DOS MUJERES EN UNA PLAYA

I

Mujer blanca con hija

Te duelen sus encías menudas, su barrena desnuda

que ahonda en la aureola dócil de tu pecho,

pero miras sus ojos azules abiertos a la vida y sonríes.

Tu hija azul, hija del aire de Europa, es la hija del mar y de la tierra;

todo el mundo cabe en sus ojos y tú en ellos te bañas,

en su honda claridad, en su paz, en su cercana alegría.

 

Una gaviota pica su vuelo contra el cristal del mar,

junto a la barca que hunde su hocico de muerte en los abismos.

Y a tus ojos tranquilos viene la muerte negra,

el bote que hiende la espuma

y embarranca

en la arena fina de tu playa,

junto a tu juego de café,

tu pareja de sillas de lona y tu sombrilla.

 

Sobre el polvo milenario de Bolonia

se ha derramado la sangre del Atlas;

se pierde por las dunas un rastro de algas, de pies que huyen,

de carne exhausta.

Y un corazón palpita aún

junto a la barca muerta. Dos. Un corazón mojado

y un corazón menudo como un terrón de azúcar.

II

Mujer negra con hija

Has mordido la lengua fiera de la tristeza, dices,

por eso hay niebla aún en tu cabello

y en tus manos tiembla la luz del agua

(cristalitos de agua en el cóncavo pozo de tus manos,

tus manos negras, tus albeas palmas de tus manos negras),

mientras la sangre de África, recién nacida,

se aferra a tus pezones secos como lascas de pizarra.

 

La cuerda del ombligo, viva lombriz aún sobre la arena,

traza la curva exacta del signo, de la incógnita,

sobre la arena de Europa, sobre la arena de cristal,

sobre el sílice de fuego que os recibe  -a tu hija y a ti-

con la boca del miedo abierta y el puño cerrado.

 

Vienes del hambre secular, dices, de la tierra de nadie.

El alma saqueada por el viento de la guerra

y en la piel el estigma del miedo; tu piel mojada

que tiendes a secar sobre la playa

mientras tu hija llora y escarba en tus senos salobres,

secos, rajados de intemperie y oleaje.

 

Vienes del hambre, dices,

y llegas al hambre

que a este lado del mundo desemboca.

III

Dos mujeres

Cada cual vive su propia vida

(la maternidad es sólo un fulgor,

una equivalencia efímera)

pero sus vidas han ido a dar sobre la misma playa

y en sus ojos se reconocen,

y se reconocen en sus pechos que laten con diapasones de llanto.

 

Por eso te has agachado, mujer de pechos rebosantes,

y has puesto tu aureola de luz en sus encías secas,

en sus diminutas encías secas,

y has acallado con la miel de tus senos el llanto de África.

 

Has tomado luego la mano negra de su madre,

has acariciado las albas palmas de sus manos negras

y ella te ha susurrado, en su dialecto lejano,

que por amor

se cose la boca el gusano del hambre.

JOSÉ QUESADA MORENO