Los derechos humanos no pueden quedarse en unos simples enunciados teóricos o de principios. Han de convertirse en auténticos valores y vivencias que nos acompañen a lo largo de la vida; no se refieren a «mujeres y hombres sin rostro», sino a personas concretas, insertas en una cultura.

Sociedad y cultura, sociedad y literatura.

¿Y los Derechos Humanos?

Buena parte de las grandes obras literarias denuncian un mundo cada vez más violento, desnudando realidades como la pobreza, la opresión, la explotación del ser humano y, por supuesto, la violación de los derechos humanos en un mundo que, además de crisis económica, sufre sobre todo crisis de esperanza.

Cuando la palabra es testigo de las injusticias y se alza a defender el derecho de las personas, la literatura se convierte en motor de los derechos humanos. Literatura viva, donde los hombres y mujeres tienen rostro, voz, respiran, y tal vez hasta nos enseñen que no está permitida la resignación.

Escribir sobre derechos humanos es dejar en cada palabra, parte de nuestro dolor ante el sufrimiento de nuestros semejantes sometidos a condiciones inhumanas, por otros semejantes que lejos de sentirse parte de la humanidad, se crean su propio altar donde se sacrifica la dignidad y se oscurece el futuro de los pueblos.

Mantengamos entre todos, ese viento  favorable de la escritura y la lectura que nos permite navegar por la palabra y que por muy lejos que quede Ítaca,

la niña de la fábrica de Nueva Dehli vuelva a la escuela

el joven ame su vida…

la crueldad sea despojada de su corona,

la campana de la ermita sea un canto esperanza

y los niños de betún “como si voz no tuvieran” no sean prodigio de miseria.

Brindo por la palabra viva que habéis dejado en este Certamen y os deseo toda suerte de ventura en el difícil arte de contar y cantar el murmullo del tiempo en el inmenso mar de las letras…

Carmen Sampedro

Presidenta de Manantial