Entrega el Diploma Eva Escudero, amiga y colaboradora de la Asociación

La mirada del hijo

Londres es frío, húmedo y extremadamente gris. La espesa niebla enriquece el misterio de sus edificios góticos y, cuando bordea el puerto, evoca estampas de otras épocas. Pero Londres también es solitario y, a veces, muy cruel, dependiendo del barrio donde hayas nacido y la clase social a la que pertenezcas.

Muchos dicen que en La India impera el sistema de castas, pero en occidente, aunque con otro nombre, también hay segregación.

Peter nació en una familia humilde. Su padre, Robert, se exilió de Escocia para trabajar en una fundición hasta que un cruel accidente le robó la vida. Su madre, Victoria, trabajaba en una empresa de limpieza doce horas al día para poder sobrevivir.

El joven creció echando de menos aquellas manos que le sostenían en la bicicleta para que no perdiera el equilibrio, suspirando por el recuerdo de alguien que jamás regresaría. No obstante, Victoria se esforzaba por querer a Peter el doble para que, aunque no poseyeran muchos lujos, al menos no le faltara cariño. Lo que forjó entre ellos una relación tan fuerte que nada ni nadie podrían destruir.

Victoria se iba a trabajar con la aurora y regresaba al anochecer, pero Peter la esperaba antes de acostarse para conversar sobre lo que había sucedido a lo largo del día.

De esta manera pasaron los años y el joven fue haciéndose mayor y frecuentando extrañas compañías que los padres suelen prohibir a sus hijos, pero Robert ya no estaba y Victoria no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde.

En algunos barrios de Londres, los jóvenes crecen odiando a los que son diferentes a ellos. De otra raza, de otra religión, de otro equipo de futbol, de otra parte de la ciudad… cualquier excusa es buena para encender la mecha de la ira y prender fuegos por doquier. Y Peter comenzaba a quemarse.

Alentado por otros, empezó a mirar mal a sus vecinos de origen pakistaní, empujaba en el metro a los jóvenes de color e incluso escupía a los hinchas del Manchester United porque los consideraba unos “niños de papá”.

Sin saber cómo, el odio fue haciéndose hueco en su corazón, relegando al amor y a la ternura. No obstante, lo que sentía por su madre jamás mermó ni una pizca. En el templo de su alma siempre guardaba una capilla para Victoria.

Jugando a este juego, los ojos de Peter se volvieron vacíos y oscuros como los de un tiburón. Suplió con ira sus carencias materiales, buscando cualquier excusa para agredir a todo aquel que fuera en contra del pequeño mundo que había creado. La dulce criatura que jugaba al balón los domingos por la tarde junto a sus vecinos fue asesinada por los delirios de una juventud mal encauzada.

Peter se identificaba con sus amigos, encontrando quizás una nueva familia. La cerveza se hizo su fiel compañera mientras rapaba su cabeza y metía los pantalones dentro de sus botas militares, antes de salir de caza, entonando cánticos tenebrosos. ¿Dónde se había escondido aquel niño que buscaba la mano de su madre para cruzar la calle y bajaba la cabeza cuando recibía algún piropo?

Victoria suspiraba sin saber cómo sacarle de la caverna donde se había metido. Por las noches, sin que él se diera cuenta, abría la puerta de su habitación y le veía dormir. – Peter no es malo – se decía a sí misma – sólo está pasando una mala racha –  

Pero las malas rachas, si no se cogen a tiempo, pueden causar mucho dolor.

Los papeles cambiaron, pero los actores siguieron siendo los mismos y ahora era Victoria quien esperaba a Peter antes de acostarse para hablar con él de lo que había hecho y de lo que quería hacer con su vida.

Delante de ella, el niño pequeño emergía de nuevo y, como un león domado, se echaba en el regazo de su madre mientras Victoria, que había olvidado su alegría, le acariciaba la cabeza pidiéndole que reflexionara. Pero Peter no podía abandonar a su nueva familia, aunque ésta le condujera hacia el mismísimo infierno.

Hay gente que dice que los milagros no existen… bueno, pues ésta es la historia de un milagro.

Cierta mañana, Victoria subió a su pequeño coche y puso rumbo al trabajo. Toda la noche había estado nevando y la nieve cubría por completo la carretera. No obstante, decidió seguir adelante hasta que vio a un hombre vestido de negro caminar a duras penas entre el hielo. Compadeciéndose de él, paró a su lado y le preguntó hacia dónde se dirigía – Al seminario – le contestó mientras Victoria abría la puerta invitándole a entrar.

Agradeciendo el gesto, el hombre se sentó a su lado. Victoria tuvo una extraña sensación de familiaridad, no obstante, no preguntó nada y se puso de nuevo en marcha. Un olor a rosas inundó el pequeño habitáculo y, antes de llegar a su destino, suponiendo que era sacerdote, le pidió que rezara por su hijo, que estaba pasando una mala situación.

El hombre, agradecido, bajó lentamente y dijo: – La compasión es rara en estos tiempos. Rezaré por él  

Justo en ese momento, en casa, Peter se levantaba de la cama, desayunaba y se preparaba para salir. Esa noche se jugaba el partido que enfrentaba a su equipo contra el Manchester United y quería salir “de caza”.

Decidido a reunirse con sus amigos, abrió la puerta y vio a Victoria dejando el correo en el buzón. Extrañado, se dirigió hacia ella y le dio dos besos. Delante de su madre no podía dejar de sonreír.

Victoria, desconcertada, también sonrió y cruzó algunas palabras con él antes de seguir caminando calle abajo.

Tomando la dirección contraria, Peter siguió con su plan hasta que, de repente, vio de nuevo a Victoria salir de la casa de uno de sus vecinos pakistanís.

Peter se detuvo, sin comprender, y abrazó a su madre. – ¿Dónde vas? – preguntó.

Victoria, extrañada, le dijo que tenía que comprar unas cosas y volvieron a irse cada uno por su lado.

El muchacho siguió su rumbo hasta que volvió a ver a su madre sentada en la puerta de una iglesia pidiendo limosna. Sin comprender nada, corrió hacia ella y la levantó del suelo. Iba vestida con harapos y tenía la cara sucia.

El corazón del muchacho se rompió en mil pedazos ante la escena ¿Cómo era posible? Acababa de verla hacía unos minutos ¿Qué estaba pasando?

Llorando, la abrazó contra su pecho. No comprendía nada. Abrió los ojos de nuevo, pero vio que Victoria había desaparecido y en su lugar estaba un mendigo que solía pedir unas monedas a los viandantes. ¿Cómo se había podido confundir?

Peter, aturdido, le pidió disculpas y lo soltó enseguida.

Algunos metros más arriba, vio de nuevo a su madre siendo empujada por uno de sus amigos, cayendo al suelo, y corrió hacia ella para levantarla. Acariciando su cabeza, la apretó contra él, haciendo huir al muchacho. Pero de repente Victoria se había esfumado y en su lugar, una chica de color ocupaba su puesto.

Peter se asustó mucho y comenzó a correr deseando salir de aquella pesadilla. Allá donde mirara sólo podía ver el rostro de su madre. ¿Cómo reconocerla? ¿Cómo saber quién era Victoria y quién no?

Aterrorizado, regresó a casa y no salió en todo el día. Al caer la noche, la verdadera Victoria encontró a su hijo temblando, escondido entre las sábanas de la cama.

– Sólo ha sido un sueño – le dijo acariciándole la cabeza – No hay nada que temer –    

Mientras Peter le contaba lo sucedido, prepararon la cena y pusieron la televisión. Superado el mal trago, una noticia que interrumpió la programación captó por completo su atención: “Unos hinchas radicales atacaron y asesinaron a un joven que se dirigía a ver un partido de futbol”

Uno a uno, los rostros de sus amigos fueron pasando por televisión mientras Peter no podía dejar de llorar. Si no hubiese tenido aquella alucinación, ahora estaría detenido con ellos y sería culpable de asesinato.

Victoria le abrazó, llorando también.

De una sola patada, Peter derrumbó todas las barreras que había ido poniendo entre su corazón y el mundo. Con una lágrima derramó todo el odio y volvió a hacerle hueco al amor. Aquella noche había vuelto a nacer y Victoria había vuelto a sonreír.

Al día siguiente, el cartero miró a Peter con otros ojos, los vecinos pakistanís le sonreían, el mendigo le saludó y Elizabeth, la chica de color del día anterior, le dio su teléfono.

Todo este milagro puede emerger a diario si conseguimos ver a todos los seres como nuestras madres. De esa forma, las barreras que el odio ha levantado son derrumbadas por el amor. ¡Yo sí creo en los milagros!