Entrega el Diploma Nana Smith, Coordinadora del Grupo de Poetas Sierra Morena, amiga y colaboradora de la Asociación Manantial.

DEFÍNEME

“Te lo ha dicho la luna, ¿verdad?”

Rompí con fuerza la hoja y con ella se esfumaron todos esos ideales que tenía tan claros. De alguna manera, tenía miedo de seguir con aquella historia… Odiaba leerla más que cualquier otra cosa en el mundo, era horrible, aburrida, larga y demasiado ajena a mí misma a pesar de ser yo uno de esos personajes y mis amigos aquellos compañeros de aventura. Tal vez fue un arrebato que tuve el año pasado, un intento desesperado de decirles a todos que les quería más que a mi propia persona. Pero sinceramente no sabría decir si funcionó como quería. Ni siquiera me gustaba a mí, la escritora… la propia escritora.

Y arropada por la fuerte luz anaranjada de la tarde, solté un bufido irónico contra mí misma.  Tiré sin piedad los folios desordenados al suelo y reí por no llorar. No quería saber nada, todo era inútil. Todo es inútil. El mundo lo es también.

Algún día —me dije—, algún día la Humanidad dejará de ser tan estúpida. Pero por ahora habría que conformarse con ver por todos lados a simples marionetas guiadas por lo que la cruel e intencionada sociedad quiere. No se dan cuenta de que son arrastrados a la espiral interminable de las apariencias y el interés propio, del vivir en cápsulas de incomprensión e insensibilidad. ¿Por qué se empeñan en ver sólo el “lado bueno”…? Eso si se le puede llamar así, claro está, porque entre corrupción y falsedad se reduce mucho esa afirmación. “El mundo avanza”, o eso dicen… porque yo sólo veo guerra, muertes, hambruna, racismo… Siria, Ucrania, Afganistán, Birmania, Sudán, Somalia… Es el único uso que le saco al mapamundi del libro de Ciencias Sociales. El mundo está roto: la gente inocente muere, los bosques se desintegran, las personas luchan entre sí por el poder, la avaricia. Los seres humanos se han convertido, en su mayoría, en una raza manipuladora, desconsiderada, egoísta y cruel; que pintan ideales y sueños para después destruirlos de la manera más traicionera posible. Pero quién soy yo para hablar… nada más que un peón sin identidad, un número en las estadísticas, un “aprobado” o un “suspenso”, un porcentaje.

­­­  —Bueno, bueno… ¿qué onda con este desorden?

Volví mi cabeza hacia atrás un tanto sorprendida. Sinceramente no esperaba encontrarlo allí, apoyado en el marco de la puerta de mi habitación, como solía hacer. Si se hubiese tratado de cualquier otra persona ni siquiera me habría dignado a contestar, pero como era él, la cosa era distinta.

—Paso una crisis de identidad —contesté con la intención de no sostener demasiado aquella mirada: era una de sus mejores armas.

Enarcó una ceja, casi pidiendo una explicación. Pensaba buscar alguna respuesta mínimamente coherente que pudiese resumir lo acontecido, sin embargo, no hizo falta, pues al reconocer cuáles eran aquellos folios esturreados por las baldosas se puso pálido (sí, la verdad es que es un exagerado).

— ¿Tú crees que a Manu y a Adri les gustaría saber que has masacrado esto? —entró así a mi dormitorio y se apresuró a recoger lo que a mí me parecía una basura literaria.

—Dudo que a Adri le importara mucho —resoplé bastante convencida de este hecho.

Allí, sentada en la cama y con los pies colgando, me pregunté si en verdad había alguien que se preocupara de lo que pudiera o no llegar a escribir.

—Digo —proseguí—, ya lo dijiste tú una vez: “¿Escritora? ¿Para qué? ¿Para inventar más falsedades en el mundo? ¿Para hacerles creer que existe un lugar mejor que el que pisamos?”.

—Vamos, no lo decía en serio, era…— se agachó para coger el último folio escrito de Tierra Olvidada—era sólo para chincharte. Además, ¿cómo sabes que dije exactamente eso? ¿No dices que tienes memoria pez?

—Y la tengo. Es que eso me lo apunté en un papel.

Por la cara que puso adiviné que no estaba conforme con mis excusas. Me encogí de hombros. No tenía nada mejor que decir, la verdad es que era una chica aburrida; bueno, lo sigo siendo, a quién mentir. Por eso me preguntaba, desde el principio de los tiempos, qué pudo ver él en mí para querer acercarse a esta niña sosa y antisocial.  Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, justo en frente de mí.

—Déjame eso: voy a quemarlo.

—De eso ni hablar, a mí me gusta —abrazó el relato en gesto protector ante mi brazo estirado esperando coger lo que me correspondía.

—Soy la autora, respeta mi decisión —ordené, y mis palabras fueron olvidadas e ignoradas a partes iguales.

El silencio se apoderó de la habitación. La claridad entraba a través de la cristalera que dejaba también paso al fuerte sofocón de este mayo que creía ser julio. A pesar de todo, ni siquiera podía escuchar el canto de los pájaros o de las chicharras, ni el sonido de los coches o los comentarios de mis hermanas jugando a la nintendo en el salón. Tanto papá como mi hermano mayor se habían esfumado hacía ya rato a algún lugar del que no quisieron dar datos: eso explicaba cómo había llegado él con tanta facilidad hasta mi dormitorio, alguna de estas gamers abriría sin más la puerta, porque con mi padre  aquí habría sido imposible. No sé que le habrá hecho, pero papá lo odia demasiado. En otras circunstancias lo habría atribuido a todas esas cosas que siempre critico: racismo, intolerancia, poco sentido de la empatía (él no es de España, digamos)… Pero papá era el hombre más tolerante y justo que pisaba la tierra, por lo que alguna vez me había pasado las horas muertas dándole vueltas al asunto.

— ¿Qué te pasa? —preguntó al fin.

—Soy una causa perdida. Nunca seré lo que la sociedad espera de mí, soy rara, diferente… No hay más que ver la forma en la que la gente me mira. La verdad es que eso podría darme un poco igual, pero… ¿y si me quedo sola? ¿Y si la profesora de Francés tiene razón? ¿No puede ser que haya cogido el camino equivocado? ¿Y si me he equivocado…? ¿Tengo que abrirme a los demás… aun si eso significa dejar de lado las letras? ¿Y si tengo que olvidar la idea de ser escritora? ¿Tiene sentido? —Me dejé caer suavemente al suelo, recibiendo un fresquito que agradecí inconscientemente dentro de una yo indignada—¿Tiene sentido empeñarme en seguir soñando, en insistir que sigo siendo una niña? ¿Tengo que madurar y ser como los demás: cruel, egoísta, algo retorcida…? Peor aún, ¿y si no puedo ayudar a cambiar el mundo? La tierra se muere y a nadie le importa, todos morimos con ella, poco a poco, nos ahogamos en nuestros sueños imposibles como ella olvida respirar por la tala masiva de árboles, pasamos hambre como ella sufre sequías, nos cegamos de odio y sed de sangre al igual que ella pierde la vista ante la asquerosa contaminación. Y, y… —tartamudeé, nerviosa— ¿Quién soy? A veces creo que respirar no es suficiente para demostrar que estoy viva. Siento la necesidad de gritar y de que el mundo se entere de que estoy aquí y que lo están haciendo mal, que somos personas y no datos/números, que puede que la clave esté en mirar atrás y darnos cuenta de los errores cometidos, intentar solucionarlos y… ¿Qué más da? ¿Quién soy yo para que me hagan caso? Porque hoy en día necesitas ser alguien si quieres ser escuchado, algo que siga los patrones establecidos, la “perfección”… Sí, ¿quién soy? ¿Quién…?

Recibí un ataque en la cara por parte de una arrugada bola de papel. Él me miró divertido y yo le dediqué una mirada asesina. En realidad puede que estuviera bien aquello de haberme cortado a mitad, sino habría acabado llorando (soy de lágrima fácil, odio eso de mí) o tal vez desviándome demasiado del tema principal.

—Pues tú eres tú. Eso es todo.

Tan directo como siempre. Me era difícil asimilar aquellas afirmaciones espontáneas, yo estaba acostumbrada a dar muchos rodeos a cualquier cosa, por lo que podría decirse que en ese sentido éramos la cara opuesta. Entonces sacudí la cabeza poco convencida.

—A mí eso no me vale —protesté.

Suspiró resignado, echando la cabeza hacia atrás. Si yo aguantaba sus etapas de bajón, él también tenía que aguantar mis crisis de identidad.

—Ni a mí me vale que te pongas histérica y ataques al mundo —contraatacó.

Iba a decir algo, pero no me salieron las palabras.

—Mira, eres esto —declaró enseñándome una hoja enganchada a una plantilla.

Yo esperé paciente una aclaración. Fuera lo que fuera que intentara decirme, no lo entendería ni en aquel momento ni en años luz.

—Una hoja en blanco —soltó él como si fuera demasiado obvio.

—No sé si acabo de entenderte…—murmuré.

—Estás esperando ser escrita, pero no eres tú quien pueda hacer eso. Estás en blanco; necesitas algo de color… necesitas que el tiempo pase y el mundo te defina.

—No, el mundo no —sin apenas darme cuenta, me veía atrapada en sus palabras; al igual que me pasaba cuando leía uno de esos libros que tanto me gustaban.

— ¿Quién si no? —frunció el ceño.

—Hazlo tú: defíneme —aseguré decidida, clavando en él una profunda mirada.

Y entonces sonrió enigmático, casi con picardía, encerrando en sus labios aquella respuesta que jamás logré averiguar.

Eran esas típicas tardes en las que el curso pasaba, llegando a la recta final de mi etapa de secundaria que de algún modo echaría de menos tarde o temprano. Yo quedé definida como un papel en blanco sin escribir, el mundo como el escritorio y él como la pluma que llegaría a garabatear el folio y aclararle su identidad. Para alguien como yo, quien pensaba que las personas estaban obligadas a adaptarse al mundo para ser alguien fuera cual fuese el precio a pagar (matando nuestra propia personalidad, matándonos a nosotros mismos y traicionándonos hasta renacer en híbridos de gente preparada para ser aceptada), me resultó una idea muy difícil de captar. Pero como venía de él, quise creérmela. Así que decidí declararle la guerra a todos aquellos que quisieran hacerme cambiar, incluida mi profesora de francés (en verdad tampoco es que tenga nada en contra de esa mujer, es una gran persona en el fondo… creo). No dejé que nadie escribiera en mí a la fuerza. Seguí criticando al mundo y su incomprensión, a su falta de respeto y a sus guerras sin sentido, a su actitud infantil y malvada.

Seguí creyendo en la “magia”…

Aun si estaba equivocada.

 FIN