INMISERICORDIA

Un millón de niñitos se nos muere de hambre

 y un silencio se duerme contemplándolos

Jorge Debravo

 

Cada día, como por arte de magia,

llega un niño color de betún

—o un enjambre de ellos—

con una legión de moscas merodeando

su escuálido rostro

—escarpado atlas de huesos—,

y unos ojos tristes como luciérnagas sin alas,

mostrándonos sobre el barroco mantel del almuerzo

su desnutrida intemperie de sueños.

 

Tímidamente se asoma,

como un trozo de noche inesperado

al balcón de la luz,

por la hipocondríaca ventana

de algún atrevido canal televisivo

menguado de escrúpulos,

sin expresión en el rostro,

absorto en sabe dios qué delirios,

sin quejido ni llanto que delate su afrenta,

como si voz no tuviera.

 

Acarrea en sus pupilas

todas las lluvias de todos los océanos,

en su boca una lengua muerta,

como si voz no tuviera,

y en su frente el estigma de una muerte prematura,

mas exhala su mirada la paz de los claustros.

 

No viene a ser anuncio de belleza

o propaganda de perfume, no,

viene a testificar con su muda presencia

el prodigio de su miseria,

el tiránico milagro de que aún sigue vivo

y a suplicar en silencio,

como si voz no tuviera,

la compasión de una migaja de pan duro

para conseguir una pizca de vida más.

 

Viene de tan lejos que la distancia

amortigua nuestra desvergüenza,

de las tierras de bosques y sol,

de campos perdidos en los mapas,

de desiertos encendidos en fuego,

de lugares sin horizonte ni brújula,

de estepas sembradas de cruces,

donde el hambre y la sed

son cotidiano sustento

y la muerte hábito rutinario.

 

Trae en sus labios un puñado de llagas purulentas

y un séquito de buitres le sigue los pasos,

en sus manos los zapatos rotos de un niño

que se durmió para siempre

y un muñeco sin brazos,

indicio de una infancia que alguien

—que es otro o son muchos, pero siempre nadie—,

de un tajo segó para siempre

como se siegan los campos de avena.

 

Apenas unos instantes nos acompaña,

sin decir palabra, como si voz no tuviera,

 

otro habla por él y dice su queja,

como si voz no tuviera,

nada nos pide, sólo mira inmóvil

desde el abismo de un tiempo

abotagado de infamia,

mas sigue siendo su rostro

el bronce inmutable de la serenidad.

 

Nosotros en tanto, desviamos la mirada,

pedimos la sal, llenamos el vaso de vino

o en el mejor de los casos

referimos la inoportuna emisión

acompañado de un sutil comentario de náusea.

 

Nada dice y en silencio se marcha,

ni un hasta luego quizás imposible,

como si voz no tuviera,

cuando sus ojos a voces proclaman

la insolidaria pandemia de todo un mundo

y es su mirada

el grito clamoroso del pecado del universo,

de su inmisericordia.

 

 

Manuel Luque Tapia