SOY COMO TÚ

Aún lo recuerdo como si fuera ayer. Mi marido no paraba de dar vueltas por la habitación de aquel hospital. No supo reaccionar ante la inesperada noticia, aunque supongo que nadie sabría hacerlo cuando te dicen que tu hijo nacerá con deficiencia mental. Muchas mujeres se replantearían tener o no tener al niño, y además si es su primer embarazo… Pero yo lo tenía muy claro, y cada vez que le miro supe que elegí la opción correcta.

–          Mamá, ¿qué haces?- noté que levantó la cabeza para mirarme mientras que dejaba caer los juguetes al suelo. Hablaba entrecortadamente, pero cada día le iba costando un poco menos.

–          Nada, cielo. Solo escribir un diario.- le sonreí y él se me quedó mirando con esos ojos suyos tan tiernos.

Cerré el diario, lo coloqué en uno de los cajones de mi mesita y me dirigí hacia la cocina. Le preparé el bocata para la hora del recreo, recogí un poco lo que había de por medio y regresé al salón.

–          Evan, hoy vamos en coche al colegio. ¡Se nos ha hecho tardísimo! – le ayudé a levantarse y nos dirigimos hacia el coche. Cuando se metió en él, le puse el cinturón y me dispuse a conducir.

Para amenizar el camino le puse la canción de Beethoven, Claro de luna, que tanto le gustaba. Esa canción era especial. Fue la única que conseguía mantener a mi hijo tranquilo y dormido cuando estaba recién nacido. También la que cuando pasaba noches y noches preocupándome por mi hijo, me alejaba de los problemas…

Esa canción me ha ido acompañando desde que nació mi hijo… me traía buenos recuerdos.

–          Ya hemos llegado pequeño. Te voy a acompañar hasta la clase para pedirle disculpas a la seño por llegar tarde, ¿vale?- y le sonreí.

–          De acuerdo, mamá.- me cogió de la mano y nos metimos dentro del colegio.

Los pasillos estaban vacíos, todo el mundo estaba ya en clase. Busqué el aula de Evan, y cuando la encontré llamé a la puerta. Salió su profesora, Elisa, y cuando vio a Evan le sonrió y lo pasó para adentro.

–          ¡Hombre, Claudia! ¿Cómo tú por aquí? ¿Cómo estás?- dijo manteniendo una falsa sonrisa de oreja a oreja.

En realidad, Elisa nunca me había caído bien. Siempre me había parecido una mujer superficial y egoísta. Pero yo siempre le devolvía la sonrisa.

–          Bien, bien. Venía a pedirle disculpas por la tardanza de Evan, se me ha echado la hora encima hoy.- e intenté sonreír para quitarle importancia al asunto.

–          ¡No pasa nada Claudia!- parecía que ella tampoco le daba mucha importancia- Si en realidad hoy no hace falta que venga a clase- y puso esa sonrisa que tanto odiaba.

–          ¿Cómo?- intentaba encontrarle una explicación a sus palabras pero no lo conseguí así que esperé para escuchar una respuesta.

–          Si, verás…- esas palabras no me gustaban nada. Le estaba costando mucho darme una explicación- Vamos a hacer una obra de teatro toda la clase, sobre la igualdad y el respeto, para el próximo viernes y creo que tu hijo no debería de estar en ella…

–          ¿Y eso por qué?- dije en un tono elevado. Mi paciencia tenía un límite y se estaba agotando poco a poco.

–          Bueno… ya sabes… no queda… estético. Me tienes que dar la razón en que un niño con deficiencia mental no debería de estar en una obra de teatro… y menos rodeado de niños que son normales.

–          ¿Niños normales? Y qué pasa, ¡¿qué mi hijo no es normal?!- ahora sí que mi paciencia había sobrepasado el límite.

–          Hombre… Normal, normal…- Elisa empezaba a ponerse nerviosa, pero no se sentía avergonzada. Y eso es lo que más rabia me daba.

–          Mi hijo, Evan, es un niño como otro cualquiera. ¡Tiene los mismos derechos de participar en esa obra! Además, ¿de qué decías que iba esa obra?

–          De la igualdad, el respeto… y esas cosas.- ahora si la noté un poco avergonzada, pero con eso no me bastaba. Ahora me tocaba a mí ponerla en su lugar.

–          ¡Ah, claro! ¿Y va a negarle a mi hijo salir en una obra que trata sobre esos temas precisamente? ¿Acaso sabe usted qué es la igualdad y el respeto? Así solo me demuestra que es una cínica.- y con esas palabras me marché de la clase, pero volvería dentro de unas horas para sacar a mi hijo de allí. Pensaba cambiarlo de colegio.

Las palabras de la profesora no hacían nada más que repetirse en mi cabeza, cada vez me dolían más… Tanto que me hicieron llorar.

Intenté sacar un pañuelo de mi bolso para secarme las lágrimas, pero cuando lo cogí se me calló al suelo. Me agaché para recogerlo, pero alguien se me adelantó.

–          ¡Roberto!- le dije secándome las lágrimas con la mano, intentando que no se notaran.

–          ¡Claudia! ¿Cómo va todo? ¡Hace ya que no te veo! ¿Cómo está tu hijo?-preguntó con interés y amabilidad.

Roberto fue el antiguo profesor de Evan. Él se encargaba de enseñar a los niños que tenían deficiencia mental. Roberto enseñó y educó muy bien a Evan… ¡hasta consiguió que no balbuceara tanto! Gracias a estos avances creí que mi hijo ya no necesitaba a este profesor y que podría estar con todos los niños de su edad, para que se relacionara y esas cosas. Pero ahora me di cuenta el error que cometí al cambiarlo con esa profesora.

–          Va todo bien, Roberto. ¡Yo también me alegro de verte! ¿Cómo sigues?- le pregunté pasándole mi mano por su brazo.

–          ¡Todo va genial! Sin embargo… no me creo ese “todo va bien” tuyo. ¿Ha pasado algo?- aunque había conseguido tapar las lágrimas, la tristeza seguía en mi rostro.

–          Bueno, verás… He estado hablando con la profesora de Evan, Elisa, y me he llevado una gran decepción…

–          ¿Y eso?- frunció el ceño.

–          Es muy largo de explicar y…-  no sabía qué decirle. Todavía estaba afectada y enfadada.

–          ¡Pasa a mi despacho y me lo cuentas todo, anda!- dijo con una calmada voz. Sé qué quería ayudarme, y que se preocupaba por mí. Siempre lo ha hecho.

Se lo conté todo, desde que llamé a la puerta de esa clase hasta que me fui de allí cabreada. Se quedó tan asombrado como yo.

–          Y… ¿cuándo dices que es esa obra?- me preguntó.

–          El próximo viernes.

–          ¿Y se estrenará aquí en el colegio para que lo vean los padres, no?- creo que a Roberto se le había ocurrido una idea.

–          Sí, supongo.

–          Pues que tu hijo se vaya preparando un papel para aquella obra, ¡que ya me encargaré yo de que aparezca en ella!- dijo sonriendo y feliz.

Esa sonrisa hizo que yo también sonriera. No sabía exactamente cuál era su plan y tampoco qué papel tendría que prepararse me hijo para la obra, pero confié en él.

Nos despedimos con un fuerte abrazo, nos veríamos el viernes.

Cuando se acabaron las clases, recogí a mi hijo con el coche y nos fuimos para casa.  Me pasé la tarde entera buscando un disfraz bonito, adecuado para la obra y un personaje al que mi hijo pudiera interpretar.

Todos los que se me venían a la cabeza estaban ya muy vistos: Robin Hood, Peter Pan…

Necesitaba algo diferente. Entonces, se me vinieron a la mente de nuevo las palabras de Elisa, pero ésta vez me dieron una idea. Ella dijo que la obra era sobre el respeto y la igualdad, y eso viene perfectamente expresado y escrito ¡en el artículo uno dela CartaUniversalde los Derechos Humanos!

Así que lo escribí en un pequeño papel, ¡ese iba a ser el guión de mi hijo! Ya solo me quedaba la ropa que se iba a poner. Pensé en vestirlo normal, sin muchos complementos, como él era. Entonces apareció Evan por la puerta del salón, y con tristeza se acercó a donde yo estaba.

–          Mamá ya no quiero ir más al colegio- dijo casi llorando.

–          ¿Por qué, cielo?- estaba muy preocupada por él. Sabía que no quería ir por culpa de esa profesora.

–          Por que la profesora, Elisa, no quiere que salga en la obra y hoy han estado toda la clase ensayando y a mí me han dejado a parte. Los niños no paraban de reírse de mí, mamá.- dijo con tristeza.

No podía verlo así. Elisa no tenía derecho de hacerle eso a mi hijo. Evan se merecía ser feliz y vivir la vida como un niño cualquiera.

–          ¡Claro que vas a salir en la obra, hijo! Solo que tu papel es especial y necesitas prepararlo aquí en casa, conmigo.

Entonces, logré sustituir las lágrimas de mi hijo por una sonrisa. Le mostré el papel que tenía que recitar en la obra y le ayudé a pronunciarlo correctamente.

Nos pasamos días ensayando, hasta que llegó el viernes.

 Mi hijo estaba muy nervioso, se lo notaba. Pero intenté tranquilizarlo. Después, me encontré a Roberto.

–          ¡Claudia! ¿Está tu hijo listo ya?

–          Si, aquí lo tienes.- Evan salió detrás de mí y miró a Roberto con expresión tímida.

–          Pues venga campeón, vente conmigo. Tú sales al final de la obra, ¿vale? Cuando yo te lo diga.

–          ¡Vale!- respondió Evan con felicidad.

–          Toma cariño, ¡que no se te olvide la hoja! Y recuerda, léela tranquilo y no te pongas nervioso, ¿vale?

–          Vale, mamá.

Me acordé de la canción que tanto nos gustaba a Evan y a mí, Claro de Luna, y hablé con Roberto para que la pusiera de fondo mientras que Evan leía. Eso le ayudaría a tranquilizarse.

Después, me dirigí hacia el salón de actos donde iba a dar comienzo la obra.

La profesora de Evan me vio, y se quedó extrañada. Supongo que se preguntaría qué hacía yo allí si mi hijo no actuaba. Elisa no tenía ni la menor idea de la forma tan inesperada en la que iba a acabar su obra.

Presentaron la obra con el nombre de “Soy como tú”, y acto seguido comenzaron a salir todos los niños que participaban en la obra, menos Evan.

 Y por fin llegó el final. Justo en el momento en el que parecía que la obra estaba acabada salió mi hijo con su preciosa sonrisa, y empezó a leer:

                        “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad

                          y derechos y, dotados como están de razón y conciencia,

                        deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”

Mientras que mi hijo recitaba empezó a sonar Claro de luna, nuestra canción. Los ojos se me llenaron de lágrimas, estaba orgullosa de mi hijo.

FIN

Os invitamos a leer el precioso relato de Carmen Ruíz Mansilla, una obra que rebosa delicadeza, sensibilidad  y nos mueve a la esperanza…