Entrega el Diploma Eva Escudero, amiga y colaboradora de la Asociación Manantial

TIEMPOS DE CEGUERA Y DE CÓLERA

 Ya había tenido antes esta sensación. Sí, lo había hecho muchas veces. Encontrarme con las rodillas clavadas en el suelo hasta fusionarme con él, sometido a los dictados del miedo, no era ninguna novedad para mí.

 Solo  un minuto antes me encontraba relativamente bien, teniendo en cuenta la privación de libertad y el arrebato de inocencia a los que había sido sometido por aquellos que me acusaban de portar la marca de Caín esculpida en mi piel de ébano. Sin embargo, la aparente quietud había vuelto a envenenarse de cotidianeidad y el que se consideraba mi dueño se había presentado una vez más ante mí, dispuesto a castigarme por sus propios pecados.

 El ataque a la línea de flotación de mis ensoñaciones de felicidad me dolía ya más que los terribles azotes propinados frecuentemente por aquella alimaña y me invitaba a iniciar un nuevo periplo de sacrificio ofrendado al becerro de oro que ellos denominaban supremacía de la raza blanca pero cuya verdadera identidad era el odio.

 La cruz que tenía que transportar, recubierta del material con el que se construye el desprecio, erosionaba cualquier atisbo de paz plasmado en mi rostro o esculpido en mi psique.

 Intenté reponerme una vez padecida la ventisca inicial provocada por el silbido del látigo, mas era incapaz de hacerlo. Esta vez las fuerzas me habían abandonado a mi suerte.

Mi respiración se dejaba mecer por el estigma de la destemplanza y mi visión se tornaba borrosa, errática. Experimentaba sensaciones que el más talentoso poeta o el más dotado cronista no podría describir en toda su certera crudeza. Simplemente, sentía que la muerte llamaba a mi puerta. Notaba que mi epitafio demandaba escribirse en ese mismo instante, alentado por aterradoras y caóticas musas.

 Cada recoveco de mi ser  soportaba su propio infierno. Había perdido casi la consciencia, reafirmándome  como fiel súbdito del sufrimiento desmedido.

 Solo quería que acabase todo, que finalizara aquel tormento que estaba padeciendo, pero los ecos de mis plegarias se perdían en los confines de la plantación. La bestia había sido sometida por la fatiga en otras ocasiones, pero ahora nada parecía frenar la atronadora coreografía de su instrumento de desolación.

 Intenté suplicar clemencia, pero mis ruegos fueron amordazados por la barbarie de mi torturador. Toda forma de mitigar las heridas inflingidas se configuraba como un utópico oasis sanador en mitad del árido desierto de pánico que me agarrotaba.

 De repente, cuando había vuelto a caer desfallecido en el camino de mi calvario, te visioné. Te contemplé a ti, esperanza. Recordé que me habías dotado de ciertos dones que no podía desdeñar sin luchar. Que me habías enseñado la belleza de lo intangible, la poesía de la que están impregnadas las pequeñas cosas como el cuidado paliativo de una caricia, la cándida mirada de un niño o el abrazo plateado de la Luna llena.

 Rememoré los cuentos ancestrales relatados por mis padres al cobijo del fuego  y las correrías y aventuras infantiles compartidas con mis hermanos.  Evoqué especialmente aquel primer beso con una chica. Aquella noche de verano mis piernas temblaban presa de los nervios pero mi mirada permanecía serena y confiada, anclada en el puerto de la aniñada y pizpireta expresión de su cara.

 Llegué a la conclusión pues de que la humanidad está destinada a sufrir permanentes tiempos confusos y convulsos emanados de su propia y contradictoria condición, en la que tienen cabida desaforados llamamientos al odio y a la destrucción pero también fastuosas y delicadas ensoñaciones líricas. Merecía la pena seguir creyendo, después de todo, en mis semejantes. En que la concordia, la fraternidad y la igualdad no podían ser asfixiadas, bajo ningún concepto,  por la tóxica enredadera de la violencia.

 La espiral de desazón desatada no podía cobrarse su víctima. Si tenía que expirar, lo haría ungido por el elixir de la fe, desprovista mi cabeza de la corona de espinas de la venganza.

 Acto seguido, perdoné a mi agresor y mis ojos se cerraron.

 Desperté a los tres días, postrado en la mullida cama de una acogedora estancia. Al principio consideré que había resucitado pero en verdad no había llegado a perecer. Un buen samaritano me había salvado en el último instante cuando yacía desmayado, irrumpiendo en la plantación acompañado de otros veinte hombres.

Era un oficial del Ejército de la Unión y me relató que el rugido de los cañones de  la Guerra de Secesión había sido finiquitado y las llamas del conflicto sofocadas, pero los esclavos que malvivíamos en aquella plantación apartada del mundanal ruido no éramos conscientes de ello porque nuestro captor lo ocultaba, tratando de perpetuar su legado de terror.

 Permanecí allí hasta que mi completa recuperación fue un hecho.

 Tras recobrar la libertad, me dispuse a reflexionar sobre lo acontecido. La humanidad  se había cobrado una importante victoria en la perenne conflagración  contra los demonios que habitan en su fuero interno. Muchas vidas fueron segadas,  pero se nos presentaba la ocasión de empezar a construir un futuro mejor, agitando la bandera del entendimiento y el respeto mutuo entre todos los pueblos como santo y seña de nuestras acciones.

 Tal empresa será larga y laboriosa, pero sé que acabaremos lográndolo.