la respuesta de la abuela.

Xisepeng, hermana de Tichai. Casada sin descendencia, repudiada por el marido y obligada a trabajar en los campos en el lugar que deberían haber ocupado las hijas (las hijas siempre antes que los hijos), delante del buey que roturaba la tierra, a dos, tres, cien, seis pasos de distancia para prevenir que las minas terrestres mutilasen al animal, principal sustento de cualquier familia campesina.

Hablaba de crisantemos, los que adornaban el último sueño de los pudientes del país y afeaban las primeras vigilias de los desheredados de Vietnam, los mismos crisantemos con los que se encontró en el lecho del señor la noche que la citó por primera y última vez. Tichai, pese a la desorientación de la edad, gastó ante el auditorio de sus nietas la debida prudencia a la hora de omitir términos como desvirgar y tálamo.

A la mañana había escogido las flores que para su sorpresa la habían recibido de madrugada en el palacete del señor. Su campesino padre ya estaba demasiado vencido por los ecos de la pasada guerra y por el envejecimiento prematuro como para plantarle cara a las pretensiones del señor, y la ausencia de hermanos varones en la familia la hacían vulnerable. Pese a ello, al tomar conciencia de lo que aquella noche ese vejestorio pretendía de ella, ninfa aún, crisálida todavía, luchó con todas sus fuerzas, resistiéndose de tal manera que regresó a la aldea con el orgullo intacto, mas con la sentencia de desgracia para la familia. El señor aumentó las cargas a su padre, el recaudador incrementó la inflexibilidad, hasta la estación de las lluvias parecía haberse vuelto en su contra. No quedó más remedio que emplearse en más campos, trabajar de día en los suyos y no descansar de noche en los de otros campesinos ancianos y sin descendencia, desangrarse las manos bregando en arrozales.

– Abuelita, eso ya no nos gusta –protestaba, de nuevo, la rubita pecosa-, cuéntanos otra vez el principio, cuando la niña campesina comía escarabajos y grillos a escondidas de su madre…, anda, abuelita.

Ya no quedaba té y el gesto de la muñeca para marear el abanico se revelaba inútil. Sonrisa, párrafo, caricia al azar a cualquiera de las nietas, cuyos rostros no podían negar, por más que sus padres y su abuelo hubieran nacido en España, el débito a sus orígenes orientales. Cinco hijas, doce nietas, cuarenta y siete fotografías, ciento tres años, una pierna.

– ¡Se acabó la función! Todo el mundo a dormir. ¡Hala, niñas, dadle un beso a la abuelita!

Doce besos.

– Mamá –cuchicheaba la nieta mayor-, la abuelita está un poco loca, dice que todo eso que cuenta le pasaba a ella.

La madre sonreía, condescendiente.

Tichai, Camino, hablaba de crepúsculos, crisálidas y crisantemos para contar que a los trece años, cuando precedía al buey que trabajaba la tierra, una mina le amputó la pierna derecha y que por ser mujer y haber caído en desgracia a los ojos del señor en ningún dispensario de la zona quisieron atenderla.

Los crepúsculos se transformaron en plenilunios, las crisálidas en mariposas y los crisantemos en nenúfares en los delirios febriles que la acompañaron durante días, hasta que unos cooperantes extranjeros –según luego le contaron- la sacaron del país para operarla.

La frente buida, las mejillas apergaminadas, el pelo lacio y escaso, la mirada despierta, el corazón en los labios para relatar que cuando la situación política le permitió retornar a su país nadie había ya esperándola en la aldea de límpidos crepúsculos y bandadas de golondrinas conocidas, ni siquiera sus padres.

La crisálida que por fin devino mariposa lejos de la tierra que acunó su infancia y adolescencia. Mariposa de metal y muerte la que le amputó la pierna y le alargó, sin ella saberlo, la vida.

– ¿A que eso no puede ser, mamá?, ¿a que esas historias son inventos de la abuelita? –no salía de su asombro la nieta, todavía con el diccionario en la mano y resistiéndose a acompañar a sus hermanas y primas.

Y a la madre, mientras acostaba a las niñas, se le hacía difícil revivir los años de lucha de aquella anciana ahora frágil que dedicó buena parte de su vida a denunciar en organizaciones utópicas la mortal discriminación de las mujeres de su país.

– Claro que son cuentos, hija –respondía con regusto añejo en el paladar, con el convencimiento brutal de que la época en la que la condición de mujer suponía un lastre se remontaba a siglos atrás, no a décadas, olvidando deliberadamente que hubo un tiempo en el que nacer mujer le costó la vida a su tía y una pierna a su propia madre-. Son sólo cuentos. Esas cosas sólo sucedían hace muchos, muchísimos años…

La nieta mayor daba, por fin, las buenas noches, preguntándose por qué le gustarían las historias de la abuela mucho más que las de hadas, príncipes y ogros.

– … Por suerte –añadía aún la madre- ahora sólo ocurren en los cuentos y en las pesadillas.

En la habitación contigua la abuela aún alcanzaba a oírlo antes de dormirse para soñar con crepúsculos, crisálidas y crisantemos.

Miguel Ángel Carcelén Gandía