Recoge el premio su hermana Inmaculada

 

El sueño triste de kadhir

 

Senegal es un pequeño país africano que limita al norte con Mauritania, al sur con Guinea y al este con Mali. La vida en el pueblecito costero de Mboro sur Mer, perteneciente a la región de Thies, era sencilla y agradable. Las casas de adobe convivían con las de ladrillo desperdigadas entre las callejuelas pareciendo no seguir ningún orden determinado. Sus cerca de dos mil habitantes subsistían de la pesca, el pastoreo y de las escasas frutas y hortalizas que podían cultivar. Cientos de barcas destartaladas coloreaban la orilla de la playa al caer la tarde mientras, desde el pequeño minarete de la mezquita, el almuédano salmodiaba, siguiendo la religión de Mahoma, la llamada a la oración.

Khadir tenía dieciséis años, era alto y de complexión fuerte, alegre y risueño. Solía andar descalzo por la playa, a veces tomaba una taza de té en compañía de sus amigos en alguno de los bares de la aldea al atardecer y aullaba a la luna por la noche, cuando el azúcar del zumo o de la infusión se le había subido a la cabeza.

La cerveza del lugar era el té violeta de hibiscus y el zumo de mango o guayaba.  La arena blanca del poblado contrastaba con el verde intenso de la selva y el azul turquesa del mar. Las faldas de las mujeres eran de colores vivos que se distribuían en franjas horizontales. Sus cabellos estaban recogidos en moños, mostrando orgullosas su rebeldía frente al pañuelo o al triste y humillante burka de sus correligionarias en otros lugares del continente. En esta tierra perdida, la honradez y la calidez humana no se habían olvidado.

Khadir disfrutaba con los pequeños placeres que podía permitirse, la calada a un cigarro o el sabor de una lata de Pepsi mientras echaba sus redes al mar esperando llevar a casa unos pocos peces con los que poder superar el hambre del día. Asados al fuego y acompañados con un poco de arroz, era uno de los platos típicos de la gastronomía del lugar, por no decir el pan de cada día de los habitantes de esta zona de la región de Thies.

Su madre, Jadiya, era una mujer fuerte y corpulenta, pero con la sonrisa más amable de todo el poblado. Su padre, Abdullah, había fallecido años atrás a causa de unas terribles fiebres que lo dejaron en cama durante mucho tiempo.

La vida en Mboro sur Mer era tranquila y serena, los días pasaban sin agitación, casi sin darse cuenta. Pero todo cambió cuando Muhammad, el comerciante ambulante, trajo un extraño artilugio de la capital con el que aseguraba que se podía ver el mundo entero. Dentro de una pequeña caja de madera, que se enchufaba a la corriente eléctrica, aparecían escenas de lo más curiosas que mostraban el universo de más allá de las fronteras de Senegal. Aquella especie de magia revelaba un mundo nuevo donde los hombres vestían elegantes trajes chaqueta y conducían flamantes coches rojos deportivos que volaban sobre las carreteras. Las mujeres tenían el cabello rubio como el oro y la piel blanca como las flores de jazmín. Dentro de aquel aparato se podían ver cosas muy curiosas y todos parecían ser muy felices y contentos.

Durante una semana, la televisión estuvo encendida en la casa de reuniones del pueblo hasta que Sheij Mustapha, el hombre medicina del pueblo, le dio una patada haciéndola estallar, pero desafortunadamente su mal ya había calado el corazón de algunos hombres y mujeres. Khadir, que siempre había llevado un pantalón azul vaquero junto a una camiseta blanca sin quejarse, ahora soñaba día y noche con uno de aquellos maravillosos trajes de corte italiano que había visto anunciados en los comerciales. Pasaba las horas soñando despierto sin disfrutar de lo que antes le era agradable hasta que un día, como cada mañana, salió de casa pero no se dirigió a la playa, sino hacia la carretera. Hizo autostop para llegar a Diama, ciudad fronteriza con Mauritania. Tenía puesta su mirada en Europa y ya nadie podría impedirle ir en pos de su destino. De repente, justo unos metros frente a él, un camión Scania detuvo su rumbo atendiendo al reclamo de ayuda del muchacho. ¡Todo había comenzado mejor que bien!

Mamadou era un hombre gordo y bastante bruto que apenas cabía entre el volante y el asiento de su tráiler. Khadir sintió que aquel hombre podría ayudarle y se sinceró con él. Le habló de la televisión, de los restaurantes, de los trajes de chaqueta y de la belleza de la mujer occidental. El hombre miró a los ojos del muchacho y se vio a sí mismo años atrás. Sabía bien que muchos de los jóvenes que partían de su hogar jamás regresaban a él, ni tampoco llegaban a su destino. Morían por el camino abrasados en las entrañas del desierto del Sahara, asesinados por algún ladrón o incluso por la policía de fronteras. De la mano de Mamadou, el joven, con un poco de suerte, podría llegar hasta la frontera marroquí y después subir hasta Tánger.

Suspiraron aliviados cuando el viejo Scania superó sin problemas la frontera Senegalesa y entró a territorio Mauritano. Las jornadas junto al gordo Mamadou pasaron rápidamente. Cuando llegaron a Bir Moghrein, el hombre detuvo el camión antes de entrar al poblado y señaló algún punto en el oeste.

–  Guelta Zemmur es un antiguo oasis que siempre ha estado en conflicto desde que España se retirara de estas tierras, pero podrás encontrar un autobús que te lleve hasta Tánger. Allí busca a nuestros compatriotas y quédate con ellos. Debes tener mucho cuidado con la policía marroquí, suelen ser muy corruptos y no dudarán en apalearte sin compasión para quitarte lo poco que tengas.

Mamadou sacó de su bolsillo unos cuantos billetes y se los dio al joven. Khadir le abrazó fuertemente. Se había portado como un padre con él. Después, el gordo, intentando no llorar, subió de nuevo al camión y siguió su rumbo sin mirar atrás.

El muchacho llegó al oasis de Zemmur en el tiempo indicado y localizó la plaza desde donde salían los autobuses hacia Tánger. Compró un billete y se subió rápidamente al vehículo tapándose el rostro con el solideo haciéndose el dormido. Al anochecer llegaron al puerto de Tánger y Khadir bajó rápidamente. Deambuló sin rumbo por la medina y rezó en una de las mezquitas más antiguas del lugar. Después bajó hasta la playa y se sentó en un banco mientras disfrutaba del sabor de un delicioso pescado asado, muy típico de este lugar. En frente se podían ver las luces del continente vecino, parecía estar tan solo a un paso. Soñó que podía tocarlo con las manos y las extendió sin percatarse de los dos hombres que se le acercaban por la espalda. De repente, una poderosa mano en su hombro lo sacó bruscamente de sus divagaciones.

–   ¡Enséñeme sus papeles! – gritó uno de ellos

–   ¡No tengo papeles, señor! – contestó el muchacho muerto de miedo

–   ¿No tienes papeles? ¿Cuánto dinero llevas encima?

Khadir sacó los pocos billetes que le quedaban, mostrándoselos al esbirro. Intentando cubrirse la cara, se tiró al suelo mientras los dos miserables arremetieron contra él sin compasión, propinándole un golpe tras otro hasta que, medio muerto, decidieron dejarle allí tirado no sin antes advertirle que la próxima vez consiguiera más dinero o le matarían.

El joven, medio muerto,  se resguardó bajo el banco y cerró los ojos. ¡No podía más! Aunque sumido en un sueño profundo, fue consciente de una mano que acariciaba su mejilla y de unos brazos que le tomaban en volandas y creyó estar soñando.

Al cabo de dos días, abrió los ojos y se descubrió acostado en un colchón inflable en el interior de una tienda de campaña. Sus heridas estaban vendadas y limpias. ¿Quién lo habría hecho?

El ruido de una cremallera dio paso al hermoso rostro de una joven de no más de dieciséis años de edad, posiblemente de origen senegalés, como él, que sonrió al verle despierto. Igualmente, tras ella, un joven llamado Djibouti sonrió también al ver al muchacho. ¡Sin duda estaba entre amigos!

Laila salió de la tienda para preparar la fogata y hacer la comida mientras los dos siguieron conversando alegremente.

–  ¿A vosotros también os han pegado? – preguntó Khadir

–  ¡A mí no! Yo me he librado porque soy como un zorro – dijo el muchacho imitando los pasos del animalillo con sus manos mientras reía –  Me escabullo en sus narices

–  Y ¿a ella?

Djibouti se tomó unos segundos para contestar. No sabía bien cómo explicar la terrible tragedia que había sufrido Laila.

–  Khadir, a Laila la secuestraron y la violaron brutalmente durante tres días nada más llegar a Tánger, dejándola medio muerta muy cerca de donde te descubrimos, posiblemente por los mismos tipos que te apalearon. Yo la encontré y la traje hasta aquí. Durante un mes entero no dijo una sola palabra y después descubrimos que estaba embarazada. Quiere tener el niño en España. Cuando llegue el momento partiremos en una pequeña barca que estoy construyendo. Laila dará a luz en Europa, diremos que yo soy su marido, ambos podremos buscar trabajo y viviremos felices. Tú, si quieres, vendrás con nosotros. Dentro de cinco meses Laila no tendrá fuerzas ni para respirar y tendremos que darnos mucha prisa para que la criatura nazca en España. Una vez que lleguemos a la península, tú seguirás tu camino y nosotros el nuestro.

Khadir extendió su mano y Djibouti la suya, tenían un trato. Ahora solo había que esperar. Los días pasaron lentamente. Khadir ayudó a Djibouti a terminar de construir la barca y, por las noches, los tres deambulaban por la ciudad buscando entre la basura algo de comer. La barriga de Laila fue aumentando de tamaño y, a veces, podías oírla entonar por las noches canciones de su tierra natal mientras se abrazaba el vientre con cariño. Khadir miraba a Laila de reojo y Laila miraba a Khadir… quizás entre ellos comenzó a surgir algo parecido al amor que, sin embargo, sabían disimular muy bien cuando Djibouti estaba cerca.

Cierta noche, Khadir y Laila salieron a buscar alimentos mientras Djibouti se quedó en el campamento preparándolo todo. Caminando por el paseo marítimo, el joven no pudo resistir más sus impulsos y la detuvo en seco, cogiéndola por los hombros. Ella dio un respingo y, mirándolo sorprendida, cerró los ojos ruborizada mientras su corazón se aceleraba. El muchacho, sin saber bien cómo hacerlo, juntó sus labios con los de Laila acariciándolos suavemente primero y con fuerza después. Más tarde caminaron de la mano hasta el campamento sonriendo, mirándose de reojo, acariciándose con los dedos pero, cuando llegaron, vieron que la tienda de campaña había sido quemada y no supieron reaccionar al descubrir el cuerpo sin vida de Djibouti tirado entre los arrayanes, molido a palos. Sin duda los esbirros de la policía habían localizado la ubicación del campamento y Djibouti los habría descubierto sin que le diera tiempo a escapar.

Khadir tomó en sus brazos el cuerpo de su amigo y le cerró los ojos, que aún tenía abiertos, mostrando el terrible dolor que debió sufrir. Con sus ojos se cerraron también sus sueños: ver un partido de fútbol del Madrid o del Barça, comprarse una casa, enviar dinero a su familia… ¿Cuál fue su pecado? ¿Por qué había tenido que morir?

La barca cabeceaba preocupantemente cuanto más se alejaba de la costa, siendo víctima de la terrible conjunción del océano Atlántico y del mar Mediterráneo, algo que Khadir jamás imaginó. El pequeño motor de la embarcación que pudieron robar del puerto de Tánger rompió el silencio de la noche hasta que Laila gritó fuertemente mientras un fluido espeso salía de su interior, acababa de romper aguas.

Khadir cedió su manta a la joven, que ahora tiritaba preocupantemente mientras se abrazaba el vientre sin saber qué hacer. Las contracciones le sobrevenían a intervalos de cinco minutos. La marejada los empujaba a un lado y a otro sin dejarles apenas avanzar, el mar se había picado de repente mientras Laila cantaba en voz baja hermosos versículos del Corán. Tras media hora más se oyó un crujido, la madera también estaba cediendo y Khadir se tapó la cara con las manos. En los últimos meses solamente había sufrido calamidades. No pudo más y estalló enfadándose con el mar, con la barca, con el motor y con Dios. Blasfemó injurias al cielo mientras Laila lloraba. Lo más seguro es que ambos murieran de un momento a otro. Llevado por la ira, el joven se levantó violentamente y gritó al mar: – ¡Déjanos en paz! –  De repente, como contestando a su demanda, el mar volvió a calmarse, las olas desaparecieron y la barca pudo seguir avanzando sin peligro.

Tras una hora de silencio y nerviosa calma, rota solamente por los lamentos de Laila, una embarcación de la Guardia Civil interceptó a los inmigrantes y los acercó a puerto español. En tierra, las autoridades los llevaron al hospital. Khadir no soltó la mano de Laila ni cuando los médicos se lo pidieron. Aparte de un poco de anemia, ambos estaban sanos y fuertes. La criatura nació sin problemas, fue un niño. Laila quiso ponerle de nombre Moussa, nombre árabe del profeta Moisés, que también había sido salvado de las aguas.

En un par de días fueron trasladados a un centro de acogida de menores donde podrían permanecer dos años. Hasta entonces se les proporcionarían alimentos, ropa, alojamiento y educación para poder conseguir trabajo el día de mañana.

Por las tardes, el joven iba a ver a Laila y a Moussa, que estaban alojados en otro pabellón, y pasaba con ellos algunas horas. Pero Khadir había cambiado. Ya no era el joven alegre y dinámico lleno de alegría e inocencia. Aquellas virtudes se las había tragado el mar. Ya no miraba a Laila con los ojos de un esposo, ni miraba a Moussa con los ojos de un padre. Su mirada ahora estaba vacía como la de un muñeco de trapo. La culpa por haber besado a la novia de su amigo momentos antes de ver su cadáver tirado en el suelo le sobrevenía por las noches privándolo también del sueño. Tenía que hacerse fuerte para sobrevivir en este extraño mundo, para que no le volvieran a maltratar, para que no le robaran nunca más ni se aprovecharan de él.

Con el paso del tiempo, sus músculos crecieron cada vez más gracias a la buena alimentación y su altura llegó a imponer respeto en todos los que le rodeaban. Khadir no era de carácter violento, pero guardaba en su corazón el profundo dolor del pasado, el trauma aún sangrante de tener en sus brazos a quien un día le salvó la vida sin haber podido hacer nada para devolverle el favor. ¿Por qué extraña razón él había conseguido pasar la frontera y Djibouti no? Quizás, si aquella noche le hubiese acompañado, ahora su amigo no estaría muerto.

Casi todas las madrugadas se despertaba llorando y empapado en sudor sin saber por qué. Poco a poco se fue separando de Laila, de Moussa y de todo aquello en su vida que tuviera algo que ver con la ternura y la compasión, de todo lo que le recordara el dolor pasado. Cuando cumplió los dieciocho, antes de tener que abandonar el centro, sus educadores le consiguieron una entrevista con una empresa de seguridad que le contrató enseguida. Laila quería estudiar medicina para ayudar a los demás, ése no era su destino, así que se olvidó de ella.

Como caquis en el otoño que, aunque inmaduros por dentro, parecen maduros por fuera, Khadir solamente era un niño pequeño que se había tenido que hacer mayor en tan solo unos días. Así, deseando poder ser feliz, pensó que, obteniendo juguetes, podría serlo, por eso vino a España, pero lo que nadie le advirtió era que aquellos juguetes tenían un precio muy alto.

Pronto se mudó a la casa de sus sueños y por fin pudo comprarse un deportivo rojo. También conoció a una chica con el cabello rubio y la piel de nácar con la que mantuvo una relación, pero ella solamente estaba interesada en comprar cosas y Khadir se sintió cada vez más y más frustrado. No podía disfrutar de su casa porque tenía que trabajar mucho para pagarla. No podía estar con su mujer porque a ella solamente le interesaba ir de compras y salir a tomar café con sus amigas. Aceleraba cada vez más el coche pensando que, con la velocidad, olvidaría sus problemas. Encontró en la botella la paz mental que necesitaba, al menos por unos segundos, antes de despertar de nuevo llorando y gimiendo. Al cabo de diez años recibió una carta desde casa. Su madre había entrado en el Gran Silencio. Murió pronunciando orgullosa el nombre del hijo que había conseguido cumplir el sueño europeo y que cada mes le enviaba algo de dinero. Pero aquel sueño nunca existió, todo fueron delirios de la mente de un pobre muchacho y ahora, al pensar en su familia, en su hogar, se daba cuenta de que todo lo que tenía, todo lo que había deseado tanto, por lo que había arriesgado la vida, no contenía la felicidad real. Buscando satisfacer sus deseos se había perdido a sí mismo. En aquel instante, frente al espejo, Khadir se transportó en el tiempo y se vio sentado bajo una palmera disfrutando de la sencilla belleza de las tardes en Mboro sur Mer. Vio de nuevo su destartalada barca esperándolo en la orilla y el camino a casa que tantas y tantas veces había recorrido. Ahora el coche, la casa y los trajes se desvanecían entre sus manos como el humo. ¿Qué era en verdad lo que había conseguido? ¡Nada!

Decidido a enmendar sus errores, salió de casa y se dirigió al hospital donde trabajaba Laila. Dejó el coche en el parking y entró por la puerta de urgencias. Echó un vistazo alrededor y, de repente, a lo lejos, de espaldas, el pelo de la joven, recogido en un moño, reveló su presencia. Tocó suavemente su hombro derecho y ella se volvió sin prestar el menor interés creyendo que uno de los celadores, como siempre, reclamaba su presencia en la zona de curas o en alguna consulta. Cuando levantó la cabeza y miró a los ojos del joven sintió que el tiempo se detenía. Sin pensárselo dos veces, ambos se fundieron en un abrazo que duró una eternidad.

–  ¿Qué haces aquí después de tanto tiempo? – preguntó la joven sin dejar de abrazarle.

–  Hoy he tenido un sueño. He soñado con una playa blanca de arena fina, rodeada de verdes palmerales, con una humilde casita. He soñado con un mar turquesa, con una destartalada barca, con té de hibiscus y pescado con arroz. He soñado con una pequeña y humilde mezquita. He soñado que yo caminaba junto a mi mujer y mi hijo por esa playa, que vivíamos en aquella casita, que nos bañábamos en aquella playa, que comíamos aquel arroz, que bebíamos aquel té y que rezábamos en aquella mezquita.

–  ¿Cómo eran tu mujer y tu hijo? – preguntó Laila mirándole a los ojos.

–  ¡Tú eras mi mujer y Moussa era mi hijo! Y nada de mi sueño tiene sentido si vosotros no estáis allí, conmigo.

Laila y Khadir vendieron lo que tenían y regresaron a Senegal. Compraron una casita y abrieron una consulta médica donde atendían gratis a sus paisanos. Jamás tuvieron un televisor y vivieron felices disfrutando de la sencillez del amor sereno y apacible.

FIN

“La vida en Mboro sur Mer era tranquila y serena, los días pasaban sin agitación, casi sin darse cuenta. Pero todo cambió cuando Muhammad, el comerciante ambulante, trajo un extraño artilugio de la capital con el que aseguraba que se podía ver el mundo entero…”

No os perdáis “El sueño triste de Kadhir” una espléndida historia calada de sentimientos y anhelos…